
Una segunda oportunidad con el CEO tras el divorcio
Capítulo 3
Belinda yacía en el piso, saboreando la sangre en su garganta mientras se esforzaba para ponerse de pie.
"¿Por qué volviste?", exigió.
¿No se suponía que debía estar en el hospital, cuidando de su preciosa Cathy?
Kristopher, viendo cómo el rostro de Belinda se retorcía por el dolor, se recostó con elegancia en el sofá. "Cathy está empezando a establecerse aquí. Imagínate el escándalo si se supiera que hoy estuvo en el ginecólogo...".
"¿Y por qué debería preocuparme eso?". Belinda entrecerró los ojos, con una sonrisa cargada de sarcasmo. "Como tu esposa que acaba de abortar, ¿debería defender la reputación de tu amante?".
Ahora estaba claro por qué él había regresado tan deprisa: le aterraba que ella pudiera exponerlo y arruinar el futuro de su amada.
"¿Cómo te atreves a llamarla así?", replicó Kristopher con brusquedad.
Belinda fijó su mirada en él y habló en tono mordaz: "Si Cathy valorara su reputación, no estaría involucrada con un hombre casado, no habría tenido esta enfermedad y, desde luego, no buscaría tratamiento en hospitales públicos".
Kristopher entrecerró los ojos por la ira. "Sabías que estaba enamorado de ella incluso cuando te casaste conmigo. Aun así, hiciste que mi abuelo organizara nuestra boda mientras yo estaba inconsciente. ¡¿Cómo puedes llamarla amante?!".
La sonrisa de Belinda se torció. "Sí, cometí un error en aquel tiempo".
Tres años antes, cuando el accidente automovilístico de Kristopher lo dejó en coma, Cathy huyó del país. Belinda pensó que lo había abandonado para siempre, motivo por el cual imploró a su abuelo, Anthony Cox, que concertara su matrimonio. Juró cuidarlo mientras viviera.
Durante casi seis meses, lo atendió con gran esmero y, poco a poco, Kristopher empezó a recuperarse. El grave cáncer gástrico que desarrolló se debió en gran parte a su vida ocupada que mantuvo mientras lo cuidaba. Ingenuamente, había creído que el amor sincero que le demostraba ablandaría su corazón; pero en lugar de eso, se encontró agotada y forzada a poner fin a su embarazo.
Como su esposa legítima, incluso se enfrentaba a sus duras reprimendas al llamar amante a Cathy. Le resultó evidente que Kristopher era un desagradecido y que nunca se dejaría alcanzar, por mucho que ella se preocupara por él.
Al darse cuenta de ello, Belinda sonrió amargamente a su esposo y le dijo resignada: "Si es a ella a quien amas, que así sea".
Era consciente de que había llegado el momento de dejarlo ir. El matrimonio debería haberse disuelto mucho antes, pero era ella quien se había aferrado a él con desesperación.
La desesperanza y la renuncia en su mirada parecieron molestarlo. "¿Qué insinúas?", le preguntó.
"Kristopher". Un estremecimiento invadió el corazón de Belinda. Después de cinco años juntos, cuando su relación se acercaba a su fin, a la chica le sorprendió su propia serenidad e incapacidad para derramar siquiera una lágrima. "Vamos a divorciarnos".
"¿Divorciarnos?". Kristopher hizo una pausa y luego se burló. "¿A qué juegas, Belinda? ¿Abortas a nuestro hijo y ahora pides el divorcio? Si acepto, le dirás a mi abuelo que te obligué a hacerlo, ¿verdad?".
"Nunca me he quejado a tu abuelo. No lo hice antes y no empezaré ahora".
Belinda sonrió con amargura mientras se ponía en cuclillas y sacaba los papeles del divorcio del cajón de la mesita. Justo en ese momento, el timbre de una llamada telefónica cortó el silencio.
"Cathy". Kristopher se puso en pie de un salto, con la voz entrecortada por la ansiedad. "¿Qué ocurre? De acuerdo. ¡Ya voy!".
Terminó la conversación con rapidez, tomó su chaqueta del sofá y se dirigió a la puerta.
Belinda, aferrada a los papeles del divorcio, frunció el ceño y le gritó: "¡Fírmalos antes de irte! ¡No tardará más que unos segundos!".
Él pareció no escucharla en absoluto. Cuando se marchó, cerró la puerta de golpe tras de sí.
Belinda cerró los ojos con fuerza, sumiéndose en un breve silencio. Después de un momento, los abrió, tomó un bolígrafo y firmó con su nombre en la última página del acuerdo. Volviendo a tirar los papeles sobre la mesa, levantó a su gato, Fluffy, y subió las escaleras para hacer las maletas.
Mientras empacaba, llamó a su amiga Madisyn Thomas, de Rozand, para que fuera a buscarla. Le había quedado claro. A los ojos de Kristopher, ella palidecía en comparación con Cathy. Una sola llamada de esa mujer bastaba para que él la ignorara por completo. Se había estado haciendo daño a sí misma por un hombre que ahora le parecía insignificante, sobre todo porque se enfrentaba a un cáncer de estómago en fase cuatro y solo le quedaban tres meses de vida.
Decidida, determinó que ya no quería malgastar el tiempo que le quedaba en un matrimonio que no tenía futuro.
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