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Portada de la novela Venganza bajo el Altar

Venganza bajo el Altar

Mila Sokolov ha ocultado su identidad durante tres años en Vane Constructors, planeando limpiar el honor de su padre tras las calumnias del patriarca. Su misión peligra cuando Julian Vane, el frío sucesor, la atrapa robando documentos clave. Sin embargo, él no busca entregarla, sino proponerle un pacto: un matrimonio por conveniencia. Julian necesita una esposa para tomar el mando y Mila, movida por su rencor al clan, es la aliada perfecta.
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Capítulo 1

El aire en la planta 42 de Vane Constructors era tan escaso que Mila sentía que cada bocanada le quemaba los pulmones. No era solo el sistema de ventilación nocturno; era el peso de los tres años que llevaba cargando sobre sus hombros. Tres años de sonrisas fingidas, de cafés perfectos entregados a hombres que ni siquiera le miraban a los ojos, y de noches enteras estudiando diagramas de flujo de una empresa que odiaba con cada fibra de su ser.

Frente a ella, la pantalla de la terminal parpadeaba, proyectando un resplandor azulado sobre sus gafas de pasta.

Copiando archivos... 92%

Mila apretó el amuleto que colgaba de su cuello, oculto bajo su blusa de seda barata: una pequeña llave oxidada que pertenecía al antiguo escritorio de su padre. Recordó el olor a serrín y tabaco de pipa que siempre lo rodeaba, antes de que el escándalo de las constructoras lo transformara en un hombre que apenas reconocía en las visitas a la prisión. Su padre no se había suicidado solo por la vergüenza; lo habían quebrado, pieza por pieza, hasta que no quedó nada más que una carcasa vacía.

-Solo un poco más, papá -susurró, con la voz quebrada por el cansancio.

98%

El silencio del despacho fue interrumpido por un crujido metálico en el pasillo. Mila se quedó petrificada. Sus sentidos, agudizados por meses de paranoia, captaron el sonido inconfundible de un encendedor de lujo. Clac. Un destello de luz se filtró por debajo de la puerta.

El pánico, frío y viscoso, se enroscó en su garganta. Si la atrapaban aquí, no solo iría a la cárcel. Perdería la única oportunidad de demostrar que su padre era inocente. Sería el fin de la verdad.

100% Completado.

Mila arrancó la unidad USB con manos temblorosas y la guardó en su bolsillo justo cuando el pomo de la puerta giraba con una lentitud tortuosa. No tuvo tiempo de esconderse. La luz del pasillo inundó la oficina, silueteando a la figura que bloqueaba la salida.

Julian Vane no vestía como el CEO impecable de las portadas de revistas. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello y las mangas enrolladas, como si acabara de salir de una batalla en la sala de juntas. Pero lo que más impactó a Mila fue su mirada. Unos ojos grises que no mostraban sorpresa, sino una especie de satisfacción sombría.

Él no encendió las luces de la oficina. Caminó hacia ella en la penumbra, sus zapatos Oxford resonando contra el mármol con una autoridad que hacía que Mila se sintiera diminuta.

-¿Sabes qué es lo que más me molestaba de ti, Mila? -preguntó él. Su voz era un barítono suave que vibraba en el aire cargado de electricidad-. Que eras demasiado perfecta. Nadie es tan eficiente, tan puntual y tan... invisible, a menos que esté ocultando algo que le queme por dentro.

Mila retrocedió hasta que sus caderas chocaron contra el borde del escritorio de caoba.

-Señor Vane... yo... me olvidé mi teléfono y...

-Mientes -la cortó él, deteniéndose a escasos centímetros. El aroma a sándalo y whisky caro la envolvió-. Mientes tan bien que casi me convences durante estos tres años. Pero hoy te he visto. He visto cómo mirabas el retrato de mi abuelo en la galería. No era la mirada de una empleada, Mila. Era la mirada de alguien que está contando los segundos para prenderle fuego a todo este imperio.

Julian dejó un sobre sobre la mesa. No lo abrió. No hacía falta.

-Mila Sokolov. Tu padre fue el ingeniero jefe del puente Riverview. El hombre que, según los registros, aceptó sobornos para usar acero de baja calidad. El hombre que dejó que mi abuelo se lavara las manos mientras él se pudría en una celda.

Mila sintió una llamarada de odio puro. Olvidó el miedo, olvidó su disfraz. Se quitó las gafas con un gesto brusco y le sostuvo la mirada.

-Tu abuelo lo asesinó, Julian. Quizás no apretó el gatillo, pero lo puso en esa celda sabiendo que no saldría vivo. Y si crees que voy a pedir disculpas por intentar recuperar lo que nos robaron, estás muy equivocado.

Julian soltó un suspiro largo, casi un susurro. Por un segundo, la frialdad en sus ojos se transformó en algo parecido a la fatiga.

-No quiero tus disculpas, Mila. De hecho, me das envidia. Tú tienes un motivo para luchar. Yo solo tengo un testamento que me obliga a casarme con una desconocida para no perder el control de la empresa frente a mis primos buitres.

Él se sentó en el borde del escritorio, invadiendo su espacio de una manera que se sentía extrañamente íntima.

-Tengo un trato para ti. Uno que te dará lo que más deseas.

-¿La cárcel? -escupió ella con amargura.

-Justicia -corrigió él-. Firma un contrato de matrimonio conmigo. Sé mi esposa frente al mundo y frente a mi abuelo durante un año. Te daré acceso total a los libros de contabilidad de la familia, a las cajas fuertes privadas de Arthur y a la legitimidad que necesitas para limpiar el nombre de tu padre desde la posición de una Vane.

Mila lo miró como si estuviera loco.

-Quieres que me case con el enemigo.

-Quiero que te infiltres en la fortaleza -respondió Julian, inclinándose hacia ella hasta que sus labios casi rozaron su oído-. Si firmas, mañana mismo empezamos a redactar la demanda de revisión del caso de tu padre. Si no... -él señaló hacia el vestíbulo-, hay dos guardias esperando mi señal para entregarte a la fiscalía.

Julian sacó una pluma de oro y la dejó sobre el escritorio. El silencio era tan denso que Mila juraría que podía oír los latidos del corazón de Julian, o quizás eran los suyos, retumbando con la promesa de una venganza que nunca estuvo tan cerca.

-Elige, Mila. ¿Quieres ser la mártir que muere en el intento, o la reina que destruye el reino desde el trono?

Mila miró la pluma. Miró la oscuridad de la oficina. Luego, con una mano que ya no temblaba, alcanzó el contrato.

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