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Portada de la novela Una Esposa para el Principe

Una Esposa para el Principe

El reino de Angkor enfrenta una crisis sucesoria mientras el príncipe Farid Sabagh se resiste a cumplir con sus obligaciones. Para evitar la ruina de su gente, la valiente Alana Bozkurt surge como la candidata capaz de desafiar la rebeldía del heredero y transformar el futuro de la nación. Sin embargo, un estigma familiar oscurece sus esperanzas. Pese a ser la compañera perfecta para el trono, su apellido la convierte en una mujer prohibida para la realeza.
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Capítulo 2

Farid.

ENCUENTRO.

El alboroto estaba en su pleno apogeo cuando me puse de pie, y admiré a esa pequeña mujer que ni siquiera había contestado a mi pregunta. Sin embargo, eso ya no era importante, porque la palabra “Yomal” nos advirtió a todos, que de ningún modo sucedería.

No estaba en contra de nada de lo que mis antepasados mantenían como una cruz irrefutable.

Me destacaba por ser algo relajado, pero era esta característica la que ponía a mi padre de los pelos.

Sin embargo, en este momento me pregunté, ¿Cómo una chica como ella había invadido la seguridad de este edificio? Akram era una de las organizaciones más grandes e importantes de todo el reino, y no solo de Angkor, sino de todos los países vecinos que hacían parte de ella.

Y de algún modo me interesé por lo que tenía para decir. Su rostro podía arrojar todo tipo de situación, además de que no había visto uno como el suyo.

—Abud… —ordené al general cerca de mí—… Iré a una oficina…

—Señor… ¿Y la reunión?

Me giré totalmente serio hacía él.

—Tú la sucederás…

—Farid… —el que dijera mi nombre frente a todos, me indicaba que estaría en problemas en el futuro. Pero esta sería un de las mil veces en que, Remuel Sabagh, mi padre, y el mismo rey, estuviera enojado por mis decisiones.

No iba a ser una novedad escuchar sus tantos reclamos.

—Has lo que te dije, Abud…

El hombre respiró profundo, y luego les ordenó a todos los visitantes que se sentaran en la mesa, para disculparse cinco minutos.

Salí dejando mi primera reunión importante mientras escuchaba los murmullos a mis espaldas. Sin duda alguna ya sabía cómo serían los titulares en la prensa, y aquel periódico arrojado a mis pies.

Pasé por el lado de la mujer que no dejaba de mirarme, pero que mantenía la cabeza alta, y era escoltada por la seguridad detrás de mí.

No demoramos mucho en llegar, porque de cierta forma, el diseño del edificio, era muy práctico.

Pasé a la oficina, que mayormente destacaba mi padre, y en donde parte de la historia de Angkor estaba tallada en cada lugar. Desde libros, cuadros, medallas…

Me giré sin sentarme, y luego vi como la guardia entró con aquella pelirroja.

Ella estaba en unos tenis, una mochila colgada, y una camiseta blanca, que parecía enrollada por un nudo en el vientre.

Era toda una gracia, pero su rostro parecía desenfocar de su atuendo. Tenía una cara de niña caprichosa, y muy hermosa.

—Salgan… —la guardia me miró con duda, así que torcí la cabeza hacia un lado—. Ella no va a asesinarme… ¿O sí? —me dirigí a ella con una sonrisa, mientras sus ojos parpadeaban como si no pudiera creerse que le preguntara.

Entonces negó en silencio.

—Siéntese… —ella tomó asiento, y luego puso la mochila en sus piernas.

—¿Por qué fue necesario gritar de esa manera? —pregunté de forma neutra.

Parecía que tenía atorada las palabras en su garganta, pero sus mejillas rojas me dijeron que mi pregunta la avergonzó.

—Señor… no tengo nada en contra de usted… no lo conozco… yo, no sabía que usted precedería la reunión este día…

Sonreí con gracia, ella era una mentirosita.

—¿No ves noticias? ¡Todo el mundo sabía que estaría aquí!

—He intentado hablar con su padre… —ella siguió ignorando mi comentario—. El rey Remuel, ni siquiera quiere considerarlo…

—¿Cuál es tu causa? Mencionaste Yomal, ¿no es así?

La chica asintió.

—Sé que hay tratados que impiden una intervención. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Por qué deben pagar personas que ni siquiera tienen el conocimiento en su memoria…? Señor… mi país está en la miseria… ya no podemos soportar más bloqueos…

La miré de forma seria esta vez. No me había interesado tanto por este acuerdo del que mi padre hacía tanto hincapié a diario, incluso parecía estar obsesionado con joderse en dicho país, y de hecho sin conocer el origen del problema, o al menos recordarlos, simplemente pensaba que era una estupidez, cercar a un país por tantos siglos.

Yomal era uno de los países más cercanos a Angkor, e incluso era una burla solo destacar las limitaciones. Había grandes murallas que los dividían, murallas muy antiguas, y custodiadas de forma absurda.

¿Cómo podría afectarnos un país en ruinas? Y eso sin contar como se veía desde el cielo, porque el cambio en la imagen era deplorable.

No podía hacer nada en el momento, pero de seguro que cuando estuviera en la corona, que no era mi tema principal, mandaría a la mierd@ todas estas tonterías que solo saciaban la estupidez de mi padre.

Tomé un suspiro, y luego me senté en la silla frente a esa chica.

—Escucha… ¿Cuál es tu nombre? —ella pareció dudarlo mucho, pero al final solo dio uno, corto y preciso.

—Alana… —Alcé las cejas. Le quedaba perfecto ese nombre.

—Bien Alana… escucha… no soy yo el causante de este tratado, sin embargo, imagino que eres algo así como representante de Yomal, ¿no es así?

Ella asintió con duda.

—Sí… algo así… estoy dentro de un grupo formado para sacar a mi país adelante, pero los hombres que han venido aquí para intentar llegar a algún acuerdo, han sido golpeados, incluso asesinados.

Pasé un trago al escuchar eso, pero no lo demostré, era mi cualidad más fuerte.

—Bueno, hagamos algo… por el momento, no puedo ayudarte mucho, pero estaremos en contacto para ir solventando la situación… y en cuanto llegue a la corona, ¿Qué crees?

Ella negó sin entender una sola palabra. Entonces sonreí para que su tensión disminuyera.

—¡Zas…! El acuerdo absurdo desaparece… y todos los bloqueos de tu país, se irán al carajo…

No sé por qué la iluminación en su rostro, y la sonrisa que me mostró, dejaron mis ojos sobre ella durante mucho tiempo, de hecho, uno podía permanecer observándola, y no se cansaba…

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