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Portada de la novela Venganza De La Diseñadora

Venganza De La Diseñadora

Una talentosa joyera enfrenta la peor traición cuando Ricardo, su marido, ayuda a su amante Valeria a arruinar un preciado legado. Tras sufrir humillaciones y engaños médicos para robarle su empresa y diseños, la protagonista queda despojada de su vida mientras los traidores celebran su caída. Sin embargo, el dolor se transforma en una determinación implacable. Ella regresará con una furia fría para ejecutar una venganza total contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 3

Sofía se sentó en el suelo de su taller, con los fragmentos del broche esparcidos sobre un paño de terciopelo negro, la luz de la lámpara de trabajo iluminaba las fracturas en la plata, las líneas irregulares que partían el cuerpo del colibrí.

Con unas pinzas finas y un pulso tembloroso, intentó unir las piezas, unir el ala rota al cuerpo diminuto, pero era inútil, el metal estaba deformado, la fractura era demasiado limpia, demasiado brutal.

Cada intento fallido era un recordatorio de la noche anterior, de la sonrisa triunfante de Valeria, de la indiferencia de Ricardo.

El broche no era solo un objeto, era el último vínculo físico con su madre, un ancla a su pasado, a su identidad, y ahora estaba roto, como su matrimonio, como su confianza.

Se rindió, dejando caer las pinzas con un ruido metálico sobre la mesa, apoyó la cabeza entre las manos y dejó que la tristeza la invadiera, una ola fría y pesada.

El silencio de la casa era abrumador, Ricardo no había vuelto a casa en toda la noche, ni un mensaje, ni una llamada.

Su teléfono vibró sobre la mesa, por un instante, un estúpido brote de esperanza la recorrió, ¿sería él?

Pero en la pantalla aparecía el nombre de una joyería de antigüedades a la que había llamado por la mañana, con la desesperada esperanza de que pudieran reparar el broche.

Respondió.

"Señorita Sofía", dijo una voz amable al otro lado, "recibimos las fotos que nos envió, lamento informarle que el daño es irreparable, podríamos intentar soldarlo, pero la marca quedaría para siempre, y la pieza perdería todo su valor."

"Entiendo", susurró Sofía, con la garganta apretada. "Gracias."

Colgó el teléfono y se quedó mirando la pared, el diagnóstico final resonaba en su cabeza: "daño irreparable".

Justo en ese momento, su celular volvió a sonar, era un número desconocido.

Dudó, pero contestó.

"¿Bueno?"

Una voz de mujer, joven y nerviosa, respondió.

"¿Hablo con la señora de Ricardo?"

"Sí, soy yo", dijo Sofía, con el corazón encogido.

"Disculpe que la moleste, llamo del bar 'La Escondida', su esposo olvidó su tarjeta de crédito aquí anoche."

Sofía se quedó en silencio, procesando la información, Ricardo odiaba los bares ruidosos como 'La Escondida'.

"Gracias por avisar", logró decir. "Iré a recogerla."

Antes de que pudiera colgar, la mujer añadió, casi en un susurro.

"Señora, también olvidó el suéter de la señorita que lo acompañaba, una tal Valeria."

El mundo de Sofía se detuvo, el aire se volvió denso, pesado, difícil de respirar.

Así que era verdad, no había sido una sospecha paranoica, habían pasado la noche juntos, celebrando su pequeña victoria sobre ella.

La traición le quemó el pecho, un dolor agudo y profundo.

Colgó sin despedirse, su mente trabajaba a toda velocidad, la tristeza se evaporó, reemplazada por una rabia fría y calculadora.

Marcó el número de Ricardo, necesitaba escucharlo, necesitaba que él mismo se ahorcara con sus mentiras.

Él contestó al segundo tono, su voz sonaba adormilada y molesta.

"¿Qué quieres, Sofía? Es temprano."

"¿Dónde estás?", preguntó ella, su voz peligrosamente tranquila.

"En una reunión, te dije que tenía un día ocupado."

La mentira era tan descarada, tan insultante.

"El broche", dijo Sofía, ignorando su excusa. "La reparación va a costar una fortuna, si es que se puede reparar, Valeria tiene que pagarlo."

Escuchó a Ricardo suspirar con impaciencia.

"Sofía, ya te dije que fue un accidente, olvídalo, te compraré otro."

"No quiero otro, quiero el mío, y quiero que ella pague por lo que hizo."

Escuchó un ruido de fondo, la voz de Valeria, suave y quejumbrosa. "¿Pasa algo, mi amor?"

"Mi amor".

La palabra resonó en la cabeza de Sofía, un eco venenoso.

Ricardo bajó la voz, pero Sofía pudo escucharlo perfectamente.

"No te preocupes, es solo Sofía, sigue con lo del broche, ya me encargo yo."

Luego, su tono hacia ella se volvió duro, autoritario.

"Escúchame bien, Sofía, deja en paz a Valeria, ella no tuvo la culpa, además, se siente fatal, pasó toda la noche llorando por lo que pasó."

"¿Llorando?", Sofía soltó una risa amarga, desprovista de humor. "¿De verdad esperas que me crea eso, Ricardo? ¿Después de que me llamaran de un bar para decirme que olvidaste tu tarjeta y el suéter de tu asistente?"

Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea.

"¿Qué estás insinuando?", dijo él, a la defensiva.

"¡No estoy insinuando nada, Ricardo! ¡Estoy diciendo que eres un mentiroso y un traidor! ¡Mientras yo estaba aquí, rota, tú estabas de fiesta con ella!"

Su voz se quebró al final, la traición era un sabor amargo en su boca.

"Te he dado todo, Ricardo, mi trabajo, mi talento, ¡te di el control de mi empresa porque confiaba en ti!"

"No seas dramática, Sofía, los negocios son los negocios, y lo que yo haga en mi tiempo libre no es tu problema."

De nuevo, la voz de Valeria de fondo, esta vez fingiendo un sollozo.

"Ricardo, dile que pare, me está haciendo sentir muy mal, yo no quería causarle problemas."

Sofía sintió una oleada de asco, la manipulación de Valeria era tan obvia, tan patética.

Y lo peor era que Ricardo caía en ella, una y otra vez.

"¡Dile a esa víbora que deje de fingir!", gritó Sofía, perdiendo el control.

"¡Ya basta!", rugió Ricardo. "¡Le estás faltando al respeto a Valeria! Ella ha estado bajo mucho estrés, no necesita que tú la ataques, eres una egoísta, Sofía, siempre pensando en ti y en tus estúpidas reliquias."

La crueldad de sus palabras la golpeó con la fuerza de una bofetada.

"¿Egoísta?", susurró ella. "¿Yo soy la egoísta?"

De repente, un recuerdo la asaltó, el funeral de su madre, hace cinco años, ella estaba devastada, incapaz de moverse, Ricardo se había pasado todo el velorio en su teléfono, cerrando un negocio.

Ni siquiera la había abrazado.

Se dio cuenta de que la frialdad no era nueva, siempre había estado ahí, pero ella se había negado a verla, cegada por el amor o por la costumbre.

"Tienes razón", dijo Sofía, su voz ahora vacía de toda emoción. "He sido una egoísta por esperar algo de ti."

Colgó el teléfono.

Miró los pedazos del colibrí sobre el terciopelo negro.

Daño irreparable.

Sí, lo era.

Pero ya no le importaba repararlo, ahora, solo quería destruir.

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