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Portada de la novela Una relación complicada

Una relación complicada

Mía, una psicóloga de 27 años, vive sometida al control de Dylan, su celoso esposo. En su afán por vigilarla, él contrata al exoficial Brandon Carter para que la espíe bajo la fachada de un paciente. Sin embargo, al conocer la fragilidad de Mía, Brandon desarrolla un vínculo prohibido con ella. La tensión estalla cuando el investigador descubre que Dylan es quien realmente comete una infidelidad. Entre secretos y traiciones, surge un romance clandestino lleno de peligro.
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Capítulo 3

Capítulo 3:Silencios que gritan

Mia conducía en silencio, con una mano al volante y la otra jugueteando inconscientemente con un mechón de su largo cabello negro. El atardecer bañaba la ciudad con una luz dorada, pero ella apenas lo notaba. Su mente estaba lejos del tráfico, de la rutina, del mundo exterior.

Estaba pensando en él.

En ese paciente que había aparecido sin cita, como una tormenta repentina.

Brandon.

Algo en él la había descolocado. Su voz grave y modulada, su mirada intensa, el contraste entre su aspecto rudo y su aparente vulnerabilidad.

Había dicho que tenía ataques de ansiedad... pero su lenguaje corporal hablaba de alguien que dominaba cada gesto, cada pausa.

¿Quién era realmente Brandon?

¿Por qué la forma en que la miraba la había hecho sentir expuesta... observada?

Se estacionó frente a su casa. La fachada familiar no logró disipar la sensación que se había instalado en su pecho. Algo se estaba moviendo en su vida, algo que no lograba identificar todavía.

Entró en la casa y dejó las llaves sobre la mesa del recibidor. El lugar estaba en penumbras, y el silencio la recibió como una sombra pesada.

-Dylan -llamó suavemente.

Ninguna respuesta.

Se dirigió a la cocina y puso agua a calentar, esperando que al menos un té calmara el revoltijo de emociones que sentía. A los pocos minutos, escuchó la puerta principal abrirse.

Era él.

Dylan entró, luciendo impecable como siempre, su traje oscuro perfectamente alineado, el cabello peinado hacia atrás. Su expresión era neutra, casi impasible, pero sus ojos no ocultaban cierta tensión.

-Hola -saludó sin mirarla.

-Hola -respondió ella, observándolo. Algo en su pecho se apretó. Esa frialdad no era nueva, pero esta vez se sentía diferente... más densa, más cargada.

Él dejó su maletín en la mesa y caminó hacia el refrigerador. Se sirvió un vaso de agua. Bebió en silencio.

Y ella no pudo más.

-¿Me ocultas algo, Dylan?

Sus palabras salieron suaves, pero firmes. Él la miró por encima del borde del vaso, y durante unos segundos, ninguno habló.

Luego, él sonrió... pero no con ternura.

-Eso mismo te iba a preguntar yo.

Mia entrecerró los ojos.

-¿Perdón?

-¿Tú me ocultas algo, Mia? -repitió él, más despacio, cada palabra cargada de una acusación velada-. Últimamente llegas tarde. Estás distante. Te noto... ¿ausente?

Ella se cruzó de brazos, sintiendo el calor del enojo comenzar a hervir bajo su piel.

-¿Trabajo, Dylan? ¿Recuerdas eso? -soltó Mia con una mezcla de rabia y decepción en la voz-. Me quedo hasta tarde porque estoy cubriendo sesiones extra... para poder comprarte ese maldito reloj que tanto querías desde hace meses.

Lo miró directamente, sin parpadear.

-Iba a ser una sorpresa. Pero ¿sabes qué? No te la mereces. No mereces mi esfuerzo.

Apenas terminó de hablar, Dylan se tensó. Su expresión cambió. De la frialdad pasó a una furia contenida, oscura, como una tormenta que estalla sin aviso.

Y sin decir una palabra, se acercó de golpe y la sujetó por el cuello.

No la apretó fuerte. No al punto de lastimarla. Pero lo suficiente para que ella sintiera el frío control de su fuerza sobre su piel.

-Si descubro que me has engañado, Mia... -su voz fue baja, grave, un susurro venenoso- te juro que no volverás a ejercer como psicóloga en esta ciudad.

Te destruiré.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, el corazón palpitando con violencia. Quiso gritar, responder, empujarlo... pero se quedó quieta. Por miedo. Por rabia. Por confusión.

Después de unos segundos eternos, Dylan soltó su cuello y se alejó, como si nada hubiera pasado.

Y en ese silencio, mientras ella se tocaba la garganta con las manos temblorosas, solo una imagen volvió a su mente.

Brandon.

Mia se quedó sola en la sala de estar, el eco de las últimas palabras de Dylan todavía vibrando en el aire. Se tocó el cuello de nuevo, no había marcas visibles, pero la sensación de sus dedos fríos aún quemaba su piel. Se sentía sucia, humillada... traicionada por un hombre que se suponía debía protegerla, no intimidarla.

No había llorado. No todavía. Pero sus ojos ardían, como si las lágrimas estuvieran atrapadas en un nudo en la garganta que no sabía cómo deshacer. Se dejó caer en el sillón, con los codos sobre las rodillas, y se tapó el rostro con ambas manos.

No entendía cómo habían llegado a esto. Hace unos años, Dylan la miraba con admiración... ahora, solo la vigilaba como si fuera su enemiga.

Dormir fue imposible.

Se pasó la noche en vela, dando vueltas en la cama, pensando en si debía contarle a alguien lo que Dylan había hecho, si debía marcharse, o simplemente actuar como si nada hubiera pasado. Al final, eligió lo que había aprendido desde niña: aguantar.

Al día siguiente, se maquilló con más dedicación de la habitual. Un poco más de corrector bajo los ojos, un delineado más marcado. Una máscara perfecta para tapar la tormenta que rugía por dentro. Se vistió con un conjunto sobrio, pero ajustado. Tenía que lucir fuerte. Invulnerable.

Pero cuando Brandon entró a su consulta, la máscara tembló.

-Buenos días, doctora -dijo él con esa sonrisa tranquila y confiada que tan poco combinaba con el papel de "paciente ansioso" que fingía.

Mia lo miró, sintió que por unos segundos su cuerpo se tensaba involuntariamente, como si él pudiera ver más allá de su fachada.

-Pasa, Brandon -respondió con voz suave, casi robótica.

Él se sentó frente a ella, observándola con más atención que la primera vez. Algo en ella estaba diferente. No era solo el cansancio. Había algo... roto, algo frágil en sus ojos, como si se hubieran apagado un poco.

-¿Se encuentra bien? -preguntó, serio esta vez, dejando de lado el disfraz.

Ella sonrió levemente, esa sonrisa mecánica que usan los profesionales cuando deben seguir funcionando aunque por dentro estén hechos pedazos.

-Soy yo quien hace las preguntas, ¿recuerdas?

Brandon entrecerró los ojos. Era evidente que algo no estaba bien, pero decidió esperar. No podía arriesgarse a confrontarla directamente. Aún no.

-Está bien -dijo él, acomodándose-. ¿Por dónde empezamos?

Mia cogió la libreta, pero en lugar de anotar algo, lo miró directamente.

-¿Alguna vez has tenido miedo de alguien cercano? -preguntó con una voz que intentaba sonar profesional, pero que temblaba por dentro.

Brandon la miró un segundo más de lo necesario antes de responder.

-Sí. Una vez.

-¿Cómo lo manejaste?

-Haciéndome el fuerte. Esperando el momento correcto para actuar.

Ella tragó saliva, bajando la mirada como si eso la hubiera tocado más de lo que quería admitir.

-¿Y esa persona... te había lastimado físicamente?

-No, pero estaba cerca de hacerlo. Y eso fue suficiente.

Mia asintió lentamente.

-A veces uno no necesita moretones en el cuerpo para saber que está siendo herido -murmuró.

Brandon se inclinó un poco hacia adelante, captando la insinuación.

-¿Usted... está bien, doctora?

Ella levantó la mirada, sus ojos se cruzaron por un segundo cargado de tensión, y respondió con una sonrisa que dolía más que un grito:

-Estoy bien. Solo... cansada.

Brandon supo que mentía. No como paciente, sino como hombre. Su instinto le gritaba que algo en esa casa no estaba bien. Y Mia... Mia parecía más atrapada de lo que Dylan había sugerido.

-¿Tiene problemas con alguien cercano? -se atrevió a preguntar-. ¿Su esposo, tal vez?

Ella se tensó un segundo, luego soltó una risa breve, sin humor.

-¿Vas a psicoanalizarme tú ahora?

-No -respondió Brandon, mirándola a los ojos-. Solo me preocupa que quien ayuda a los demás, muchas veces olvida que también necesita ayuda.

Mia se quedó en silencio. Las palabras de Brandon le golpearon en el centro del pecho. ¿Cómo podía un desconocido entenderla mejor que el hombre con el que compartía la cama?

Ella se quedó en silencio unos segundos, observando la forma en que Brandon la miraba. No era una mirada común. No era la de un paciente. Había algo en su expresión que la inquietaba... y la atraía al mismo tiempo.

-Dices que estuviste cerca de casarte... -comentó con fingida indiferencia, escribiendo algo en su libreta-. ¿Qué falló?

Brandon sonrió, esa sonrisa ladeada que parecía siempre esconder una verdad más profunda.

-Supongo que no era la persona correcta. A veces creemos que lo es... hasta que dejamos de reconocernos al mirarnos al espejo.

Mia asintió lentamente, con la mirada fija en el papel.

-¿Y ahora? ¿Hay alguien en tu vida? ¿Alguien que te espere en casa?

Brandon la observó en silencio unos segundos. Sabía lo que ella estaba haciendo. Lo notó en el tono casual y en la forma sutil en la que desviaba la mirada, como si no quisiera parecer interesada.

-No. Nadie me espera. Y si lo hiciera, probablemente me diría que deje de venir aquí.

Ella soltó una pequeña risa. Breve. Sincera.

-¿Por qué?

-Porque venir aquí se está volviendo... interesante.

Mia levantó la mirada. Sus ojos se encontraron por un segundo demasiado largo. Fue ella quien desvió la vista primero, retomando el control.

-Brandon... estás aquí para trabajar en tu ansiedad, no para coquetear con tu psicóloga.

Él no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz más baja, más íntima.

-Tal vez... no estoy fingiendo tanto como pensé.

Ella tragó saliva, disimulando el impacto que le provocaron esas palabras.

-La sesión ha terminado -dijo con un tono firme, aunque por dentro... se sentía temblando.

¿Qué quiso decir eso?

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