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Portada de la novela Una madre por contrato para mi hija

Una madre por contrato para mi hija

Diego Lambert, un influyente empresario, necesita hallar una madre para su hija Isadora tras el abandono de su mujer. Mientras otras buscan su dinero, la enfermera Emma Hernández propone un trato distinto: solo aceptará el contrato si logra conectar con la pequeña. Al convivir, Emma empieza a curar las heridas emocionales de la familia, transformando un frío acuerdo legal en un amor profundo que ninguno de los dos esperaba encontrar.
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Capítulo 3

Emma se dio cuenta de que a la niña le costaba entrar en confianza y de que aún le daba vergüenza estar con ella, lo que era lógico porque recién se conocían. Así que se sentó a su lado en la alfombra.

—¿Puedo jugar contigo?

—Sí.

—¿Te gusta el juguete de Peppa? —Intentó encontrar un tema que le interesara.

—Sí, mi papi me lo dio.

—Qué bien, es muy hermoso.

—¿Tú tienes un papá?

—Sí, lo tengo. ¿Puedes enseñarme a qué juegas?

—Claro. —La niña tomó unas muñecas y se las dio. A su manera, le explicó el juego y comenzaron. Emma hacía de la mamá e Isadora de la hija. Jugaron un largo rato y finalmente ella se relajó y entró en confianza, incluso la abrazaba. La mujer estaba muy a gusto con ella y disfrutaba de su compañía. Parecía una locura, pero ya sentía que tenían un vínculo. Además, le provocaban mucha dulzura su ingenuidad e inocencia de niña.

Al mediodía, Diego llegó a la casa para almorzar y encontró a su hija jugando con Emma en la sala. Había algunos juguetes en la alfombra y, en cuanto lo vio, la niña corrió hacia él y le abrazó las piernas.

—¡Papi!

—Hola, hija, ve a lavarte las manos para el almuerzo —dijo pasándole la mano por la cabeza.

—Está bien —contestó obediente y volvió hacia la alfombra, donde Emma estaba guardando las cosas en una caja. El hombre subió a su cuarto a darse una ducha y a ponerse ropa más cómoda y después bajó.

Emma llevó a Isadora a lavarse las manos y luego fueron a la mesa. La puso en su regazo y comenzaron a jugar y a hacerse cosquillas. La niña se reía sin parar y las carcajadas resonaban por toda la casa, por lo que Diego se acercó a ver qué pasaba. Emma puso a Isadora en su silla, pero la nena quería volver con ella. El padre se sentó y respiró profundamente.

—Isadora, es hora de comer.

—Traeré tu almuerzo —dijo Emma.

—Está bien —accedió la niña.

Todos se sirvieron la comida y la joven ayudaba a Isadora. Sabía comer sola, pero aún necesitaba ayuda para cortar. Diego se quedó en silencio y cada tanto las veía interactuar. Vilma almorzaba en la mesa con ellos porque ya era parte de la familia, y sonreía al verlas llevarse tan bien.

Más tarde, el hombre fue a su oficina y le pidió a la empleada que llamara a Emma. La chica dejó a Isadora jugando y fue a verlo. El ambiente de ese cuarto le parecía tenso. El joven le señaló la silla que estaba frente a él para que tomara asiento.

—¿Cómo te fue?

—Mejor de lo que esperaba, su hija es encantadora.

—¿Entonces aceptarás?

—Lo haré —decidió Emma.

—Bien, aquí tienes el contrato. —Ella firmó el documento y, en cuanto se lo dio, el hombre lo guardó en un cajón cerrado con llave y volvió su atención hacia ella—. Si quieres usar este fin de semana para organizarte, puedes hacerlo, pero debes estar aquí el lunes.

—Está bien, creo que será lo mejor.

—Ya sabes las reglas: si algo se filtra, lo pagarás. En esta lista está todo lo que necesitas saber.

Las reglas de la casa estipulaban que debía estar en la mesa con Isadora durante cada comida y ser puntual. La niña debía seguir sus horarios establecidos: todos los días se levantaba a las siete y veinte de la mañana para ir al preescolar, a donde debía llegar a las ocho de la mañana. Los jueves tenía clases de ballet a las cuatro de la tarde y, por las noches, se dormía a las nueve, o incluso antes, porque después de cenar iba a jugar un rato y se cansaba enseguida. No podía salir sin permiso, debía preguntar antes. Podía llamar a Diego solo en caso de una urgencia porque no le gustaba que lo molestaran por tonterías. Viviría en la mansión, pero no debía creer que tenía algún tipo de poder en la casa ni sentirse dueña del lugar; debía recordar que solo iba a ser la madre de Isadora. En cuanto a la oficina y la habitación del hombre, el ingreso estaba prohibido. Por último, el almuerzo era a las doce y media, y la cena entre las siete y media y las ocho.

—Bien, gracias —dijo Emma después de leerla.

—Ah, le agradaste a mi hija, así que cuídala bien.

—Lo haré, jamás le haría daño.

La chica volvió a la sala, se sentó en la alfombra y siguió jugando. Diego, por su parte, se sentó en el sofá y empezó a juguetear con su teléfono móvil.

—Papi, ven a jugar conmigo.

—Estoy ocupado.

—Princesa, ¿qué tal si te duchas ahora?

La niña aceptó, así que Emma tomó los juguetes y los llevó a la habitación. Eligió un atuendo y fue a bañarla. Al terminar, se acostaron en la cama y Emma le hizo un dibujo, tras lo cual Isadora se acurrucó con ella y se miraron con ternura.

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