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Portada de la novela Una Excusa Perfecta Para Amar

Una Excusa Perfecta Para Amar

Después de tres años sufriendo el desprecio de Adán, quien solo tiene ojos para su cuñada Victoria, Eva Davies decide poner fin a su gélido matrimonio. Determinada a recuperar su dignidad, la joven encuentra en Nikolaus Hoffman al aliado ideal para triunfar en los negocios y sanar sus heridas. Mientras oculta un secreto trascendental que podría cambiarlo todo, Eva deberá elegir si se arriesga a amar de nuevo y abraza esta oportunidad de ser feliz.
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Capítulo 3

Adán no llega hasta altas horas de la madrugada. Lo escucho tropezar con los muebles, arrastrando palabras entre dientes, despotricando contra todo y contra nada, como suele hacerlo incluso estando sobrio.

¿Sabrá él que Victoria está por regresar?

Sacudo la cabeza con fuerza. No… Si lo supiera, no estaría así. No llegaría ebrio a esta casa; estaría exigiéndome el divorcio. Esa certeza me provoca un extraño alivio, uno que solo dura unos segundos, pues la idea de separarme de él aún me resulta insoportable.

—¿Por qué nos lastimaste tanto, Eva? —pregunta apenas me ve, con una voz áspera pero cargada de emociones que rara vez deja salir.

En esos momentos, cuando bebe, casi parece el hombre que conocí hace años: el amigo cómplice, el amor platónico que alguna vez soñé. Y aunque mañana no lo recordará, incluso la empresa vinícola que dirige nació de una idea que yo le compartí en una de estas noches en las que hablaba sin esperar respuesta.

Recuerdo cuando recién nos casamos: mis días eran libros de administración, enólogos célebres, manuales sobre el arte de los viñedos. Soñaba con mi propia empresa, con una vida hecha a base de esfuerzo y pasión. Pero solo quedaron en eso: sueños.

Con el tiempo, Adán dejó de escucharme. La ausencia prolongada de Victoria lo endureció, lo convirtió en un hombre de hielo, incapaz de sentir nada más que resentimiento… y esa frialdad recayó toda sobre mí.

—Adán… —susurro, sin saber qué más decir.

Camina hasta nuestra habitación, jugueteando con sus manos. Nos acostamos en la misma cama, pero la distancia entre nuestros cuerpos es un muro invisible. Solo existe contacto en las noches en que intimamos, y aún entonces, no hay ternura, no hay deseo. Solo rutina.

Podría buscar a otra mujer y engañarme, pero no lo hace. Dice que no va con sus principios, y en mi mente, ese mínimo gesto lo tomo como prueba de que aún le importa este matrimonio. Que, de algún modo retorcido, su fidelidad es su manera de decirme que sí me ve.

Cuando despierto, siento mi cuerpo exhausto. Adán ya no está. Me envuelvo en la bata y entro en el baño, buscando refugio en una larga ducha caliente. El vapor empaña el espejo mientras dejo que el agua arrastre mis pensamientos.

El teléfono suena. Es el abuelo Ethan.

—Hola, abuelo. —mi voz sale apenas como un murmullo.

—Mi niña… —su tono está cargado de pesar—. Scott me contó lo que ocurrió. ¿Por qué permites que te traten así?

—Estoy bien, abuelo, de verdad. No te preocupes tanto. —fuerzo una sonrisa inútil.

—Si yo no me preocupo por ti, ¿quién lo hará? —su pregunta me atraviesa.

Charlamos durante quince minutos. Me cuenta que dejó la empresa en manos de papá y Brandon, aunque admite que, sin la ayuda constante de Adán y del nuevo socio alemán, ya estaría en ruinas.

Los días pasan, lentos pero tranquilos. Hasta que llega mi tercer aniversario de bodas. Paso toda la tarde preparando una cena especial. Les pido a Marie, Evan y Scott que se retiren temprano, quiero estar sola con él.

Cuando Adán entra, ya es casi de noche. Le muestro la mesa dispuesta, velas encendidas, mis mejores platillos. Él sonríe con amargura y se sienta. Esa pequeña sonrisa, por mínima que sea, llena mi pecho de una esperanza dolorosa.

—Adán… —murmuro.

—Dime —responde, sin apartar la mirada de su plato.

—¿Te gusta la comida?

—Está bien.

Mi corazón late con fuerza y busco el valor para decirle la idea que se me ha cruzado hace algunos días y que no puedo simplemente dejar ir.

—He estado pensando… quizás—intento decir, pero me interrumpe.

—¿Podemos cenar en silencio? —está molesto.

Guardo silencio. Mis dedos se crispan sobre el mantel. Pero reúno fuerzas e insisto:

—Quizás si tuviéramos un hijo…

Él alza la mirada. Sus ojos, encendidos en ira, se clavan en mí.

—¿Qué dijiste? ¿Estás embarazada?

—¿Eh? No, no lo estoy, solo… pensé que sí funcionó con tus padres y que podríamos intentarlo… quizás sí…—

Su risa estalla como un golpe.

Se levanta de la mesa, se acerca y toma mi rostro con brusquedad, sus dedos hundiéndose en mis mejillas.

—Escucha bien, Eva —su voz es un veneno helado—. No te amo. Nunca lo haré. Mis hijos no merecen una madre como tú.

—Pero…

—¡Si llegas a quedar embarazada, haré lo que sea para deshacerme de ese niño! ¿Entendiste?

Asiento, sintiendo cómo mi corazón se hace añicos. Suelta mi rostro justo cuando su teléfono suena en la mesa. Lo toma y sale al jardín, dejándome sola en la penumbra.

Recojo los platos en silencio. Esa noche duermo en el sofá. Por la mañana, él ya no está.

Entonces suena el teléfono. Es mi madre.

—¡Eva, no lo vas a creer! —su voz suena llena de júbilo—. ¡Victoria vuelve!

Y con esas palabras, todo lo que quedaba en pie dentro de mí termina por derrumbarse.

—Eso… eso es bueno, madre —digo, sintiendo el nudo en mi garganta ahogarme.

—¡Es maravilloso! ¿Puedes creer que estudió en el extranjero y ahora es abogada? —continúa ella—. Mi niña, la abrazaré hasta dejarla sin aire. Debió necesitarme tanto…

—Yo también te necesito, mamá —respondo, antes de romper en llanto.

Solo hay silencio por el lado de mi madre. Un frío silencio que me hiela aún más los huesos. No dice una palabra y simplemente cuelga la llamada.

Me encierro en la ducha otra vez. El agua cae, pero nada limpia esta tristeza que se aferra a mí como una segunda piel. Abajo, escucho la voz de Adán dando órdenes, su tono firme y cortante llenando la casa.________________________________________

Un mes después.

El tiempo avanza, pero yo permanezco inmóvil. Victoria regresa pronto. Todos preparan en grande aquella celebración. Y yo… no sé cómo enfrentarla. Ella, casi abogada, brillante y fuerte. Yo, apenas la sombra de quien fui, encerrada en un matrimonio muerto.

Adán prepara todo para recibirla: habitaciones listas, flores frescas, invitados confirmados. Hasta mis padres y Brandon se quedarán aquí.

Y en medio de todo, una única pregunta me consume: ¿Por qué aún no me pide el divorcio?

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