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Portada de la novela Venganza, Amor y Traición

Venganza, Amor y Traición

Sofía despierta en un hospital para enfrentar una verdad devastadora: su esposo, Alejandro Vargas, provocó el accidente que mató a su hijo de ocho meses para beneficiar a su amante. Tras oír sus planes para dejarla estéril y eliminarla, la antigua Sofía desaparece. Ahora, movida por el dolor y la traición, fingirá ser la esposa sumisa mientras ejecuta una venganza letal. La supervivencia es su motor para destruir a quienes le arrebataron su futuro.
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Capítulo 3

Pasaron dos días. Dos días en los que fingí una recuperación lenta y confusa. Lloré por mi bebé, pero dejé que creyeran que eran las lágrimas de una madre en duelo por un trágico accidente, no las de una mujer que sabía la monstruosa verdad.

Alejandro desempeñó su papel a la perfección.

Se sentaba a mi lado, me tomaba la mano, susurraba palabras de consuelo con una cara de dolor tan convincente que, si no hubiera escuchado su confesión, le habría creído.

"Mi amor, lo superaremos juntos", me decía, con los ojos llenos de una falsa tristeza. "Sé que duele, pero somos fuertes. La vida nos dará otra oportunidad."

Cada palabra era una bofetada. Cada caricia me quemaba la piel.

Al tercer día, entró en la habitación con una sonrisa forzada y un pequeño bulto envuelto en una manta azul en sus brazos.

"Sofía, mi amor, tengo una sorpresa para ti."

Mi corazón se detuvo.

Se acercó a la cama y colocó al bebé en mis brazos. Era un niño hermoso, de piel clara y cabello oscuro y fino. Pero no era mi hijo. Lo supe en el instante en que lo vi.

"¿Quién es?", pregunté, con la voz temblorosa.

"Es... es para nosotros", dijo Alejandro, evitando mi mirada. "Pensé que... que tener un bebé en casa nos ayudaría a sanar. A llenar este vacío. Lo he adoptado para ti, para nosotros. Se llama Nicolás."

Miré el rostro del bebé. Sus ojos, grandes y oscuros, me miraban con una inocencia que contrastaba brutalmente con la red de mentiras que lo rodeaba. Y entonces lo vi. Un pequeño lunar, casi imperceptible, junto a su ceja izquierda.

El mismo lunar que tenía Camila Soto.

Era su hijo. El hijo de Alejandro y su amante. El heredero de "pura sangre" del que hablaba mi suegra.

Me lo habían traído a mí, la esposa traicionada, la madre asesinada, para que lo criara. La crueldad de ese acto era tan profunda, tan retorcida, que sentí náuseas.

Quise gritar. Quise lanzar al bebé lejos de mí. Pero me contuve. Mi plan de escape dependía de mi sumisión.

"Es... es hermoso, Alejandro", susurré, obligándome a sonreír.

Su rostro se relajó, aliviado por mi aparente aceptación.

"Sabía que te gustaría", dijo, radiante. "Ahora, el doctor dijo que necesitas tomar esto para tu recuperación. Es un complejo vitamínico muy potente."

Sacó un frasco sin etiqueta y una pastilla blanca y grande. Me la tendió con un vaso de agua.

La droga. La que me dejaría estéril.

Mi mano tembló al tomarla. Por un momento, quise tirarla, gritarle en la cara que sabía lo que era. Pero vi sus ojos, fríos y calculadores detrás de la máscara de preocupación. Si me negaba, encontraría otra manera. Una más violenta, quizás.

Tenía que tomarla. Era el precio de mi libertad.

Miré la pastilla en mi palma. Era mi sentencia, la aniquilación de mi futuro como madre. Pero también era mi pasaporte para salir de ese infierno.

Con el corazón hecho piedra, me llevé la pastilla a la boca y la tragué con un sorbo de agua.

Alejandro sonrió, una sonrisa de triunfo genuino.

"Así me gusta, mi amor. Siempre tan obediente."

Se inclinó para besarme, pero giré la cabeza justo a tiempo, fingiendo un acceso de tos.

No podía soportar su contacto. No ahora. No nunca más.

Unos minutos después de que él se fuera, dejándome a solas con el hijo de mi enemiga, el medicamento comenzó a hacer efecto.

No fue sutil.

Fue un incendio en mis entrañas.

Un calambre brutal me dobló en dos, arrancándome un grito de dolor. Sentí como si unas garras de hierro estuvieran retorciendo mis ovarios, arrancándolos de cuajo. El dolor era tan intenso que me dejó sin aliento, con puntos negros bailando ante mis ojos.

Me acurruqué en la cama, abrazando mi vientre ahora vacío, ahogando mis gemidos en la almohada.

El dolor se extendió por todo mi cuerpo en oleadas ardientes, una tortura química diseñada para destruirme desde adentro.

Mientras el mundo se desvanecía en una bruma de agonía, una última imagen se grabó en mi mente: la sonrisa satisfecha de Alejandro.

Había conseguido todo lo que quería.

Su amante, su heredero y una esposa rota y estéril.

O eso creía él.

Caí en la inconsciencia, pero incluso en la oscuridad, una llama de odio y determinación se negó a extinguirse.

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