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Portada de la novela Una esposa de mentira. Saga familia Duque.

Una esposa de mentira. Saga familia Duque.

El prepotente millonario Juan Andrés Duque está convencido de que su riqueza no tiene límites. Para reformar su carácter, sus padres imponen un matrimonio falso con Paula Osorio, una humilde madre soltera. Ella accede al trato por la urgencia de financiar una cirugía, pero guarda un secreto devastador: le restan tres meses de vida debido a una enfermedad terminal. Entre apariencias y lujos, ambos enfrentarán un destino que ninguno de los dos pudo prever.
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Capítulo 3

Paula se levantó con un fuerte dolor de cabeza, cada día su dolencia se acrecentaba, por lo que decidió no salir a laborar, aunque el dinero le hacía mucha falta.

—¿Puedes llevar a Christopher a la escuela? —pidió a Luciana—, no me siento bien —indicó.

Luciana inspiró profundo la miró con pesar.

—Tranquila, duerme un poco, yo me haré cargo del niño —aseguró y le pasó un analgésico a su amiga con un vaso con agua—, toma la pastilla —solicitó.

Paula asintió, se tragó la medicina, y luego cerró los ojos con fuerza, intentó dormir.

—¡Mami! ¡Mami! —exclamó el pequeño Cris, tocándole las mejillas.

—Deja dormir a tu mamá —solicitó Luciana—, está un poco cansada.

El pequeño parpadeó, y luego enfocó sus enormes ojos azules en su mamá.

—¿Otra vez está enferma? —cuestionó, sus labios formaron una fina línea, haciendo un puchero.

Luciana se aproximó al chiquillo, se agachó a su misma altura.

—Solo está cansada, no llores, mejor ven te ayudo con tu uniforme —solicitó.

—Yo puedo solo, ya soy grande —dijo el pequeño, apenas tenía cinco años.

Luciana sonrió.

—Muy bien, apresúrate mientras te preparo el desayuno.

*****

—Deseo que esa mujer no vuelva a laborar jamás, es una atrevida —rugió Andrés Duque hablando por teléfono con el dueño de la agencia de escorts.

—Señor Duque, lamento las molestias ocasionadas —se aclaró la garganta el gerente—, le aseguro que esa mujer no volverá, por ese incidente pienso compensarlo, solicite la mejor chica, todo irá por nuestra cuenta.

Andrew ladeó los labios, había conseguido su propósito.

«Así aprenderás, que no debes meterte con Juan Andrés Duque” Sonrió para sus adentros.

—Gracias, siendo así, deseo ver a Luciana, en tres horas —comunicó y le dio la dirección del sitio donde pensaba encontrarse con la chica.

—Ahí estará —dijo el gerente y colgó la llamada.

—Te vas a arrepentir de haber nacido, mugrosa —enfatizó y la mirada se le oscureció.

****

Instantes después Luciana enfundada en un elegante vestido estilo sastre, llegó al club en el cual Juan Andrés, la había citado, no era la primera vez que estaba en ese lugar, informó que era invitada de uno de los socios, y enseguida se comunicaron con él.

—Sí, déjenla pasar, es mi invitada —dijo Andrew, y colgó el móvil—, estoy en las canchas de tenis.

De inmediato le informaron a Luciana, ella contoneando las caderas con elegancia, pasó sonriendo delante de varios caballeros y luego llegó a las canchas.

Inhaló profundo al contemplar a Juan Andrés, luciendo esos pantalones cortos.

«Es un bombón»

—Hola, cariño —dijo ella, y se mordió los labios al ver la mejilla de él, Juan Andrés tenía la piel muy blanca y su amiga Paula se había encargado de dejarle un muy buen obsequio—, vaya que te pegaron fuerte ayer.

La mirada de Andrés oscureció, sin embargo, fingió una sonrisa.

—Fue un penoso accidente —indicó aclarándose la voz—, ven vamos a sentarnos. —Guio a la chica hasta una mesa y solicitó dos limonadas—, no sabía que era la primera vez que tu amiga laboraba como escort, se me fue la mano, y me gustaría disculparme con ella, y pagarle por el servicio —mintió. —¿En dónde la puedo localizar? ¿Cómo se llama tu amiga?

Luciana no lo conocía, no pudo adivinar sus malas intenciones, por el contrario, pensó que ese dinero le caería bien a su amiga. 

—Mira, ella en las mañanas vende lo que puede en la avenida Santander, cerca de la plaza cincuenta y uno, no es un sitio para hombres de tu clase —advirtió Luciana—. Se llama Paula Osorio.

Juan Andrés sonrió con coquetería.

—No te preocupes, me sé cuidar.

*****

En horas de la tarde Paula arrastró sus pies hacia el patio de la residencia donde vivían, era un edificio de varias habitaciones, en medio había la lavandería, requería lavar la ropa de Cristhopher.

Con el semblante lleno de palidez empezó su tarea, pero el dolor punzante en su cerebro no la dejaba tranquila, ya los analgésicos no menguaban su dolencia.

—¿Te encuentras bien Paula? —cuestionó una mujer de edad madura, dueña de la casa. 

—Estoy un poco enferma, pero nada de cuidado —mintió Paula, suspiró profundo.

—Qué bueno, solo quería recordarles que deben la renta de la pieza desde el mes pasado —dijo la mujer.

Paula soltó un resoplido lleno de desesperanza.

—Le prometo que este mes nos ponemos al día —mintió.

—Eso espero —dijo la mujer, y volteó para irse, cuando estaba por subir las escaleras regresó—. Oye Paula, varias conocidas mías dicen que en las haciendas cafeteras en esta época requieren mucho personal, el trabajo es de recolectoras, pero pagan bien —mencionó.

Paula elevó una de sus cejas, miró con atención a la dama.

—¿Y cómo se consigue el empleo? —cuestionó.

—Me han dicho que en la plaza central están varias chivas que te llevan a las fincas, tú preguntas a cualquiera de los recolectores a qué hacienda van, y te vas con ellos —mencionó—, eso sí debes madrugar.

Paula asintió, finalizó de lavar la ropa de Christopher, y de nuevo fue a la pieza, se recostó en la cama, abrazó al pequeño quién se había quedado dormido, observó los zapatos viejos y desgastados del infante, y el corazón se le estrujó.

—Dios mío dame fuerzas, no quiero dejar a mi hijo desamparado, él solo me tiene a mí —balbuceó con la voz débil, y una punzada en el pecho que no le permitía respirar—, espero que no hayan regañado a Luciana por mi culpa, pero ese tipo es un atrevido —gruñó—, espero no volver a verlo nunca en mi vida. —Cerró sus ojos, para descansar un poco y luego ir hasta el mercado y comprar frutas para preparar las bebidas que iba a vender al día siguiente.

****

En la mañana, Paula luego de dejar a su hijo en la escuela, se fue a laborar, empujaba la carretilla en donde vendía los jugos que preparaba desde temprano: naranja, coco, y tamarindo eran los sabores que ofrecía.

—¿Cómo me le va? —cuestionó a los transeúntes—, tómese un juguito para este calor, está bien heladito, le caerá bien.  

Algunas personas la ignoraban, y otros en especial los caballeros se acercaban, le compraban las bebidas, pero con doble intención.  Le decían piropos subidos de tono, o intentaban pasarse de listos, pero ella no se dejaba, se ganaba insultos, o se iban sin pagarle.

****

Juan Andrés llegó minutos antes, miraba a su alrededor asustado, muchos vendedores ambulantes se acercaban a su BMW y temía tanto que le fueran a robar.

—Me vine a meter en el infierno —refutó, entonces miró a Paula, lucía diferente a la otra noche, estaba enfundada en unos sencillos pantalones de mezclilla, una camiseta blanca, sus tenis estaban bastante desgastados, cubría su rostro con una gorra, miraba como sorteaba el tráfico y ofrecía sus jugos—. Llegó el momento de mi venganza, piojosa —Ladeó los labios, sacó su móvil, hizo una llamada.

No pasaron ni treinta minutos cuando Paula notó a los demás vendedores ambulantes correr de un lado a otro.

—¡Los municipales! —dijo uno.

Paula intentó empujar su carreta al sitio donde se la guardaban, pero fue demasiado tarde, era como si esos guardias hubieran ido directo por ella.

—¡No por favor! —suplicó aferrándose a su carretilla que con mucho esfuerzo había conseguido—, no volveré por acá pero no se la lleven.

Hasta que ella pudiera reaccionar uno de los guardias lanzó la carreta al piso, y con eso los frascos de cristal donde ella almacenaba sus bebidas se rompieron al hacer contacto con el piso, y el líquido se regó, los vasos rondaron en la calzada.

—Infelices —gritó Paula sollozando—, son unos malditos, no se dan cuenta qué con esto alimentamos a nuestros hijos, mal nacidos —vociferó envuelta en un mar de lágrimas, sostuvo con firmeza la carreta para que no se la confiscaran, pero fue inútil, forcejeó con los municipales, sin embargo, ellos ejercieron la fuerza bruta, la empujaron y ella cayó sobre la banqueta y miró como subían a una camioneta su fuente de trabajo. —¿Qué voy a hacer? —sollozó con fuerza, sentándose en el suelo, abrazándose así misma.

Varias personas que pasaban por ahí filmaron lo ocurrido, les pareció indignante la actitud de aquellos municipales, parecía que se habían ensañado con ella.

Juan Andrés por el contrario carcajeaba divertido, parecía no tener sentimientos, ni condolerse del sufrimiento de los demás, entonces se quitó todas las prendas de valor, se colocó una gorra y bajó de su auto, caminó en dirección a Paula, quién yacía en el piso con la cabeza inclinada.

La joven miró unos relucientes zapatos, frunció el ceño, y alzó su vista, lo reconoció de inmediato.

—Esto es una lección, para que aprendas a no meterte conmigo, no tienes idea de quién soy y el poder que tengo —enfatizó Juan Andrés.

Paula apretó sus puños con todas sus fuerzas, escucharlo le revolvió el estómago, se puso de pie con las mejillas enrojecidas de ira, y lo empujó furiosa. Juan Andrés se tambaleó.

—Eres el ser más despreciable que he conocido —dijo agitada, sollozante—, no tienes alma, porque no sabes lo que es irse a la cama sin haber comido nada en el día —recriminó y su mirada llena de ira se enfocó con resentimiento en los ojos de él—, eres un maldito niño rico acostumbrado a tenerlo todo —gritó desesperada—, con esos jugos yo mantengo a mi hijo, pero tú qué vas a saber de calamidades —vociferó sin bajarle la vista—, ojalá algún día te quedes pobre y sepas lo que es ganarse el sustento con el sudor de la frente —gruñó y salió corriendo llorando a mares.

Juan Andrés sacudió su cabeza, se llevó la mano a la frente, era cierto que a veces era un desalmado, pero era incapaz de ensañarse con un niño, se sintió mal por lo que hizo, resopló y volvió a su auto pensativo.

«No sabes lo que es irse a dormir sin haber comido nada en el día»

Esa frase retumbó en su cabeza, y luego la sacudió.

—Tonterías, yo no voy a andar solucionando los problemas de los pobres de este país, y menos de la piojosa insolente de Paula, para eso está el gobierno —mencionó y arrancó su auto.

****

¿Qué opinan de lo que hizo Juan Andrés?

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