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Portada de la novela Una Historia Miserable de Preferencia

Una Historia Miserable de Preferencia

Armando, un pescador de vida sencilla, dedica su existencia a su hijo Juanito, una promesa del fútbol. Su mundo se quiebra cuando el niño fallece en un accidente provocado por el descuido de su madre, Sofía. Ella, que malgastó el dinero familiar en la carrera de su primo Ricardo, reacciona con una indiferencia cruel. Al descubrir que su esposa intenta comprar su silencio, un Armando enfermo decide que la verdad surgirá del océano para consumar su venganza.
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Capítulo 3

El camino de regreso a casa fue una tortura. Cada paso era pesado, cada gota de lluvia se sentía como un golpe. La imagen de Sofía riendo en la fiesta estaba grabada a fuego en su mente, superponiéndose a la angustia por Juanito.

Apenas entró en la casa, el teléfono volvió a sonar. Era el hospital de nuevo.

"Señor Cruz," dijo la misma voz sin emociones, "necesitamos que venga a la morgue para identificar el cuerpo."

Morgue. Identificar el cuerpo. Las palabras no tenían sentido, eran un idioma extranjero que su cerebro se negaba a procesar.

"No... no entiendo," balbuceó Armando. "Hubo un error. Mi hijo... él solo tuvo un accidente."

"Lo lamento mucho, señor. Su hijo no sobrevivió. Falleció hace veinte minutos."

El teléfono se le resbaló de la mano y cayó al suelo con un ruido sordo. Un grito ahogado escapó de su garganta, un sonido animal, primario. Se dobló por la mitad, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, y vomitó la poca comida que tenía.

Sus piernas no lo sostuvieron más y se derrumbó en el suelo de tierra de su humilde casa. El frío del piso se filtró a través de su ropa mojada, pero no lo sintió. Solo sentía un vacío inmenso, un agujero negro que devoraba todo dentro de él. Juanito. Su muchacho. Su campeón. El que tenía una patada más fuerte que cualquiera en el pueblo. El que le prometió que con su primer sueldo de futbolista profesional le compraría un barco nuevo.

Se quedó ahí, hecho un ovillo, por un tiempo que no pudo medir. Horas, quizás.

La puerta se abrió de repente y la luz del pasillo iluminó la habitación. Era Sofía.

Entró con paso arrogante, todavía con su vestido rojo de fiesta. El olor a perfume caro y a alcohol llenó la pequeña sala, un contraste nauseabundo con el olor a miseria y a muerte que ahora impregnaba el lugar.

"¿Todavía estás así, Armando?" dijo, su voz teñida de irritación. "Parece que viste un fantasma. Te dije que no era para tanto."

Armando levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, rojos e hinchados, se encontraron con los de ella.

"Se murió, Sofía," susurró. "Juanito está muerto."

La sonrisa de fastidio de Sofía vaciló por un segundo, solo un segundo. Luego, compuso una máscara de tristeza.

"Ay, no. No puede ser," dijo, pero su voz carecía de la desesperación que Armando sentía. Era una actuación, y una muy mala.

Él no respondió. Simplemente la miró, y en su mirada había un abismo de dolor y acusación. La vio a ella, con su vestido lujoso, sus aretes brillantes, y pensó en la motocicleta destrozada, en el cuerpo sin vida de su hijo. La conexión era tan clara, tan brutal, que le quemaba por dentro.

Sofía, incómoda bajo su escrutinio, se acercó y trató de abrazarlo.

"Mi amor, lo siento tanto..."

Armando se apartó de su contacto como si quemara.

"¡No me toques!" gritó, y el grito resonó en las paredes desnudas de la casa. Fue un grito que venía desde el fondo de su alma rota, un torrente de dolor, de rabia, de impotencia. Se puso de pie, temblando de pies a cabeza, y por primera vez en su vida, sintió un odio puro y sin adulterar por la mujer que tenía delante.

Roto, se tambaleó hacia la pequeña habitación que compartían, buscando un refugio que ya no existía. Se dejó caer en la cama y hundió la cara en la almohada, ahogando sus sollozos.

Fue entonces cuando la escuchó. Sofía había sacado su teléfono y estaba hablando en susurros en la sala. Con el corazón hecho pedazos, Armando aguzó el oído.

"Sí, primo, ya estoy en casa," decía ella. "No, no te preocupes, la fiesta estuvo increíble. Eres el mejor."

Hubo una pausa.

"¿Armando? Ah, está devastado. Ya sabes cómo son los dramáticos... Sí, lo de Juanito. Una lástima, pero bueno, esas cosas pasan."

Armando contuvo la respiración, el veneno de cada palabra infiltrándose en sus venas.

"¿La plata? No, primo, de eso ni te apures. Este teatrito de ser pobres es solo para que Armando no ande de preguntón. Tú sabes que yo tengo lo mío guardado. Mientras tú sigas triunfando, a mí no me falta nada. Tu carrera es lo primero, ¿entiendes? Lo primero."

Un trueno lejano retumbó afuera, pero no fue nada comparado con la explosión que ocurrió dentro de Armando. El dolor por la muerte de su hijo se mezcló con el ácido de la traición. No era solo negligencia. No era solo egoísmo. Era un engaño. Una farsa cruel y prolongada. Su pobreza, el sacrificio de su hijo, todo había sido una mentira para financiar la vanidad de un cantante de mariachi mediocre y la obsesión de su esposa.

El llanto se detuvo. En su lugar, un frío glacial se apoderó de él. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se quedó mirando la pared, viendo no la pintura descascarada, sino el rostro sonriente de la mujer que había destruido su vida.

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