Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela Una Niñera con Suerte

Una Niñera con Suerte

Valeria Montes llega por error ante Damián Valtor, el implacable jefe de Vortex Enterprises. Tras ser empleada como niñera de su pequeño, ella se adentra en una mansión rodeada de opulencia y misterios. Damián, un viudo atormentado por tragedias pasadas, encuentra en la joven una atracción irresistible que desafía su control. Mientras el deseo crece entre ambos, Valeria descubre los turbios secretos que él protege, enfrentando peligros que podrían destruirlos.
Capítulos
Compartir

Capítulo 3

La puerta frente a mí parece más alta de lo que debería, como si fuera la entrada a un castillo en lugar de una oficina. Mi mano tiembla cuando la empujo, y el aire frío del pasillo cambia por un olor a cuero y madera pulida que me golpea de inmediato. Estoy tan concentrada en no hiperventilar que no veo el pequeño escalón en el umbral. Mi pie derecho se enreda con el izquierdo, y antes de que pueda procesarlo, estoy cayendo. No es una caída elegante, no es un traspié que pueda disimular con una risita. No. Es un desplome total: mi bolso vuela por el aire, mi rodilla choca contra el suelo alfombrado, y mi cara está a centímetros de besar el piso. El sonido de mis cosas desparramándose —un lápiz, mi celular viejo, un paquete de pañuelos— resuena como un tamborazo en el silencio.

Quiero morirme. Literalmente. Que el suelo se abra y me trague, que un rayo caiga del cielo y me desintegre, cualquier cosa para no tener que levantar la vista y enfrentar lo que sé que está ahí: Damián Valtor, el hombre más poderoso del mundo, viéndome hacer el ridículo más grande de mi vida. Pero no hay escapatoria. Estoy aquí, tirada como un desastre humano, y el calor sube por mi cuello hasta que siento que mi cara arde como una fogata.

Un par de zapatos negros impecables aparece en mi campo de visión. Son tan brillantes que casi reflejan mi humillación, y cuando alzo la mirada, lo veo. Damián Valtor está de pie frente a mí, alto como una torre, con un traje gris oscuro que parece hecho a medida para resaltar cada línea de su cuerpo. Su cabello negro está peinado hacia atrás con una precisión que grita control, y sus ojos —unos ojos grises que parecen acero líquido— me observan con una intensidad que me atraviesa. No hay sonrisa, no hay sorpresa, solo una ceja ligeramente arqueada que dice más de lo que cualquier palabra podría.

—¿Siempre eres tan elegante al presentarte? —Su voz es grave, profunda, como un trueno lejano, y hay un filo de sarcasmo que me corta como un cuchillo.

No sé qué responder. Mi lengua se siente como una piedra en mi boca, y lo único que logro es un balbuceo incoherente mientras intento ponerme de pie. Mis manos buscan apoyo en el suelo, pero antes de que pueda levantarme sola, él se inclina. Su mano —grande, firme, con un reloj plateado brillando en su muñeca— agarra mi brazo y me levanta con una facilidad que me hace sentir como una pluma. El contacto me quema, no porque su piel esté caliente, sino porque hay algo en él, en su fuerza, en su presencia, que me sacude hasta los huesos.

—Gracias —susurro, apenas audible, mientras me tambaleo un poco y trato de recuperar el equilibrio.

Él no responde. Solo me suelta y da un paso atrás, cruzando los brazos sobre el pecho mientras me estudia como si fuera un rompecabezas que no sabe si armar o tirar a la basura. Me agacho rápido a recoger mis cosas, metiendo el celular y los pañuelos en mi bolso con dedos torpes. El lápiz rueda bajo su escritorio, y decido dejarlo ahí; no voy a arrastrarme frente a él para recuperarlo. Cuando me enderezo, ajusto mi blusa arrugada y trato de alisarme el cabello, pero sé que sigo viéndome como un desastre.

—Siéntate —dice, señalando una silla de cuero frente a un escritorio que parece más caro que todo mi apartamento. Su tono no es una invitación, es una orden, y mis piernas obedecen antes de que mi cerebro lo procese.

Camino hacia la silla, rezando por no tropezar otra vez, y me siento con la espalda rígida, el bolso apretado contra mi regazo como si fuera un chaleco salvavidas. Él toma asiento al otro lado del escritorio, y el espacio entre nosotros se siente infinito y diminuto al mismo tiempo. Su oficina es un reflejo de él: paredes oscuras, muebles minimalistas, un ventanal enorme que muestra la ciudad como si fuera suya. Hay una placa en el escritorio que dice “Damián Valtor, CEO” en letras doradas, y ningún rastro de fotos, plantas o algo que lo haga humano. Todo es frío, perfecto, intimidante.

—¿Valeria Montes, supongo? —pregunta, mirando una hoja en sus manos, mi formulario, probablemente.

—Sí, soy yo —respondo, y mi voz suena como un chirrido comparada con la suya. Carraspeo, intentando sonar más segura—. Gracias por recibirme.

Él no contesta al agradecimiento. Sus ojos bajan al papel, y siento que está diseccionando cada palabra que escribí ahí, cada mentira pequeña que puse para sonar menos patética de lo que soy. Levanta la vista y me clava esa mirada otra vez, directa, sin piedad.

—¿Experiencia con niños? —Su tono es seco, como si ya supiera la respuesta y solo quisiera oírme admitirla.

—No mucha —confieso, y me maldigo por ser tan honesta—. Pero soy paciente, aprendo rápido y… creo que puedo hacerlo bien.

—¿Crees? —repite, y hay un destello en sus ojos, algo entre diversión y desdén—. No estoy buscando suposiciones, señorita Montes. Estoy buscando certeza.

Trago saliva, y el nudo en mi garganta crece. Quiero desaparecer, pero también quiero demostrarle que no soy tan inútil como parezco. Pienso en las facturas, en la carta de desalojo, en lo mucho que necesito esto.

—Estoy segura de que puedo cuidar de su hijo —digo, levantando la barbilla un poco, aunque mi voz tiembla—. No tengo experiencia formal, pero sé manejarme en situaciones difíciles. Y soy buena siguiendo instrucciones.

Él inclina la cabeza ligeramente, como si mis palabras lo intrigaran por un segundo. Luego apoya los codos en el escritorio y junta las manos, observándome con una intensidad que me hace querer esconderme.

—¿Y qué te hace pensar que puedes trabajar para mí? —pregunta, y cada sílaba pesa como plomo.

No sé qué responder. Mi mente corre, buscando algo, cualquier cosa que no suene como una súplica. Pero antes de que pueda hablar, él se inclina un poco más hacia adelante, y el aire entre nosotros se carga de algo que no entiendo.

—Tienes cinco minutos para convencerme de que no eres un desastre total —dice, y su voz baja un tono, convirtiéndose en un desafío que me eriza la piel—. Empieza.

Mi corazón se dispara, y por un momento, solo lo miro, perdida en esos ojos grises que parecen ver a través de mí. Pienso en mentir, en inventar una historia heroica sobre cómo salvé a un niño de un incendio o algo igual de ridículo, pero sé que me atraparía en segundos. Así que respiro hondo y dejo que las palabras salgan, crudas, sinceras, tal como soy.

—No soy perfecta —empiezo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Tropiezo, cometo errores, y probablemente no soy lo que esperaba. Pero soy alguien que no se rinde. He pasado por meses sin trabajo, sin dinero, sin nada, y sigo aquí, luchando. Si me da una oportunidad, no la desperdiciaré. Cuidaré a su hijo como si fuera lo único que importa, porque para mí, este trabajo lo es.

Silencio. Un silencio tan denso que puedo oír mi propia respiración. Él no se mueve, no parpadea, solo me observa, y juro que siento su mirada deslizarse por cada rincón de mi alma. Luego se recuesta en su silla, cruza los brazos otra vez y asiente apenas, un movimiento tan pequeño que casi lo pierdo.

—Interesante —dice, y no sé si es un cumplido o una condena—. Puedes irte. Te llamaremos si decides pasar a la siguiente etapa.

Me levanto, con las piernas temblando pero decidida a no caerme otra vez.

—Gracias por su tiempo —murmuro, y me giro hacia la puerta, sintiendo sus ojos en mi espalda como un peso.

Salgo de la oficina con el corazón en la garganta, la cabeza dando vueltas y una certeza extraña: acabo de conocer a un hombre que podría destruirme o salvarme, y no sé cuál de las dos cosas me asusta más.

¡Sigue viendo!
¡La historia se está poniendo intensa! Cambia a la App para seguir leyendo
Desbloquear todos los episodios
Abrir el sitio web oficial

También te puede gustar

Portada de la novela Amor En El Momento Equivocado
7.8
Cindy estaba lista para anunciar su embarazo, pero la traición de su esposo con su mejor amiga destruyó su felicidad. Decidida a no ser una víctima, exige el divorcio mientras jura que se vengará de quienes la lastimaron. En este oscuro proceso, un error fortuito la une a Bruce. Él no solo se vuelve su protector y aliado estratégico para saldar cuentas pendientes, sino que le ofrece el amor puro y la lealtad que ella siempre mereció encontrar.
Portada de la novela Atada al príncipe italiano
8.6
Lo que parecía una cena familiar se convierte en mi peor pesadilla por orden de mi padre. El elegante vestido en mi alcoba no era un obsequio, sino el uniforme para mi boda forzada. Debo unirme a Luca Vitiello, un mafioso letal y tatuado al que siempre he despreciado. Él exige un heredero para consolidar una alianza de sangre entre familias. Atada a este monstruo, mi libertad desaparece en un matrimonio impuesto donde soy solo una pieza de intercambio.
Portada de la novela Atrapado en el cruel juego de los gemelos
9.8
Después de tres años casada, descubro que mi esposo Elías me engañó de la peor forma: me sustituyó por su gemelo, Kilian, para fugarse con su amante. Fui solo un peón en su retorcido juego, una mujer humillada a la que pretendían compartir como un trofeo. Aunque logro divorciarme y escapar a Londres buscando una nueva vida, los hermanos se niegan a dejarme ir. Ahora me persiguen sin descanso, obsesionados con recuperar su juguete favorito.
Portada de la novela Cautiva del CEO
8.8
Mariana y el poderoso Alejandro Fuentes se unen en un matrimonio arreglado por sus familias, pero la frialdad de su pacto se rompe cuando ella descubre que está embarazada. Mientras Alejandro inicia un idilio con una colega, oscuros secretos y sospechas sobre un amante oculto amenazan su vínculo. Dividida entre el deber y su dignidad, Mariana enfrenta una encrucijada: luchar por su hogar o dejarlo todo tras la traición de su esposo.
Portada de la novela El costo de la traición
8.4
Hace siete años, Lorna utilizó su fortuna como heredera para salvar la compañía de Rhett de una quiebra inminente. Tras este rescate financiero, la pareja se unió en matrimonio, disfrutando de lo que parecía ser una vida conyugal plena y feliz. Sin embargo, la armonía se desmorona inesperadamente durante su noche de bodas. En ese momento, Rhett le presenta un contrato sorpresa que transformará el futuro de su relación de manera irreversible.
Portada de la novela Encerré al clan de mi marido
8.3
En pleno aniversario, una mujer halla en el viejo teléfono de su esposo, James Vance, un diario dedicado a un hijo que ella nunca gestó. James intenta engañarla con excusas, pero el hallazgo de una ecografía a nombre de Amelia Harper confirma su peor sospecha: una infidelidad. Decidida a no mostrar su dolor, la protagonista opta por fingir normalidad mientras contacta a su suegra, Margaret, para ejecutar una fría y calculada venganza contra él.