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Portada de la novela UN REINO EN LLAMAS

UN REINO EN LLAMAS

Traicionada por sus tutores, Ana acaba sirviendo a una noble cruel y participa en un crimen terrible para ganar su favor. Su vida da un giro al enamorarse de un arrogante príncipe, pero la relación se rompe cuando sale a la luz el misterio de su linaje. La revelación de su verdadera identidad no solo destruye su vínculo amoroso, sino que desencadena un conflicto bélico masivo que sumerge a todo el reino en un incendio de caos y destrucción.
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Capítulo 3

Él tomó una manta.

- ¡¡Cúbrete con esto mujer!!, que nadie te vea en esas condiciones.

- Luego hablaré con Carlota sobre esto. ¡La próxima vez conoces cuál será tu castigo!. Dijo el príncipe en un tono amenazante.

Ella tomo la manta para cubrirse, sus lágrimas rodaban por sus mejillas a causa de las duras palabras del príncipe.

Corrió con mucha prisa hacia el guardarropas, mirando en ambas direcciones para que su asesina no apareciese.

El príncipe Leonardo había salido detrás de ella, sospechaba que algo no estaba bien. Le molestó que haya procedido a ingresar a su habitación de tal manera.

Era evidente que alguien la estaba persiguiendo.

Se quedó parado observándola, mientras miraba todo el movimiento a su alrededor.

Ana salió con un vestido en dirección a un soldado que se encontraba esperándola en la entrada. En ese momento se percató que aquella joven le había mentido, no era una sirviente de Carlota, ni tampoco del castillo. Era por ese motivo que había ingresado a su habitación de esa manera.

Uno de los sirvientes interrumpe sus pensamientos.

- ¡Príncipe!, ya está listo su baño y también su vestuario.

Él lo miró algo extrañado al hombre y le pidió que lo acompañe. Seguramente conocía a todas las personas que tenía a cargo la señorita Carlota.

Ana subió al carro junto al soldado y arrancaron a toda velocidad para la mansión. Se había demorado hora y media, cruzaba los dedos suplicando que Juana aún no haya salido de su baño.

Cuando llegó, Marlene estaba en la puerta esperándolos, se notaba en su rostro preocupación. Ana corrió con el vestido hacia su habitación para poder dejarlo al pie de la cama. Cuando ingresó, Juana estaba saliendo envuelta en sus toallas. Ana no quería que la vea en ese terrible estado, asique dejó su vestido en el perchero, se dirigió a la puerta sin hacer ruidos. Pero algo llamó mucho su atención.

Hizo una pequeña pausa para poder verla, Juana estaba parada frente al espejo mientras que con sus manos pellizcaba su rostro. Tomó asiento para poder observar su apariencia y rompió en llanto. Era la primera vez que Ana la pudo ver de ese modo, tan frágil y tan humana.

Había algo muy adentro que la afligía cada día de su vida, su mal genio tenía un nombre, y era el del rey. Estaba casada con un hombre al que no amaba, su vida parecía de ensueño; ante los ojos de los demás, parecía de un carácter fuerte e inquebrantable. Pero ese día, no le importaba en absoluto que pudieran escucharla.

Ana salió de la habitación y vio a Marlene que estaba a las corridas dando directivas. El señor Octavio había regresado a casa algo borracho, pero muy feliz. Se dirigía hacia la habitación dónde se encontraba Juana.

Ana fue a la cocina para buscar algo que comer, tomó un pan duro que reposaba en la mesa y se dirigió hacia su habitación. Estaba muy agotada y, después de consumir ese pan con desesperación, decidió darse un baño.

Mientras refregaba su cuerpo, recordaba las palabras del príncipe. Al principio sintió algo de angustia pero luego sintió mucha rabia.

Ni siquiera conocía la situación para agregar ese tipo de comentario.

El ir al castillo había sido toda un osadía, recordaba cuando aquel hombre le dio el veneno a Carlota. Varias preguntas invadieron su mente, ¿Para qué o para quién lo usaría?. Estaba algo intranquila, si esa mujer llegaba a matar a alguien, ella sería su cómplice. Pero por el momento no podía pensar otra cosa que en dormir, mañana iba a ser un día bastante pesado con Octavio en la mansión.

Juana junto a Octavio marcharon hacía el castillo en donde los recibieron con un enorme festín, todos estaban muy alegres. El salón se colmó de grandes personalidades, el rey Federico estaba en la punta de la mesa, junto a su hijo el príncipe Leonardo.

Carlota había sido invitada por el rey y estaba sentada frente a Leonardo, quién tenía los ojos clavados en ella. No sabía si aquella mujer estaba tramando algo en contra de su padre, abundaban los traidores por todos lados, tenía razones para desconfiar y sobre todo de ella. Después de la muerte de la reina, el rey Federico no volvió a casarse a pesar de tener varias favoritas, Carlota era una de ellas y la que más tiempo a estado a su lado. Logró que Juana se marchase del castillo considerando que era de una familia noble, convenció al Rey de que contrajera casamiento con Octavio, un hombre muy rico y también uno de los principales consejero del Rey.

La velada estuvo lleno de entretenimiento, Carlota pudo presentir una mirada extraña por parte del príncipe.

El padre golpeó con un utensilio su copa de plata para hacer un anuncio muy importante. Todo el salón quedó en silencio para escuchar con atención.

- ¡Dentro de una semana, festejaremos el cumpleaños de nuestro príncipe Leonardo! y lo celebraremos en grande.

- ¡Tendremos grandes invitados!.

- ¡Quiero a la mujer más hermosa de todas!, ¡que sea presentada para ese día!…

- ¡Padre!… interrumpió el príncipe. Pero no pudo acallar la orden del rey.

El príncipe no estaba interesado en aquel evento. A la mayoría le importaba solo su posición y quién era. Era algo muy recurrente que las mujeres le jurasen su amor, pero no a él, sino al lujo y al poder. Ya había tenido una mala experiencia con Alicia, era muy bella y parecía humilde.

Pero a la larga todos demuestran sus verdaderas intenciones.

Después de aquel anuncio el príncipe saludó a su padre para luego marchar hacia su habitación. Estaba muy agotado de tantos halagos y elogios.

En la entrada de la habitación se encontraba uno de los sirvientes que lo estaba esperando ansioso.

- ¡Señor, ya tengo la información que me pidió!.

- ¡Bien!, pasa.

- Carlota tiene cinco sirvientes nada más.

- No hubo ningún nuevo ingreso, por lo menos no, desde que partieron a la guerra.

- ¡Necesito que la ubiques, quiero saber quién es; para quién trabaja, cómo ingresó al castillo!.

- ¡También!... Hay un soldado que la acompañaba esa noche, averigua y ven a verme.

Se escuchaba mucho barullo detrás de la puerta, el príncipe miró a su sirviente esperando alguna respuesta.

Abrieron la puerta para averiguar qué sucedía.

- ¡Una de las favoritas del rey está muy mal!, parece que ha sido envenenada.

Al escuchar aquello el príncipe sospechó sobre Carlota y su asociación con aquella sirvienta. Era la única que se interponía en su camino, tenía mucha lógica.

Los médicos la atendieron con tal urgencia, su estado era crítico. El príncipe quedó en su habitación esperando noticias.

Ese hecho generó un revuelo en todo el castillo, cualquier involucrado sería condenado a muerte.

El jefe y mano derecha del rey, Ariel, se encargó de la investigación.

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Por la mañana Juana se despertó muy animada debido a que su esposo no insistió en dormir con ella; Octavio, tenía “encima” varias copas demás que se había tomado. Por otro lado, ella tenía un plan, y con ese plan, esperaba poder vengarse de Carlota.

Fue en pijama hasta la habitación de Ana y aunque a Juana le costaba reconocer, ella sabía que Ana era de las chicas, la más bella. (Bueno eso con un poco de ayuda)… pensaba Juana.

Ana estaba despierta desde muy temprano haciendo los quehaceres. Las chicas estaban murmurando lo que había anunciado el rey y aunque había muchas pretendientes, Juana no se perdería la oportunidad de participar.

La puerta de Ana se abrió bruscamente provocando un gran susto, dirigió su mirada en aquella dirección y vio a Juana. No pudo interpretar la expresión de su rostro, Ana se acercó a ella para preguntar en que podía ayudarla.

- He notado que has sido muy eficiente con lo que te he pedido... ¡Y quiero recompensarte!. ¡Verás!...

- Necesito que te infiltres en el castillo por mí.

- ¿Crees que eres capaz, de conquistar al príncipe Leonardo?.

Ana tragó duro antes de contestar.

Para ella no era una recompensa, sino un suicidio. Sabía que Carlota la reconocería y también el príncipe Leonardo; él, la despreciaba de tal manera que no podía ni pensar en eso.

- ¿Anabel, me has escuchado?.

- ¡Pero, señora!…

- ¿Pero?. ¿Así es como me agradece?…

- No creo que yo le guste, hay jóvenes mucho más bellas.

- ¡Estoy de acuerdo contigo!, hay más bellas. Pero con un poco de mí ayuda podrás estar a la altura.

- Está bien señora, ¡lo haré!…

- ¡Alégrate!, muchos querrán estar en tu lugar.

- Por la tarde ven a verme.

Juana se marchó dejando a Ana con un nudo en la garganta, no sabía que hacer, quizás escapar sería mejor que ser enviada a una muerte segura.

Le daba terror el simple hecho de aparecerse e intentar conquistar al príncipe, no sería capaz de soportar una terrible humillación.

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