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Portada de la novela Valeria: Retazos de una mujer

Valeria: Retazos de una mujer

Valeria encontró en el oficio legado por su abuela la fuerza para resistir en tiempos de crisis. Pese a vivir en entornos adversos y sufrir dolorosas traiciones, su dedicación y humildad le otorgaron un sentido vital profundo. Esta es la historia de una mujer audaz que, mediante la autosuficiencia, superó cada obstáculo hasta alcanzar una relevancia excepcional. Un relato sobre la resiliencia y la autonomía de un espíritu inquebrantable forjado con puro esfuerzo.
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Capítulo 3

Aunque sabía que la mujer seguramente se dirigía a la misma parada, procuró desviar la atención y sacó su teléfono para que, en caso de que llegara, pudiera omitir su presencia.

Eso le funcionó por un momento, pero a medida que corrían los minutos y el bus nada que aparecía, la impaciencia la embargó por completo y tuvo que desviar la atención de la pantalla para echar un vistazo a la avenida. Por desgracia, justo cuando lo hizo, la enjuta figura de la viejecita apareció por la izquierda, justo por el lado opuesto por donde la había visto venir hace un instante. Algo incómoda y asustada, le dirigió una leve sonrisa de lado. Como si palpara su nerviosismo y quisiera incrementarlo, la anciana se le acercó y murmuró a su lado: "Debo decir, señorita Valeria, que la otra chica del piso cinco es mucho más simpática que usted. ¡Ah y Nicolas es un encanto! Pero bueno, la gente es así, no la culpo".

'¿Pero qué le pasa a esta señora? Apenas si la he visto un par de veces, ¿cómo quiere que la trate?', pensó Valeria, algo fastidiada por su comentario insidioso.

"Lo siento, hoy estoy algo adormilada y se me hace tarde para llegar al trabajo", respondió, procurando ser lo más cortés posible y omitiendo su irritación.

"Sí, se nota", insistió la anciana, cada vez más antipática.

El silencio se cernió sobre las dos y la tensión podía palparse. Por fortuna, el autobús rojo apareció en la distancia como un lucero en una noche sin luna, salvándola del momento incómodo y apaciguando un poco su ansiedad por llegar tarde.

'Gracias al cielo', suspiró Valeria internamente.

El sol ya empezaba a quemar y la intensidad de su resplandor se veía amplificada al pasar por el panel de acrílico que servía de pared para los costados de la estación y del cual Valeria estaba apoyada. Su nuca ardía y el pelo empezaba a humedecérsele por el sudor. Cuando el bus se detuvo, la pequeña multitud se aglutinó para entrar y, aunque había llegado de última, la anciana se las arregló para encaramarse con una rapidez inusitada para alguien de su edad. Valeria se quedó pasmada al verla y luego subió también, pero cuando entró ya no había puestos disponibles, así que tuvo que quedarse parada al igual que unos cuantos más. Los primeros minutos fueron soportables porque no había mucha gente a su alrededor, pero a medida que el bus se detenía en las paradas de rigor, el pasillo se iba llenando de gente y, a la media hora, ya estaba repleto. Apretujada, Valeria solo podía extender el cuello en busca de un poco de aire en medio de toda esa multitud. Los pies le dolían y, aunque el día apenas iniciaba, ya se sentía exhausta.

'7:28, el señor Enrique me va a matar, ya puedo escuchar sus gritos desde aquí', pensó, impacientada. Y no era para menos, pues se suponía que debía entrar a las 7:30 y apenas tenía dos minutos para ir del centro, donde se encontraba el bus en ese instante, hasta la Zona Industrial. Solo un helicóptero o un milagro la haría llegar a tiempo. Por fortuna, su vecina se bajó a mitad de camino y al menos no tuvo que seguir lidiando con su incómoda presencia y sus miradas furtivas. ¿Qué le había hecho a esa señora para ganarse su antipatía? Siempre que la veía le salía con algún comentario fuera de lugar y simplemente no podía entender lo que pasaba por su cabeza. A veces creía que tenía el don innato de caerle mal a las personas.

A eso de las 7:50, el bus finalmente llegó a las inmediaciones de la Zona Industrial y Valeria pudo bajarse. Todavía debía caminar una cuadra hasta la fábrica, así que se ajustó de nuevo el blazer y empezó a trotar a pesar del sol inclemente que le quemaba la sien. En general, toda esa parte de la ciudad era bastante gris, y apenas si había árboles escuálidos junto a las aceras, por lo que la sombra escaseaba. Minuto y medio después, llegó a las afueras de la textilería y sacó su tarjeta para marcar la entrada. Como se trataba de una planta industrial, la fachada del edificio no era muy llamativa, más allá del ala de oficinas donde estaban los grandes ventanales y había aire acondicionado, el resto de la planta era muy cutre. El ladrillo y las vigas de las paredes quedaban expuestos en algunas zonas y las pequeñas ventanillas que daban al exterior apenas si brindaban algo de ventilación e iluminación.

'Por favor, por favor, que el señor Enrique se haya quedado dormido hoy', suplicó Valeria internamente.

Lamentablemente, ese día la gracia divina tenía oídos sordos para ella, pues apenas dio un paso hacia el interior del recinto, el señor Enrique salió de su oficina y apareció por el pasillo central. No había forma para ella de poder evitarlo, a menos de que se hiciera invisible.

"S-señor Enrique", lo saludó con la cabeza gacha, pues no se atrevía a mirar esos ojos iracundos.

"Señorita Valeria, ¿acaso no ha visto la hora que es? ¡Casi 30 minutos de retraso! ¡Esto es simplemente inaceptable! He tenido que pedirle a una de sus compañeras que fuera adelantando sus cortes para no atrasar la producción. ¿Cómo cree que voy a llegar fin de mes si no me cumple con los plazos establecidos? Una fábrica es una sucesión de engranajes y, si tan solo uno falla, todo se viene abajo. ¿Cómo quedo yo después con la junta si no me cuadran los números, eh? ¡Simplemente inaceptable!".

La pobre chica ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar ni explicarse, pues el hombre la abordó con tal ímpetu que la dejó seca. Podía ver en sus ojos la ira recalcitrante y sus facciones de indio ancestral se tensaron con tal insistencia que hasta su piel tersa se contrajo con cada gesticulación creando arrugas prensadas por su frente y alrededor de sus labios. Valeria estaba aterrada, sabía que eso pasaría, pues por cosas mucho menores que esa, el señor Enrique la había reprendido con brutalidad en el pasado. Sin embargo, como ya tenía más de año y medio soportándolo, sabía que no tendría ningún sentido explicarle nada, así que simplemente agachó la cabeza y tragó saliva antes de murmurar:

"Lo siento, señor Enrique, le prometo que no volverá a pasar. Trabajaré horas extras para cumplir mi plazo". Su voz sonaba pesada y ronca, pero apenas era audible.

"Más vale que así sea, y olvídate de ese aumento que habías pedido. La próxima vez no seré tan paciente. Ahora, ¡a trabajar!", instó el sujeto, con la misma expresión impaciente en el rostro.

Aunque estaba furiosa por haber sido humillada de esa manera, Valeria se obligó a bajar la mirada y apretó con fuerza la tarjeta en su mano. Luego de una fuerte inspiración, caminó a paso lento hasta el tablero para marcar su entrada. La puerta de hierro que daba a la parte central de la planta se le hizo más pesada que nunca en ese instante, estaba genuinamente agotada y todavía le quedaban unas 10 horas, o más, en aquel lugar. Con las lágrimas apretujadas en lo profundo de su pecho, se dirigió a su casillero, dejó su bolso y su blazer, y luego cogió su mascarilla, su gorro y sacó su almuerzo para guardarlo en la nevera.

'Vamos, Valeria, no dejes que esto te afecte', se dijo a sí misma para inyectarse de vigor mientras caminaba hacia su máquina. En la planta central había casi una decena de costureras que trabajaban todo el día sin descanso, el ruido de la maquinaria llenaba por completo el lugar, solo superado por el zumbido de los ventiladores que giraban sin descanso durante toda la jornada.

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