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Portada de la novela Una cura para mis delirios

Una cura para mis delirios

Alessa ha tocado fondo debido a su adicción sexual, perdiendo su trabajo y sus vínculos familiares. En medio de su desesperación, surge una propuesta de su jefe: él promete ayudarla a cambio de su entrega absoluta y exclusiva. Atrapada entre impulsos oscuros y el deseo de redención, ella debe enfrentar sus traumas para no arruinar esta última oportunidad. En un clima de obsesión, surge la duda de si este vínculo podrá transformarse en un amor real.
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Capítulo 3

—Alessa, estás despedida.

La fatídica noticia fue lo primero que recibió de su jefe por la mañana. Y ella que le había dado los buenos días.

—¡¿Por qué?!

El hombre rompió en carcajadas, aferrándose el vientre mientras ella tomaba asiento frente a su escritorio. Estaba hiperventilando.

—¿Sabías que, cuando te asustas, tus pezones se endurecen?

Cuando se asustaba, cuando se enojaba, cuando corría el viento, cuando le daba calor, cuando hablaban de ellos...

—Eres un degenerado, Anton. Voy a renunciar.

Las risas se intensificaron y resonaron por la acústica del lugar. Estaban en el subsuelo, piso menos uno, también conocido como la madriguera, el hogar de los topos de empresas IABOSCH, líderes en tecnología. Alessa era un topo y con mucho orgullo: menos gente, menos reglas y libertad creativa, aunque su jefe directo fuera un patán.

Tampoco tenía moral para juzgarlo cuando bien sabía que a ella le gustaba provocar. Provocaba incluso cuando no se daba cuenta que estaba provocando y ser atractiva no ayudaba. Intentaba vestirse de manera más conservadora, no tan llamativa, pero tampoco le resultaba. Cuando un incendio se desataba, no había forma de controlarlo.

Fue a su oficina y se miró la blusa. Debía conseguir brasieres más gruesos o usar blusas más holgadas. Intentó no pensar en ello. Encendió la computadora. Las letras azules que aparecieron en la pantalla le recordaron a sus bragas. Había tocado fondo, eso creía. Le habían llegado de vuelta las bragas que había perdido quién sabía dónde y de parte de un completo extraño. Apenas y había podido dormir pensando en el misterioso asunto. Ella culpaba al abrigo y ese aroma irresistible. Era como combustible para ella, un montón de paja seca.

Paja... Ya quería llegar a casa para acariciar la prenda, y acariciarse con él.

Alguien aplaudió en su oído y se sobresaltó. Era Jean, su compañero.

—Te estaba hablando y estás en las nubes. ¿En qué piensas? —Los ojos del hombre se desviaron inevitablemente a la blusa y tragó saliva.

Sus pezones erguidos apuntaban con ímpetu hacia el cielo. Eran unos delatores, no respetaban la privacidad de su mente.

—En cambiarme el nombre y huir a otro país. Y hacerme cirugía plástica.

—¿Robaste un banco?

—Todavía no.

—Avísame cuando vayas a hacerlo, me gustaría ser tu cómplice.

Ahora fue Alessa quien tragó saliva. No pudo evitar malpensar y sus pezones lo sabían. Encendió el aire acondicionado.

—¿Supiste el chisme? Harán una nueva división. Al parecer, al hijo pródigo del gran jefe empezó a interesarle el negocio y quiere competir con su hermano. Reorganizarán a los empleados, es la gran cisma de IABOSCH, al menos de la división de investigación y desarrollo.

—Yo me quedo con Francesco —dijo Alessa.

—No decidiremos nosotros. Tal vez hagan un sorteo o lo hagan por especialidad. Los dos somos diseñadores. Nos separarán, Ale. —Le cogió la mano.

Alessa quiso llevar la de él hacia sus pezones endurecidos. Intentó ignorar el cosquilleo en el estómago. Tenía reglas y la primera era no involucrarse con nadie del trabajo. Y quería cuidarlo porque ya había tenido que cambiar cinco veces de trabajo en el año por romper las reglas.

—Seremos enemigos —agregó él.

Las risas de Alessa diluyeron la tensión sexual.

—Déjense de arrumacos ustedes dos y empiecen a trabajar —los regañó el jefe.

Ambos se apartaron y se dedicaron a sus tareas.

〜✿〜

El comedor de la empresa estaba en el cuarto piso. Alessa iba hasta allí dependiendo de lo que había de postre. Solía traer comida desde su casa. En la madriguera tenían refrigerador, microondas y así se las arreglaban.

El postre de hoy era mousse de chocolate. Augusto le había prohibido comer chocolate, por considerarlo un potencial estimulante.

Augusto se podía ir al diablo, Alessa entró y fue por su mousse. La fila era larga, el postre tenía sus admiradores. Debía ser bastante bueno, la espera la llenaba de expectativas, la ansiedad asomaba su lengua de serpiente.

Cuando por fin lo tuvo entre las manos, sólo con el aroma le vinieron escalofríos.

Y sus pezones lo sabían.

No aguantó a llegar a su oficina y empezó a comerlo mientras esperaba el ascensor. Subió, estaba vacío y pudo seguir disfrutando del íntimo momento entre su postre y ella. Lamía la cuchara como si quisiera seducirla. Y la cuchara le respondía entregándole chocolate.

La textura etérea y liviana del mousse la hizo pensar en que se comía una nube. Una esponjosa, blanca y sensual nube. El placer sutil era como el de un beso, suave, dulce y cautivador. Deseaba unos labios sobre los suyos, labios hechos de nubes en un cielo azul, tan azul como sus bragas, como los ojos del hombre que se las había devuelto. ¿Cuánto tiempo las habría tenido en el bolsillo? ¿En qué estaría pensado? ¿Habría sentido algo parecido a lo que ahora sentía ella? Cerró los ojos unos instantes para gozar de todas esas sensaciones.

El ascensor se detuvo. Alguien subió.

Y aquel perfume invadió sus calientes pensamientos.

Alessa abrió los ojos y se encontró con el hombre de los ojos azules. Y estaba vistiendo el mismo abrigo negro y largo que le había dado la noche anterior, el mismo con el que ella había estado retozando y que en este momento debía estar en su cama, esperándola.

El cerebro, sobrecalentado, se le apagó. Sin conexiones lógicas, sin explicaciones, sin cerebro, no pudo moverse. Apenas respiraba. Pasmada, como un conejo deslumbrado en la carretera, así estaba ella, mientras el aire dentro del ascensor hervía.

El hombre acortó la distancia y le pasó el índice derecho por sobre los labios enchocolatados. Luego lo llevó a su propia boca y lo chupó.

El ascensor volvió a detenerse y, cuando Alessa recuperó sus funciones vitales, el hombre ya se había ido, pero su perfume la seguía embriagando y los labios y todo el cuerpo le cosquilleaban, suplicando por alivio.

—¡Augusto, te necesito! —decía Alessa al teléfono, encerrada en el baño de los topos—. Estoy peor que nunca... Creo que tengo alucinaciones y son tan reales que... ¡Ayúdame, por favor!

Alucinaciones. A esa conclusión había llegado ella con el cerebro sobrecalentado, taquicardia, la presión por las nubes y las bragas empapadas.

—Cálmate, Alessa. ¿Son fantasías o alucinaciones? Las últimas no son síntomas de lo que tienes y ya has experimentado fantasías muy vívidas ¿Qué es lo que ves? ¿Cuándo lo ves?

—Veo al hombre más sexy del mundo... La primera vez estaba un poco ebria, lo admito. La segunda, estaba teniendo una fantasía. Lo deseaba, justo estaba pensando en él y apareció delante de mí. ¡Me voy a volver loca!

—¿Todavía te quedan esos antipsicóticos que te receté?

—Sí.

—Tómalos al llegar a casa y descansa, puede ser estrés. Si mañana sigues igual, te extenderé una licencia por algunos días. Y verás a otro especialista. ¿Entendido?

—¿Sabes lo mucho que me gusta cuando me das órdenes?

—Descansa, Alessa.

Ella guardó el teléfono y se tocó los labios, hinchados y deseosos de volver a sentir esos dedos imaginarios. Qué mente poderosa que tenía, qué imaginacion prodigiosa la suya, si hasta seguía oliendo su perfume.

Metió la mano en sus bragas, estaba demasiado alterada y necesitaba relajarse. Un buen masaje la ayudaría.

〜✿〜

La casa de Alessa estaba en los suburbios. Era la del jardín más feo y descuidado, con el pasto seco e invadido por malezas, también secas. Tal vez podría ser mejor si ella no perdiera tanto tiempo en satisfacer sus altas demandas sexuales.

No tenía alarma, ni perro, ni cámaras de seguridad. A veces dejaba la ventana abierta. Cualquiera podría meterse por una y robarle algo, pero era un barrio tranquilo.

Nada más llegar del trabajo buscó por todas partes y no logró encontrar el abrigo del hombre de los ojos azules. Había desaparecido o, más probablemente, nunca había existido. Otra evidencia más de que todo estaba en su cabeza trastornada.

Trastornada, pero talentosa. Qué bello hombre había creado, qué alucinación tan deliciosa, pensaba, mirando el frasco de los antipsicóticos. De sólo recordarla la sangre se le calentaba. Sus pezones lo sabían y sus bragas también. Y si apenas el toque de uno de sus dedos la tenía ahogándose en deseos, ¿cómo sería lo demás? Tal vez era muy pronto para deshacerse de ella.

En vez de los antipsicóticos tomó unas píldoras para dormir. Tardaban en hacerle efecto, la adormecían en etapas. Tres etapas. En la primera le daba mucha sed, fue a beber agua a la cocina. En la segunda, su cuerpo se sentía como de lana y le daba risa. En la tercera caía en coma.

Se estaba riendo de regreso a su habitación cuando vio al hombre del abrigo sentado a los pies de su cama. Vio sus ojos de cielo y sintió su perfume moja bragas.

—¿Eres una alucinación? —le preguntó.

Necesitaba escucharlo, debía ser una alucinación completa.

—Pruébame —dijo él, con su voz profunda y ronca.

Cortocircuito neuronal. Las manos de lana de Alessa le palparon el rostro. No fue capaz de procesar su textura, pero parecía de verdad. De pronto el hombre tuvo dos cabezas, cuatro ojos seductores y dos bocas que ansiaba saborear hasta el hartazgo. Fue demasiado para ella. Él la sostuvo cuando las piernas se le doblaron.

La acomodó en la cama.

Alessa quería seguir tocándolo, estaba recién empezando, todavía le faltaba llegar a sus dos miembros, pero las manos le pesaban. Ya no pudo moverlas.

—Bésame... fóllame antes de que me duerma...

—No creo que alcance, ya estás media muerta.

Alessa se durmió, con los ojos entreabiertos. Luka se los cerró y la arropó.

Antes de irse, alineó las pantuflas junto a la cama, reparó la gotera de la cocina y corrigió la inclinación de un cuadro de la sala.

Esto de tener un pasatiempo era realmente entretenido.

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