
Vendida, Inculpada, Ahora está libre
Capítulo 2
El bloque de subastas. Era una pesadilla que había atormentado mi sueño durante tres años, una repetición vívida de la noche en que mi vida se hizo añicos. Comenzó con Bárbara, siempre Bárbara, su fachada dulce e inocente ocultando la astucia de una víbora. Se hizo la víctima, tejiendo una historia sobre mi imprudente consumo de drogas y mi comportamiento escandaloso. Alejandro, mi prometido, mi tutor, se tragó cada mentira. Le creyó. Siempre lo hacía.
No me creyó cuando juré que era inocente, cuando le supliqué que viera a través de su farsa. Solo me miró con esos ojos fríos y críticos, un extraño en el rostro del hombre que amaba.
Esa noche, mi vigésimo primer cumpleaños, se suponía que era nuestra fiesta de compromiso. En cambio, se convirtió en mi ejecución pública. Me llevó al bloque de subastas, mi cuerpo tambaleándose por las drogas que Bárbara había deslizado en mi champán. Vi a Bárbara entonces, acurrucada al lado de Alejandro, con una sonrisa de suficiencia en su rostro. Sus ojos, triunfantes y crueles, se encontraron con los míos. Ella había ganado. Me lo había robado todo.
La habitación era un borrón de rostros lascivos, un mar de ojos codiciosos desnudándome. Se me erizó la piel. La voz del subastador retumbó, helándome hasta los huesos.
—¡Su primera noche, caballeros! ¿Quién será el afortunado postor?
Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un pájaro atrapado desesperado por escapar. Encontré la mirada de Alejandro, una súplica silenciosa en mis ojos. *Por favor. Ayúdame.*
Él solo me devolvió la mirada, su expresión fría, desprovista de emoción.
—Tú te buscaste esto, Sofía —articuló sin sonido—. Este es tu castigo.
Las ofertas se dispararon. Mi dignidad, mi inocencia, mi propio ser, despojados, mercantilizados, vendidos al mejor postor. La vergüenza era un peso físico, aplastándome, sofocándome. Grité, un sonido crudo y primario que fue ahogado por el rugido de la multitud.
Cuando todo terminó, cuando se hizo la última oferta, algo dentro de mí se rompió. Se encendió un fuego, no de pasión, sino de una rabia fría y destructiva. Vi los rostros de mis verdugos, sus sonrisas triunfantes, y estallé. Agarré una antorcha, impulsada por el alcohol y la furia, y prendí fuego al lugar. Quería que ardieran. Quería quemar todo lo que me había tocado, que me había manchado.
Las sirenas aullaron, una aterradora sinfonía de juicio. La policía me arrestó, acusándome de incendio provocado e intento de asesinato. Alejandro, siempre el tutor obediente, testificó en mi contra. Juró que había intentado matar a Bárbara, quemarla viva. Los medios se deleitaron con el escándalo, pintándome como una heredera trastornada, un peligro para la sociedad.
Fui sentenciada a tres años de prisión. Tres años en una jaula de concreto, donde aprendí a pelear, a sobrevivir, a volverme tan dura e inflexible como los muros que me confinaban. Mi único salvavidas, mi única esperanza, era la casona. La casa de mis padres. Juré que la recuperaría. Era la última pieza de ellos que me quedaba.
Tras mi liberación, me encontré en el mundo mugriento e implacable de las peleas clandestinas. Era una existencia brutal, una lucha constante por la supervivencia. Cada puñetazo, cada patada, cada gota de sangre era por la casona. Necesitaba la lana. Necesitaba comprarla de nuevo antes de que se perdiera para siempre.
Ahora, acostada en una cama de hospital, con el cuerpo dolorido, la mente un torbellino de dolor y traición, las primeras palabras que salieron de mi boca fueron por el dinero.
—¿Aseguraron el pago? ¿Es suficiente?
El mánager de la pelea, un hombre corpulento de ojos amables, se movió incómodo. Apartó la mirada, su silencio un puñetazo en el estómago. Mi corazón se hundió. No era suficiente. Nunca era suficiente.
Una risa amarga escapó de mis labios. Fui una tonta. Una tonta ingenua y desesperada. Solo tendría que pelear de nuevo. Más duro. Más rápido. Más brutalmente.
—Sáquenme de aquí —dije, tratando de levantarme—. Tengo que pelear de nuevo. Tengo que ganar...
—Sofía, detente. —La voz del mánager era suave, pero firme—. No puedes pelear más. Estás... estás vetada.
Mi cerebro luchaba por procesar las palabras.
—¿Vetada? ¿De qué estás hablando?
Suspiró, pasándose una mano por su cabello ralo.
—Alejandro Garza. Hizo algunas llamadas. Dijo que si alguien te deja pelear, lo perderá todo. Tu nombre es veneno ahora, chica. Nadie te tocará.
Mi mundo giró. Alejandro. Siempre era Alejandro. No solo intentaba avergonzarme; intentaba quebrarme. Enterrarme viva.
El mánager colocó un grueso fajo de billetes en la mesita de noche.
—Esto es del señor Garza. Para tus... gastos médicos. —No me miró a los ojos. Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en la habitación silenciosa y estéril.
El aire se sentía espeso, sofocante. Me ardía la garganta. Cada esperanza a la que me había aferrado, cada sueño de reclamar mi pasado, se hizo añicos. La casona. Se había ido.
Salí a trompicones del hospital, el aire fresco de la noche mordiendo mi piel expuesta. La lluvia caía a cántaros, fría e implacable, reflejando la tormenta que se desataba dentro de mí. Caminé sin rumbo, las luces de la ciudad borrosas a través de mis lágrimas, hasta que me encontré de pie frente a ella.
La casona. Mi hogar. Un faro de calidez y amor en un mundo de fría crueldad.
Entonces, las luces intermitentes. La multitud de reporteros. Alejandro, de pie, alto e imponente, con una sonrisa depredadora en su rostro. Y a su lado, Bárbara, radiante de blanco, con el brazo entrelazado con el de él.
—Me complace anunciar —retumbó la voz de Alejandro, amplificada por los micrófonos—, que la histórica casona de la familia De la Vega ha sido transferida oficialmente a la Fundación Filantrópica Bárbara Rivas. Bárbara, mi prometida, es la legítima dueña de este legado. Ella, no Sofía, es la verdadera hija de esta familia.
Las palabras me atravesaron, cada una una nueva puñalada en el corazón. Mi legado. Mi nombre. Mi hogar. Todo robado. Todo retorcido en una burla grotesca. Mi visión nadó. Me agarré el pecho, un sollozo ahogado me desgarró. El mundo se volvió negro.
Mientras caía, mi mano instintivamente buscó mi teléfono. Un nombre brilló ante mis ojos, un amigo olvidado, un recuerdo lejano de amabilidad. Bruno Rosas.
—Bruno —susurré, la palabra una súplica desesperada—, llévame lejos. Por favor. A cualquier lugar menos aquí.
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