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Portada de la novela Una madre para mis hijos, una esposa para mí.

Una madre para mis hijos, una esposa para mí.

La solitaria Sylvia Smith busca un nuevo rumbo tras ser despedida. Sin opciones, acepta una propuesta radical: ser la madre de los hijos del poderoso magnate Hafif Aziz. Para proteger a los pequeños Farid y Amira, accede a un matrimonio por contrato con este hombre autoritario y amargado. Aunque el vínculo con los bebés es inmediato, la convivencia con el multimillonario árabe se convierte en una lucha constante definida por el desprecio mutuo.
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Capítulo 2

—¿Qué estás diciendo?—dijo Rachel— ¡Yo te amo Daniel!

— Pero yo no— dijo él—eres la esposa de mi mejor amigo, solo fuiste una diversión, entiende, tu lugar está con él. 

— ¡Maldito bastardo!—dijo Rachel— ¡Me las vas a pagar!

—¡Cálmate Rachel!— dijo Daniel— hablemos como persona civilizadas, nos divertimos mucho durante estos meses, pero ya todo se acabó.

—¡No para mí— dijo Rachel—¡Yo te amo Daniel!

—¡Estás confundida!—dijo Daniel.

Rachel caminó hasta el interior de la casa, Daniel creyó que había entendido, decidió volver a su casa, ya le explicaría a  Hafid, y le pediría perdón, sí era posible de rodillas.

 Cuando estaba a punto de salir de la casa, Rachel salió y le llamó:

—¡Daniel!  

Él se volvió y Rachel disparó el arma, con la cual estaba apuntando a la cabeza, disparó de nuevo y le dio en el pecho,un nuevo disparo le dio en el estómago; luego al verlo bañado en sangre, se puso la pistola en la boca y se disparó ella misma, suicidándose.

La niñera que había salido de la habitación, al escuchar los disparos, salió y al ver la grotesca escena, lanzó un grito; todo el personal doméstico también había  salido.

Al  ver la escena tan horrible, llamaron al señor de la casa de inmediato;  un duro golpe para este hombre, que no podía creer que su casa se hubiera convertido en un escenario de crimen pasional.

 La niñera le explicó lo que había sucedido a la policía, y también a Hafid, después del funeral él, le había dicho a la mujer, que se quedaría cuidando a los niños hasta encontrar a una niñera.

 Ya había pasado un año y hasta ahora seguía esperando, él tenía que viajar de continuo, no deseaba que esta mujer se quedara con sus hijos, así que se le ocurrió la idea y ofrecer un sueldo tentador a una mujer  qué no solo los cuidara sino que se casará con él.

Para que así pudiera ser la madre de sus hijos, a él no le interesaba acostarse con ella, su corazón estaba muerto para el amor,  Hafid solo estaba lleno de amargura y odio.

Sylvia Smith había sido criada en un orfanato, siempre fue tímida,aunque cuando se veía atacada tenía una lengua muy afilada, de resto, era tranquila, taciturna y muy ordenada; siempre andaba sola, aunque interiormente siempre anhelo compañía.

Creció bajo la tutela de las hermanas que dirigían el orfanato, soñando que un día sería insertada en una familia, pero nunca fue seleccionada.

Ahora de dieciocho años debía salir y hacer vida fuera del orfanato, no tenía a nadie, por lo menos que ella supiera; la hermana Aurora le había prometido ceder sus ahorros.

 El día que salió le entregó una pequeña cantidad.

—Tú los necesitas más que yo— dijo la monja— yo acá tengo techo y comida, además soy vieja, la muerte es lo que espero.

Aunque no estuviera de acuerdo Sylvia tomó el dinero, prometiendo devolverlo apenas pudiera, aquella cantidad le había servido para arrendar un cuarto, comprar algo de ropa y también obtener alimentos mientras conseguía un empleo.

Consiguió que hacer,  en un restaurante donde se preparaban solo desayunos, desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, éste era su horario, con un día libre a la semana. 

Cada semana se acercaba al orfanato para ir cancelando la deuda con la hermana Aurora; ya al poco tiempo había cancelado toda la deuda con la hermana, pero sucedió algo inesperado, se quedó sin empleo,

Los días iban pasando y no lograba obtener un empleo, así también se acumulaba la deuda de arriendo, necesitaba solucionar pronto su situación, sino quedaría en la calle.

Decidió nuevamente recurrir a la hermana Aurora, ya que no tenía a nadie a quien recurrir, llegó al orfanato para conversar con la hermana y la consiguió muy enferma, así que solo le dió para que comprara algunos alimentos. 

Ya habían pasado más de dos meses y seguía sin empleo, la casera se había vuelto hostil con ella, cada día le recordaba que debía cancelar la deuda.

Esa mañana salió nuevamente a buscar donde colocarse como empleada, a media mañana estaba hambrienta y no había logrado nada  aún.

se sentó en un banco de una plaza cualquiera y luego, un anciano también se sentó en el otro extremo del banco, con la prensa en su mano.

Ella a causa de no conocerlo, no busco la manera de entablar conversación con él, pero una vez que el anciano había hojeado todo el periódico, se levantó y lo dejó allí.

Ella se quedó mirando cómo el señor se alejaba y dejaba su periódico, luego se acercó y lo tomó y empezó a hojearlo, solo había algo de allí que le interesaba; la sección de empleos. 

Busco antes que el anciano se devolviera a buscar su periódico, empezó a leer con  avidez cada clasificado, había uno que le llamó la atención. 

El aviso decía: "Se solicita mujer joven para atender dos niños; requisitos: no tener familia, dispuesta a viajar, buen sueldo".

Había una dirección y una hora para recibir a las posibles candidatas, en una hora seria la entrevista, así que tomó el periódico, se encaminó hacia la dirección que allí estaba sin perder más tiempo.

cuando llegó al lugar de la entrevista, una larga fila de mujeres vestidas con mesura y sin un cabello fuera de lugar estaban esperando. 

Aparentemente Sylvia era la última de la fila, las esperanzas eran mínimas para 

ella, estuvo a punto de irse en varias oportunidades. 

Una chica salió con chocolate y galletas y les obsequió a las candidatas al empleo, Sylvia y aprovecho para dar un poco de sustento a su estómago. 

Dos horas después entraba en una amplia oficina con un elegante escritorio de madera, un hombre muy estirado sentado en una cómoda silla, le indicó con la mano que se sentara.

— Háblame de usted señorita Smith— dijo él hombre estirado.

Ella lo miró unos segundos y luego se enderezó en la silla y dijo:

— Soy Sylvia Smith, tengo diecinueve años, crecí en un orfanato,de donde salí hace un año, estoy sin trabajo, sin casa, no poseo ningún familiar que yo sepa— dijo la muchacha muy erguida.

— Enterado; el empleo consiste en  cuidar a dos niños de año y medio, niña y niño,— dijo el hombre estirado— el pago será de diez mil dólares al mes, estará viajando la mayor parte del tiempo. 

Sylvia abrió los ojos como platos al escuchar el sueldo y luego dijo:

— Yo no poseo pasaporte— la voz de Sylvia era de tono agradable.

El hombre asintió y dijo:

— Está bien, ¿tiene un número donde llamar?

Ella facilitó el número de la casera rogando que si la llegaban a llamar, no estuviera de mal humor y pudiera atender.

Salió con las esperanzas en el piso, lo mejor era seguir buscando en otro lugar, vio la hora, mejor iba a casa a comer y descansar, se sentía  agotada.

Al llegar la casera la miró con el rostro duro, Sylvia le dijo:

— Di el número de acá,  si llaman por favor me avisa.

La casera lanzó un gruñido que la muchacha no le entendió, no le quedó más remedio que sonreír con tristeza, ni ella misma se creía eso de que la llamarían. 

Se recostó en  su cama a soñar, que haría ella si ganaba diez mil dólares al mes, pensó en algunas opciones,  total tener un par de ilusiones no costaba nada.

Como a las cinco de la tarde tocaron a su puerta, era la casera, al abrir espero pacientemente una retahíla de regaños, pero solo dijo:

— Tienes una llamada

Sylvia no lo podía creer, salió de inmediato y tomó la bocina del teléfono y contestó:

—¡Alo! Si ella habla, ¿a las nueve de la mañana? Sí señor, allí estaré. 

Colgó la llamada y se quedó pensando por unos segundos, tenía una nueva entrevista, quizás eran varios los filtros que tenía que pasar para seleccionar a la persona indicada. 

Eran un sueldo muy tentador, no todo el mundo pagaba diez mil dólares por cuidar niños y estos eran dos, ésta vez iría con la mejor actitud. 

Había que estar dotado de paciencia para cuidar a dos pequeños que apenas habían dejado la lactancia materna.

Esa mañana siguiente busco una falda que había conocido mejores tiempos, una suave blusa de muselina que también tuvo mejores momentos, pero por lo menos se veía más decente.

Al llegar nuevamente al lugar de la entrevista, espero ver muchas esperando,  pero ahí aún no había nadie más, solo ella.

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