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Portada de la novela UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA MAMÁ

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA MAMÁ

Tras morir atormentado por no salvar a su madre, Mateo Vargas despierta milagrosamente en su cuerpo de tres años. Aunque es un niño, conserva la conciencia de un hombre de treinta y cinco dispuesto a evitar que su padre asesine a Elena. Debe actuar rápido para neutralizar el silencio cómplice de su tío militar y escapar del internado que selló su destino. Con el tiempo en contra, Mateo luchará por reescribir la historia y proteger a su familia.
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Capítulo 1

La tumba de mi madre siempre olía a gardenias marchitas.

Veintiocho años. Veintiocho malditos años visitando este rectángulo de mármol gris con su nombre grabado en letras que el tiempo había comenzado a desgastar: Elena Morales de Vargas. 1972-1999. Descansa en paz.

-Descansa en paz -repetí en voz alta, sintiendo cómo la ironía me quemaba la garganta-. Como si hubieras tenido un solo día de paz en tu vida, mamá.

Me arrodillé sobre el pasto húmedo, sin importarme que la humedad empapara mis pantalones. A los treinta y cinco años, ya nada me importaba demasiado. Mi vida había sido una sucesión de fracasos: un matrimonio destruido, una carrera mediocre, relaciones rotas. Todo porque nunca aprendí a amar correctamente. ¿Cómo podría haberlo hecho? El único amor puro que conocí murió cuando yo tenía siete años.

-Perdóname, mamá -susurré, trazando con los dedos las letras de su nombre-. Perdóname por haber sido solo un niño. Por no haber entendido. Por no haberte salvado.

Cerré los ojos, y ahí estaban los recuerdos que me atormentaban cada noche.

Mamá sentada en la cocina, con ese moretón violáceo en el pómulo que intentaba cubrir con maquillaje barato. Sus manos temblando mientras preparaba el desayuno. Su sonrisa forzada cuando yo le preguntaba si estaba bien.

"Estoy perfectamente, mi amor. Solo tropecé con la puerta del armario."

La puerta del armario. Siempre era la puerta del armario. O las escaleras. O su propia torpeza.

Nunca mi padre. Nunca sus puños. Nunca su ira borracha.

Y el recuerdo más doloroso:

Siete años. Regresando del internado para su funeral.

-Debí haber hecho algo -dije, apretando los puños-. Debí haberte salvado.

Me puse de pie, tambaleándome. La botella de whisky que había traído conmigo rodó por el pasto. Medio vacía.

-Ojalá pudiera volver -le dije a la tumba, a la lluvia, al universo sordo-. Ojalá pudiera regresar y hacerlo diferente. Salvarte. Protegerte.

Tomé la botella y bebí directamente. El whisky me quemó la garganta, pero el dolor nunca era suficiente para ahogar la culpa.

Caminé de regreso al auto. Mis pasos eran inestables. Probablemente no debería manejar, pero ¿qué importaba ya?

Encendí el motor. La lluvia golpeaba el parabrisas con furia. Las calles estaban desiertas. Casi de noche.

Conduje sin rumbo fijo, como siempre hacía después de visitarla. Las luces de la ciudad se difuminaban por las lágrimas que no dejaban de brotar.

"Mami está cansada, mi amor. Muy cansada."

Sus últimas palabras resonaban en mi cabeza.

No vi la luz roja.

No vi el camión de carga que venía por la intersección.

Solo escuché el chirrido de frenos.

Vi las luces brillantes acercándose.

Y pensé, con una claridad absurda: Ahora estaré contigo, mamá.

El impacto fue como una explosión.

El mundo giró. Metal retorciéndose. Vidrio estallando.

Dolor.

Y después...

Nada.

Oscuridad. Silencio absoluto. Y entonces... luz.

Abrí los ojos.

El techo que vi no era el del hospital. No era el cielo. Era un techo de madera clara, con vigas a la vista y una lámpara antigua de cristal. Conocía ese techo. No. Imposible.

Me incorporé de golpe. El mareo me golpeó, pero no era el mareo del accidente. Era diferente. Mi cuerpo se sentía... extraño. Pequeño.

Miré a mi alrededor.

Las paredes celestes. El póster de dinosaurios. La cama con el edredón de superhéroes.

Mi habitación.

No mi habitación actual. Mi habitación de niño.

-¿Qué...?

Mi voz salió aguda. Demasiado aguda.

Miré mis manos.

Diminutas. Regordetas. Manos de niño.

No.

Corrí hacia el espejo detrás de la puerta con pasos torpes.

El rostro que me devolvió la mirada me robó el aliento.

Tres años. Tenía tres años.

Pelo negro desordenado. Ojos enormes. Mejillas redondas.

-Esto no puede ser real -susurré.

Y entonces la escuché.

Desde la planta baja.

Una voz que no había oído en veintitrés años.

-¡Mateo! ¡Mi amor, baja a desayunar!

El corazón se me detuvo.

Mamá.

Con piernas temblorosas, salí de la habitación. Bajé las escaleras agarrándome del pasamanos.

Y ahí estaba ella.

Elena Vargas, de espaldas frente a la estufa, con su vestido floreado, su cabello castaño recogido en una coleta.

Se dio vuelta.

Y sonrió.

-Buenos días, dormilón.

Estaba viva.

Joven. Hermosa. Viva.

Pero entonces la vi realmente.

El maquillaje demasiado espeso en el pómulo. El brillo vidrioso en los ojos. Las manos que temblaban al servir el jugo.

Y lo supe.

Había regresado.

-Ven, cariño. Tu padre ya se fue a trabajar. Podemos desayunar tranquilos.

Tu padre ya se fue. Podemos desayunar tranquilos.

Tres meses antes de su primer intento.

Un año y medio antes de...

No.

Esta vez no. Esta vez la salvaría.

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