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Portada de la novela Venganza De La Hermana

Venganza De La Hermana

La vida de Sofía Vargas en Cancún se desmoronó cuando su esposo Carlos la acusó de infiel, su hija fingió abusos y su padre la culpó de robo. Tras ser linchada por la multitud y perderlo todo, Sofía despierta milagrosamente un día antes de que comience su ruina. Con el conocimiento del futuro y el corazón endurecido, iniciará un plan meticuloso para exponer la conspiración de su propia familia y ejecutar una venganza implacable contra sus traidores.
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Capítulo 2

El Cinco de Mayo debería haber sido una celebración, un respiro del ajetreo de la Ciudad de México, un viaje familiar a un resort de lujo en Cancún. El sol era cálido, la música de mariachi flotaba en el aire y mi hija, Sofía Jr., reía mientras chapoteaba en la piscina. Mi esposo, Carlos Mendoza, me rodeó con su brazo, sonriendo con esa sonrisa que una vez me hizo creer en los cuentos de hadas. Todo parecía perfecto, una postal de la felicidad que yo misma había construido.

Pero la perfección era una fachada, un escenario a punto de colapsar.

La música se detuvo abruptamente. Carlos, mi amoroso esposo, subió al pequeño escenario junto a la piscina, sosteniendo un micrófono. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una máscara de dolor y traición. Su voz, amplificada por los altavoces, resonó en todo el resort, helando la sangre de todos los presentes.

"Quiero agradecerles a todos por estar aquí", comenzó, su voz temblando falsamente. "Pero hay algo que deben saber. Algo sobre la mujer que creí que era el amor de mi vida, mi esposa, Sofía Vargas".

Sentí un vacío en el estómago. ¿Qué estaba haciendo? A mi lado, mis padres, Ricardo y Elena Vargas, me miraban con una extraña mezcla de pena y frialdad. No entendía nada.

Entonces, la pantalla gigante que antes mostraba paisajes tropicales parpadeó y cobró vida. Era un video. Un video granulado, filmado en una habitación de hotel que no reconocí. En él, una mujer que se parecía inquietantemente a mí estaba en la cama con un hombre desconocido. La imagen era borrosa, las caras no se distinguían con claridad, pero la silueta, el cabello... era suficiente para sembrar la duda. Era suficiente para destruir una reputación.

Se escucharon jadeos y murmullos entre los invitados. Sentí cientos de ojos sobre mí, juzgándome, condenándome.

"¿Sofía? ¿Qué es esto?", pregunté, mi voz apenas un susurro.

Carlos no me miró. Siguió hablando a la multitud. "No solo me ha sido infiel. Hay algo peor".

Fue entonces cuando mi hija, mi pequeña Sofía Jr., a quien había arropado la noche anterior, se soltó de la mano de mi madre y corrió hacia Carlos. Lo señaló y luego a mí, sus pequeños labios temblando mientras gritaba con una voz llena de miedo y acusación.

"¡Mami es mala! ¡Mami me pega! ¡Me duele aquí!".

Se levantó la blusa y mostró su pequeño torso, cubierto de moretones horribles, morados y amarillos.

El mundo se detuvo. El aire abandonó mis pulmones. No. No, eso no era posible. Yo nunca, jamás, le haría daño a mi hija. Era mi vida entera.

"No... no es verdad...", balbuceé, mirando a mi alrededor en busca de ayuda, de alguien que me creyera. Mis ojos se encontraron con los de mis padres. Esperaba ver apoyo, defensa. En cambio, vi una condena de hielo.

Mi padre, Ricardo Vargas, el pilar de nuestra familia, el hombre que me enseñó a ser fuerte, tomó el micrófono de las manos de Carlos.

"Lamentamos profundamente el comportamiento de nuestra hija", dijo, su voz grave y solemne. "No solo ha deshonrado a su familia y a su esposo, sino que también ha traicionado a nuestra empresa. Hemos descubierto un desfalco millonario. Sofía ha estado robándonos durante años".

Traición empresarial. Fraude fiscal. Abuso infantil. Infidelidad. Las acusaciones caían sobre mí como una lluvia de rocas, aplastándome, enterrándome viva. La multitud, antes festiva, se había transformado en una turba enfurecida. Sus rostros estaban torcidos por la ira y el desprecio.

"¡Bruja!"

"¡Abusadora!"

"¡Ladrona!"

Los gritos me envolvían. Me encogí, tratando de protegerme, pero no había a dónde huir. La gente se abalanzó sobre mí. Sentí tirones en mi cabello, golpes en mi espalda, arañazos en mis brazos. Caí al suelo, el duro pavimento raspando mi piel. En medio del caos, vi los rostros de mi familia: Carlos, mis padres, incluso mi pequeña hija, observando desde una distancia segura mientras la multitud me destrozaba.

Sus ojos estaban vacíos de amor, llenos de un triunfo frío y calculado.

No entendía. ¿Por qué? ¿Por qué me hacían esto?

La oscuridad me envolvió mientras el dolor se desvanecía, llevándose mi último aliento y mi pregunta sin respuesta.

...

Un grito ahogado me devolvió a la vida. Abrí los ojos de golpe, mi corazón latiendo a un ritmo frenético, el sudor frío empapando mi pijama. Estaba en mi cama, en mi casa de la Ciudad de México. A mi lado, se escuchó una tos débil.

Era Sofía Jr.

Me giré para mirarla. Estaba acurrucada a mi lado, su frente caliente al tacto. Tenía fiebre. Recordé este día. Era el 4 de mayo, el día antes de nuestro viaje a Cancún. El día en que la pesadilla había comenzado a gestarse.

Miré el calendario digital en mi mesita de noche. 4 de mayo.

No estaba muerta.

Había vuelto.

Había renacido en el día de la fiebre de mi hija, un día antes de que mi vida fuera destruida. Y esta vez, no iba a permitir que sucediera. Esta vez, descubriría la verdad y limpiaría mi nombre.

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