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Portada de la novela Una esposa para el CEO

Una esposa para el CEO

Alexander Thompson necesita una esposa antes de cumplir treinta años para proteger su herencia frente a las ambiciones de su primo Javier. Tras salvar a Abbigail Smith de un secuestro, le propone un matrimonio de conveniencia que servirá como refugio para ella y garantía para su imperio. Mientras desentrañan el misterio tras la muerte de su abuelo y enfrentan el rencor de su prometida oficial, surge un amor real que rompe cualquier pacto comercial previo.
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Capítulo 2

Capítulo 2

Negocios y tratos sucios.

La luz del sol iluminaba el rostro rígido del anciano que parecía estar dormido plácidamente tan tranquilo y sereno como solía hacerlo cada tarde, pero Alexander no podía evitar sentir una profunda tristeza por dentro.

«"¿Por qué tuviste que irte, abuelo?"» -se preguntó a sí mismo y en silencio, mientras luchaba por contener las lágrimas-.

Recuerdos de su infancia llenaron su mente: su abuelo enseñándole a navegar, contándole historias de la familia, llevándolo de pesca, guiándolo en los negocios. Alexander siempre había admirado la sabiduría y la fortaleza de su abuelo y se identificaba con ello.

La voz del sacerdote resonó en cada rincón del jardín, pero Alexander no podía escuchar ni una sola palabra. Estaba perdido en sus pensamientos, recordando las últimas palabras de su abuelo:

-"Alex, hijo. Siempre recuerda que la familia es lo primero. Protege a los tuyos y nunca te rindas."

La ceremonia continuó, pero Alexander se sentía ausente. Su mente estaba absorta en el sufrimiento reprimido en su pecho, llena de preguntas y dudas. ¿Qué futuro le esperaba? ¿Qué decisiones tomaría? ¿A quién debía recurrir ahora cuando sienta que no es capaz de dar un paso más?

-Lo siento, abuelo -susurró con su voz temblorosa y besó la frente del anciano-. No quise fallarte.

Un bufido pesado se escuchó como un murmullo y la gente comenzó a acercarse a él, ofreciéndole sus condolencias y abrazos. Alexander los recibió con un semblante inexpresivo, intentando mantener la compostura y ese autocontrol característico de su personalidad dominante.

Pero cuando vio a Victoria, la viuda de su abuelo, adentrarse al jardín, su corazón se detuvo un momento.

¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué había venido?

 Como puede ser tan cara dura para presentarse en su funeral, luego de todo lo que hizo.

...

La vida es un tapiz de historias entrelazadas, cada una con su propio ritmo y destino. En el vasto panorama de la ciudad cada persona vivía su propia realidad llena de desafíos y oportunidades, buenas y malas, está en cada uno de ellos analizar cual es la correcta.

Jacob se encontraba en su oscura y polvorienta oficina, sintiéndose al borde de un abismo a causa de sus problemas financieros.

Meses antes, su padre había muerto dejándole una limitada herencia que constaba de una casa de campo, una empresa de seguridad cibernética al borde de la quiebra y las ruinas de una villa de estilo clásico a la que tuvo que habitar luego de perder su casa.

Tras su ambición, puso todo su empeño para sacar sus propiedades adelante sin importar las consecuencias. Se casó con Ana Williams, una joven economista que recién había salido a flote con su carrera gracias a su esfuerzo y estudios.

Ana se enamoró de Jacob desde el mismo instante en que lo conoció, pero él siempre la vio como un negocio que lo ayudaría salir de sus problemas.

Irremediablemente el estado financiero de la empresa se encontraba cada vez peor y el hombre se negaba a perderlo todo y empezar de cero como se lo había sugerido su esposa.

En medio de su desesperación encontró la salida a sus problemas, sin saber que no solo estaba condenando su vida, sino la de su familia entera.

Greco Santoro, un magnate Italiano le ofreció un poco de ayuda económica. Sin saber que eso sería peor que venderle su alma al mismísimo diablo.

Un destello de ambición brilló en los ojos de Jacob. La posibilidad de conseguir el capital necesario para levantar su empresa lo mantenía eufórico, tanto que no se detuvo a pensar en las consecuencias y aceptó el trato que le ofreció Santoro sin hacer preguntas.

Santoro encendió su tabaco evocando en su acompañante sensaciones desagradables y se recostó en el sillón relajando su cuerpo, como si disfrutara de su poder y la mediocridad de su adversario.

-Ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted, Señor Smith -Afirmó Greco en voz baja y rasposa, le extendió la mano a Jacob con movimientos lentos y calculados, dedicándole una mirada gélida.

Su expresión fría y ojos penetrantes como si pudieran ver a través de Jacob, creaba un ambiente cargado de una áspera tensión que se volvía cada vez más inquietante.

Jacob sostuvo la mano del italiano sin quitarle la mirada de sus ojos glaciares. Cuestionándose si estaba tomando una buena decisión.

Un pacto se había sellado, la palabra para Greco Santoro tenía más valor que un documento. Se levantó de su asiento y le pidió a su asistente que le hiciera entrega del efectivo.

Dos maletines repletos de dinero se abrieron sobre el escritorio frente a Jacob haciendo que por un momento se olvidara de las dudas que tenía con respecto a este acuerdo.

Sus ojos se desorbitaron tanto que por un momento creyó que se saldrían de sus cuencas. Nunca antes había visto tanto dinero junto y que todo fuera suyo ahora mismo no parecía real.

La solución a todos sus problemas estaba en sus manos y eso lo llevó a recordar las palabras que solía repetir su débil esposa.

"El único trozo de queso gratis, es el que se encuentra en la trampa del ratón".

Pensar en ello le causó enojo, pero a su vez mucha inseguridad, ya que Santoro nunca mencionó un método para saldar la deuda.

-E... Espere. Señor Santoro. Aún no ha mencionado un plazo. ¿De cuánto tiempo estamos hablando para cancelar esta gran deuda?

Greco ladeó su rostro lentamente hacia él, mismo que se iluminó a la mitad debido a la escasa luz cercana a la puerta, haciendo relucir un brillo espeluznante en sus ojos.

A Jacob le costó pasar saliva al sentir en su mirada una amenaza palpable.

-Existe una costumbre tan antigua como la humanidad misma -vociferó el hombre de casi cuatenta años, que vestía con un traje negro, abrigo largo casi hasta sus tobillos y sombrero negro estilo Hogtowner-. "Le llaman la Ley de la sorpresa".

La risa seca de Santoro resonó en cada rincón de esa antigua y polvorienta oficina propiedad de Jacob, quién no pudo decir una palabra más, ya que Santoro salió seguido de sus secuaces al soltar esas palabras.

El apoyo económico de Santoro fue satisfactorio para Jacob, su pequeña empresa recobró vida gracias a la generosa inversión de ese hombre y a las habilidades y conocimiento de su esposa Ana, que pocos meses después de ese acuerdo se enteró que estaba embarazada.

Ana se sintió feliz por su embarazo a pesar de que no contaba en absoluto con el apoyo y compañía de su esposo, sabía que muy pronto tendría a alguien, una personita que dependería de ella y que gracias a su llegada jamás volvería a sentirse sola.

Se dedicó a servir a la empresa de su esposo desde la comodidad de su hogar, desde allí, a pesar de estar sola la mayoría del tiempo podía sentirse útil.

Meses después de su reunión con Greco Santoro, Jacob se encontraba en el hospital, sosteniendo la mano de Ana mientras daba a luz a su hija, Abbigail.

 La ayuda financiera de Greco había cambiado su situación, pero Jacob no podía sacudir la sensación de que había hecho un trato con el diablo. Mientras miraba a su esposa y su hija recién nacida, se preguntó si había tomado la decisión correcta.

La llegada de Greco al hospital justo en ese momento traía consigo un mal augurio para Jacob, su estómago se revolvió de una manera negativa, como si un mal presentimiento se habria apoderado de su pecho y fue justo allí donde Jacob al fin se enteró que Ley de la Sorpresa dicta que se espera que un hombre salvado por otro ofrezca a su salvador un favor cuya naturaleza es desconocida para una o ambas partes. En la mayoría de los casos, el favor toma la forma del primogénito del hombre salvado, concebido o nacido sin el conocimiento del padre.

De esta manera el destino de Abbigail quedó ligado para siempre a un hombre cuarenta años mayor que ella, un despiadado magnate de apellido rimbombante y turbia reputación.

La rabia y desesperación se cierne sobre Jacob, quién se juró a sí mismo que no permitiría que se llevasen a su hija. Pero la visita de Santoro no fue precisamente para llevarse a la niña, tan sólo había llegado para anunciar su sentencia.

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