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Portada de la novela Venganza de La 'Práctica'

Venganza de La 'Práctica'

La arquitecta Sofía Vargas sufre una amarga traición al descubrir que Mateo la utilizó como un simple ensayo mientras aguardaba a su mujer ideal. Tras soportar años de desprecio y frialdad, incluso en momentos de salud crítica, Sofía decide cortar el lazo y sanar junto a su amigo Javier en una boda de conveniencia. Mateo intenta recuperarla al ver el engaño de su amante, pero ella ya brilla en el altar, decidida a iniciar una vida lejos de su toxicidad.
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Capítulo 3

"¿Estás segura, hija? Ayer mismo decías que necesitabas más tiempo". La voz de mi madre sonaba sorprendida al otro lado de la línea, con un matiz de alivio.

"Estoy segura, mamá. Completamente segura". Mi voz era un hilo, vacía de toda emoción.

"Bueno, es una noticia maravillosa. Tu padre estará encantado. Javier es un buen hombre, Sofía. Te mereces a alguien así. ¿Cuándo vuelves a Jerez?".

"Pronto. Tengo que arreglar unas cosas aquí primero".

Colgué. "Arreglar unas cosas" significaba borrar cinco años de mi vida.

La noche siguiente, Mateo apareció en mi ático. No había cancelado la cena. Simplemente no me presenté. Él usó su propia llave, la que yo le había dado estúpidamente en un arrebato de amor.

Entró sonriendo, ajeno a la tormenta que se había desatado en mi interior.

"Sofía, ¿dónde te metiste anoche? Me dejaste plantado".

Yo estaba en el sofá, envuelta en una manta, aunque no sentía el frío. Lo miré, y por primera vez en cinco años, no sentí nada. Ni amor, ni deseo. Solo un asco profundo.

"No me encontraba bien", mentí. Era más fácil que la verdad.

Él se acercó, su sonrisa se desvaneció al ver mi cara. "¿Estás pálida? ¿Qué te pasa?".

Intentó tocar mi frente, pero me aparté. Su mano quedó suspendida en el aire, una pregunta sin respuesta.

"Solo estoy cansada".

"¿No has ido a trabajar? ¿Tan a menudo te pones enferma últimamente?", preguntó, con un deje de irritación. No era preocupación, era fastidio. Mi enfermedad era un inconveniente para él.

"Te he echado de menos", dijo, intentando besarme.

Giré la cabeza. Sus labios rozaron mi mejilla. Se sintió como el contacto de un extraño.

"No me apetece, Mateo".

Él frunció el ceño, confundido. "¿Qué te pasa? Estás rara".

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó. Lo sacó del bolsillo. Vi el nombre en la pantalla. "Isa".

Su rostro se iluminó. Se olvidó de mí al instante.

"¿Isa? ¿Ya has llegado? ¿Qué pasa?". Su tono era pura preocupación. "Tranquila, princesa, no te muevas. Estoy en Barajas en veinte minutos".

Colgó y se giró hacia mí, ya cogiendo las llaves de su coche. "Tengo que irme. Isa ha tenido un problema con su equipaje, está sola y asustada en el aeropuerto".

Ni siquiera esperó mi respuesta. Salió por la puerta, dejándome sola en el silencio de mi apartamento. Sola y asustada. Como Isa. Pero a mí nadie venía a rescatarme.

Recordé todas las veces que había hecho algo así. Las cenas canceladas, los planes de fin de semana rotos, las promesas vacías. Siempre había una excusa. Y yo siempre lo había perdonado.

Esa noche, la fiebre me consumió. El dolor en mi corazón se había convertido en un dolor real en mis pulmones. Salí al balcón, sin importarme la lluvia que empezaba a caer. Dejé que el agua fría empapara mi pijama, mi pelo, mi piel. Quizás si me lavaba lo suficiente, podría borrar el tacto de sus manos, el sonido de su risa.

Al día siguiente, apenas podía respirar. Mateo volvió por la mañana, encontrándome temblando bajo un montón de mantas.

"¡Dios, Sofía, estás ardiendo!", exclamó, esta vez con genuina alarma.

Me llevó al hospital. El diagnóstico fue neumonía. Mientras esperaba en una camilla en urgencias, con una vía en el brazo, lo vi.

Mateo estaba en la sala de espera, hablando animadamente con Isa. Ella tenía un pequeño vendaje en el dedo. Un rasguño. Él la trataba como si fuera de cristal, su atención completamente centrada en ella.

Se acercó una enfermera. "Señor Reyes, ya pueden atender a la señorita Vargas".

Mateo la detuvo. "No, atienda a Isa primero. Su herida parece más delicada".

La enfermera miró el dedo de Isa, luego me miró a mí, que apenas podía mantenerme consciente. Frunció el ceño, pero Mateo insistió.

"Por favor. Ella es más frágil".

Me abandonó allí, en el pasillo del hospital, para asegurarse de que la "princesa" recibiera atención por un corte insignificante.

Tuve que llamar a Elena para que me ayudara con los trámites. Cuando Mateo finalmente volvió, horas después, yo ya estaba instalada en una habitación privada.

"Siento la tardanza", dijo, con una excusa vaga sobre el papeleo de Isa.

No respondí. Solo cerré los ojos, deseando que desapareciera.

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