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Portada de la novela Vendida por Mi Mejor Amiga

Vendida por Mi Mejor Amiga

La vida de una joven cambia drásticamente cuando Sofía, su mejor amiga, la traiciona por celos y la vende. Tras ser drogada, despierta prisionera en un sitio remoto para casarse con un extraño. Enferma y cautiva, descubre un emblema de águila y serpiente que vincula el lugar con sus abuelos y su antepasado, Don Ramiro. En este sombrío entorno familiar, la fragilidad urbana desaparece; ahora, ella está decidida a luchar contra su oscuro destino.
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Capítulo 2

Elena sintió que el mundo se desvanecía en una neblina pegajosa, el sabor dulce de la Coca-Cola todavía en su lengua, mezclado con algo amargo y químico. Lo último que recordaba era la sonrisa de su mejor amiga, Sofía, mientras le pasaba la botella.

"Tómatela toda, Elena. Es para que te dé energía para la fiesta. ¡Verás qué bien nos la pasamos!"

La fiesta. En un pueblo remoto del que nunca había oído hablar. Una aventura, según Sofía. Una oportunidad para despejarse antes de los exámenes finales de la escuela de arte, donde Elena destacaba y Sofía, aunque lo ocultaba bien, siempre parecía estar un paso por detrás, observando con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.

Ahora, la oscuridad. No la oscuridad de la noche, sino una pesada, dentro de su cabeza.

Cuando abrió los ojos, el sol le pegó en la cara a través de las rendijas de un techo de lámina. El aire olía a tierra húmeda, a leña quemada y a algo agrio, como a ropa sucia. No estaba en su cama. No estaba en ningún lugar que conociera.

Una mujer mayor, de piel curtida por el sol y arrugas profundas como surcos en la tierra, la miraba desde una silla de madera. Sus ojos eran pequeños y duros.

"Ya despertó la princesita" , dijo la mujer, su voz rasposa.

Elena intentó sentarse, pero la cabeza le dio vueltas y un mareo nauseabundo la obligó a recostarse sobre el petate áspero.

"¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? ¿Y Sofía?"

La mujer soltó una risa seca, sin alegría.

"Tu amiguita ya se fue. Cobró su dinero y se largó. Buena amiga tienes" .

El cerebro de Elena luchaba por procesar las palabras. No tenía sentido. Sofía, su amiga del alma, la que conocía todos sus secretos. Imposible.

"No… no le creo. Hubo un accidente. ¿Dónde está mi teléfono?"

"¿Teléfono? Aquí no te va a servir de nada" , dijo la mujer, y luego añadió, como si le revelara el secreto más simple del mundo: "Te vendió. Así de fácil. Mi hijo necesita una esposa y tú nos saliste barata. Así que más te vale que te vayas acostumbrando" .

El shock fue como un golpe físico, le robó el aire de los pulmones. Vendida. La palabra rebotaba en su cráneo, absurda, monstruosa. Sofía no haría eso. No podía ser. Pero la crudeza de la situación, la sordidez del cuarto, el olor, la cara de esa mujer, todo gritaba que era verdad.

La rabia y el pánico la inundaron. Se puso de pie de un salto, ignorando el mareo. La puerta era de madera vieja, con un pasador de hierro por fuera. Corrió hacia ella, la golpeó con los puños.

"¡Abran! ¡Sáquenme de aquí! ¡Esto es un secuestro!"

La puerta no se movió. Su cuerpo, debilitado por la droga, temblaba. Sus golpes eran débiles. Se desplomó en el suelo de tierra, las lágrimas de impotencia y furia quemándole la cara. ¿Por qué? ¿Por qué Sofía le haría esto? La envidia. Recordó las miradas de Sofía cuando los profesores elogiaban los lienzos de Elena, el brillo extraño en sus ojos cuando Elena hablaba de sus planes para estudiar en el extranjero.

De repente, la puerta se abrió con un rechinido. Un hombre joven, de mirada torpe y sonrisa simple, entró junto a la mujer. Era su hijo.

"Mamá, está haciendo mucho ruido" , dijo el hombre, mirando a Elena con una curiosidad boba.

"Ahorita la callamos" , respondió la mujer. Se acercó a Elena y la agarró del cabello, tirando de ella con una fuerza brutal.

"¡Levántate, inútil! ¡No creas que porque eres de ciudad aquí te vamos a tratar como reina!"

El dolor agudo en su cuero cabelludo la hizo gritar. El hombre simple solo miraba.

"¡Suélteme! ¡Mi familia tiene dinero! ¡Les pueden pagar lo que quieran, pero déjenme ir!" , suplicó Elena, con la voz rota.

La mujer se rio de nuevo, una risa que le heló la sangre.

"¿Dinero? Tu amiguita nos dijo que eras huérfana, que no tenías a nadie. Por eso nos gustaste. Sin problemas. Ahora cállate y compórtate, que tienes que empezar a aprender tus deberes de esposa" .

La humillación era peor que el dolor físico. La arrastraron fuera del cuartucho hacia un patio de tierra. La luz del sol la cegó. Mientras la llevaban a la fuerza hacia una pila de leña, algo llamó su atención. Un detalle en la construcción de la casa principal. El dintel de la puerta estaba tallado con un patrón específico: un águila devorando una serpiente, pero con un estilo rústico, casi primitivo.

Elena se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco, pero esta vez no era de pánico. Era un golpe de reconocimiento, un eco de un recuerdo lejano.

Ese mismo tallado. Lo había visto antes. En una fotografía vieja, en blanco y negro. La casa de sus abuelos. La casa que su abuelo construyó con sus propias manos en este mismo pueblo, antes de que la familia se mudara a la ciudad.

Se giró para mirar a su alrededor, con los ojos muy abiertos. La forma de las colinas a lo lejos, el tipo de piedra rojiza en los cimientos de las casas vecinas. No podía ser. Era una coincidencia imposible.

Pero entonces, lo supo. Con una certeza que le recorrió todo el cuerpo.

No la habían llevado a un pueblo cualquiera.

La habían llevado a casa. Al lugar de origen de su familia. El lugar donde su abuelo, Don Ramiro, era más que un hombre. Era una leyenda.

La mujer la empujó, molesta por su repentina quietud.

"¿Qué miras, estúpida? ¡Camina!"

Elena tropezó, pero ya no sentía el mismo terror. Una nueva sensación, fría y dura como el acero, comenzaba a formarse en su pecho. La habían traicionado, vendido y humillado. Pero sus verdugos habían cometido un error. Un error garrafal.

La habían traído al único lugar en el mundo donde el nombre de su familia pesaba más que cualquier cantidad de dinero.

Se puso de pie, lentamente. Su rostro, antes lleno de lágrimas y miedo, ahora estaba endurecido por una resolución helada. Miró a la mujer y a su hijo simple, y por primera vez, no los vio como monstruos invencibles, sino como ignorantes que acababan de firmar su propia sentencia.

La verdadera fiesta estaba por comenzar.

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