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Portada de la novela Una Niñera con Suerte

Una Niñera con Suerte

Valeria Montes llega por error ante Damián Valtor, el implacable jefe de Vortex Enterprises. Tras ser empleada como niñera de su pequeño, ella se adentra en una mansión rodeada de opulencia y misterios. Damián, un viudo atormentado por tragedias pasadas, encuentra en la joven una atracción irresistible que desafía su control. Mientras el deseo crece entre ambos, Valeria descubre los turbios secretos que él protege, enfrentando peligros que podrían destruirlos.
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Capítulo 1

No sé en qué momento mi vida decidió convertirse en un chiste malo, pero aquí estoy, sentada en el sofá deshilachado de mi diminuto apartamento, con una taza de café frío en la mano y un montón de facturas sin pagar mirándome desde la mesa como si fueran un jurado silencioso. Condenada, eso es lo que estoy. Valeria Montes, veintiocho años, desempleada desde hace cuatro meses, diecisiete días y unas seis horas —sí, las cuento, porque cuando no tienes nada que hacer, el tiempo se convierte en tu peor enemigo—. Mi cuenta bancaria tiene exactamente setenta y tres pesos con doce centavos, y mi dignidad… bueno, esa se perdió en algún momento entre la última entrevista fallida y el día que tuve que vender mi guitarra para pagar el alquiler.

El silencio del lugar es ensordecedor, roto solo por el goteo del fregadero que no he arreglado porque, adivinen qué, no tengo dinero para un plomero. Me miro en el reflejo opaco de la pantalla de mi celular apagado —se cortó el servicio ayer— y me pregunto cómo llegué aquí. Hace un año tenía un trabajo decente como asistente administrativa, un jefe que no me gritaba demasiado y un sueño modesto de ahorrar para irme de viaje algún día. Pero luego vino la reestructuración, el “lo sentimos, no eres indispensable”, y ahora soy esto: una mujer que se queda mirando el techo por horas, preguntándose si el universo tiene un manual de instrucciones que olvidé leer.

La taza tiembla un poco en mi mano cuando la dejo en la mesa, justo al lado de una carta de desalojo que lleg-ó esta mañana. “Tiene treinta días para ponerse al día con el pago o abandonar la propiedad”, dice en letras frías y formales. Treinta días. Como si en un mes pudiera conjurar un milagro, un empleo, una varita mágica que haga desaparecer la deuda que me ahoga. Respiro hondo, intentando no dejar que el pánico me devore, pero es difícil cuando sientes que el suelo se desmorona bajo tus pies y no hay nada a lo que agarrarte.

Entonces suena el teléfono fijo —sí, ese dinosaurio que mantengo porque es lo único que no me han cortado todavía—. El timbre me saca de mi espiral de autocompasión, y me lanzo a contestar como si mi vida dependiera de ello. Tal vez sea un cobrador, tal vez sea mi madre para recordarme por décima vez que debería volver a casa con ella, pero cualquier voz al otro lado es mejor que este silencio que me aplasta.

—¿Valeria? —La voz es aguda, familiar, y tardo un segundo en reconocerla. Es Sofía, mi mejor amiga desde la universidad, la única persona que aún no se ha rendido conmigo.

—Sof, por favor, dime que no llamas para darme otro discurso motivacional —respondo, intentando sonar sarcástica, pero mi voz sale más temblorosa de lo que quiero.

—No, tonta, te llamo porque encontré algo que podría sacarte del hoyo. —Su entusiasmo me hace fruncir el ceño. Sofía siempre tiene ideas locas, como la vez que me convenció de vender cupcakes en la calle (spoiler: perdimos dinero porque yo quemé la mitad y ella regaló la otra mitad a unos niños que pasaban).

—¿Qué es esta vez? ¿Vender mi cabello? Porque ya lo consideré y no creo que alguien pague por este desastre —bromeo, pasándome una mano por mi melena castaña, que lleva días sin ver un cepillo decente.

—Escucha antes de burlarte. Es un trabajo. Bien pagado. Muy bien pagado. —Hace una pausa dramática, y yo ruedo los ojos, aunque ella no puede verme—. Niñera para el hijo de Damián Valtor.

Me quedo en blanco. ¿Damián Valtor? El nombre resuena como un trueno en mi cabeza. Todos saben quién es: el CEO de Vortex Enterprises, la empresa más grande y poderosa que haya existido jamás, un monstruo corporativo que controla desde tecnología hasta mercados enteros. Un hombre que aparece en las portadas de revistas con esa mirada de acero y esa arrogancia que hace que te sientas insignificante solo con verlo en una foto. ¿Y necesita una niñera?

—Sofía, estás loca. Yo no sé nada de niños. Apenas puedo cuidar de mí misma —protesto, aunque mi corazón late más rápido. ¿Cuánto paga alguien como Damián Valtor por algo tan simple como cuidar a su hijo?

—No necesitas experiencia, solo presentarte a la entrevista. Me enteré por una conocida que trabaja en recursos humanos de Vortex. Están buscando a alguien urgente, y mandaron una convocatoria abierta. Diez candidatas, una plaza. El sueldo es… Val, es más de lo que ganabas en un año en tu antiguo trabajo. —Su voz sube de tono, como si estuviera vendiéndome un boleto de lotería ganador.

—¿Y qué? ¿Crees que alguien como él va a contratar a una desempleada torpe como yo? —Me río, pero hay un nudo en mi estómago. No es solo incredulidad, es miedo. Miedo de intentarlo y fallar otra vez.

—Valeria, no tienes nada que perder. Literalmente, nada. Si no lo intentas, en un mes estarás durmiendo en mi sofá y comiendo mis sobras de pizza. ¿Es eso lo que quieres?

Tiene razón, y lo odio. Odio que mi vida sea tan patética que una oferta absurda como esta sea mi única esperanza. Me dejo caer en el sofá otra vez, mirando el techo agrietado mientras mi mente da vueltas. Niñera de Damián Valtor. Suena a locura, pero también a una puerta abierta en un pasillo lleno de paredes. Una puerta que podría sacarme de este abismo.

—Está bien —susurro finalmente, casi como si no quisiera admitirlo—. ¿Qué tengo que hacer?

Sofía chilla de emoción al otro lado de la línea y me da los detalles: un formulario en línea, unas preguntas básicas, y luego esperar a que me llamen para la entrevista. Cuelgo después de prometerle que lo haré, aunque mis manos tiemblan cuando agarro mi laptop vieja y la enciendo con la esperanza de que el wifi del vecino siga funcionando sin contraseña.

Mientras lleno el formulario, mi imaginación se desboca. Me veo frente a Damián Valtor, con su traje impecable y esa aura de poder que he visto en las noticias, preguntándome por qué demonios alguien como yo cree que puede cuidar de su hijo. Probablemente me echará a los cinco segundos de verme tropezar con mis propios pies, porque sí, soy esa clase de persona. Pero también pienso en el dinero, en pagar mis deudas, en no tener que mirar esas malditas facturas con terror cada mañana.

Envío el formulario con un clic que suena como un disparo en mi cabeza. Y entonces me quedo ahí, en silencio, mirando la pantalla. No sé si acabo de dar un paso hacia mi salvación o hacia un desastre aún mayor, pero por primera vez en meses, siento algo además de desesperación. Siento una chispa diminuta, peligrosa, que me susurra que tal vez, solo tal vez, mi vida está a punto de cambiar.

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