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Portada de la novela Un oscuro contrato con el CEO

Un oscuro contrato con el CEO

La vida de una joven se desmorona tras descubrir la traición de su prometido con su propia hermana. Hundida en el alcohol, un misterioso y acaudalado hombre aparece para saldar su cuenta, forzándola a entrar en su mundo. Él le ofrece dos caminos para pagar la deuda: convertirse en su asistente personal o aceptar un vínculo íntimo mucho más arriesgado. En este entorno de opulencia y sombras, ella deberá elegir entre el deber y una tentación peligrosa.
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Capítulo 3

Jordano Mackenzie

Muevo mi vaso de un lado a otro, la resaca retumbando en mi cabeza. Cuando bebía, no era el mismo de siempre; Me convertí en un maníaco empedernido, capaz de cometer locuras como ofrecer dinero a mujeres desconocidas por sexo. Pero la semana anterior no funcionó.

-Jordano, está bien, el truco de pagar la cuenta no siempre debería funcionar-, me dice Erick, conteniendo una sonrisa burlona.

-Los dos sabemos que no estuvo bien, y que es hermosa. ¿Por qué me rechazó? Su recuento era de cuatrocientos, no de treinta ni cuarenta. ¡Cuatrocientos! Increíble. -

-No siempre se logra ese éxito. Por cierto, ¿de dónde ha salido esa mujercita? ¡Era preciosa! Si hubiera sabido que no te iba a aceptar, me habría lanzado sin rodeos,- Erick bebe de su vaso, sonriendo sarcásticamente.

-Por supuesto que no. Estás comprometido, no puedes hacer esas cosas. Yo, en cambio, estoy soltero. Nunca me casaré; No voy a renunciar al placer que representa una mujer solo por un compromiso. Eso es una locura- bebo el resto de mi copa de un solo sorbo.

-¿Me estás llamando loco?-

-No, o tómalo como quieras-, respondo, manteniendo mi altancer, mientras la imagen de esa morena de ojos marrones y cuerpo hermoso no desaparecía de mi mente. -Quizá me negué a aceptar su rechazo, pero ¿qué importaba? Había muchas mujeres interesadas en el dinero y en este cuerpo, todas con el mismo objetivo.-

Giro mi gran sillón y contemplo las vistas desde la ventana. Erick se acerca con la botella y me sirve otra copa. Me doy cuenta de que prácticamente soy el dueño de la ciudad: tengo una docena de empresas, dinero de sobra, tamaño y presencia. Cualquier mujer caería a mis pies; El amor sincero no me interesaba.

-¡Salud!- Golpeó su vaso contra el mío.

-¡Salud, amigo! Para el próximo fin de semana.-

Volvimos a beber. Erick salió de mi despacho, y una hora después volví a centrarme en mi ordenador, repasando diferentes diseños de máquinas para el negocio del mes siguiente. Todo era perfecto, pero ella, ¡maldita sea! Ariadna Thompson seguía ocupando mi mente. Nunca antes me había rechazado una mujer. Había pasado más de una semana y su recuerdo persistía, aunque apenas había intercambiado un par de palabras con ella. Pero eso se curaría con otro.

Y como si invocara la cura, sonó la puerta de mi despacho. Reconoció esos toques, así que simplemente le di la orden de que entrara. En ese momento, aparecen en mi despacho piernas largas y contorneadas, seguidas de un cuerpo escultórico, pelo rubio ondulado hasta la cintura, pechos prominentes y labios rojos que despiertan pasión.

-¡Alexandra! Cariño, ¿qué te trae por aquí?- Me levanté de la silla, mordiéndome los labios. La pregunta siempre era superflua; La accionista millonaria no solo llegó con un plan de negocio, sino que también estaba allí con un propósito.

-Mi querido Jordano-, me rodea, activando todos mis sentidos. Su cuerpo desprendía un aroma delicioso. Se acerca y me da un beso en la mejilla que roza la comisura de mi boca. ¡Maldito incitador! -He comprado las condiciones para nuestro próximo contrato.-

-Siéntate, querida, por favor-, señalo la silla frente al escritorio. Dejó su bolsa a un lado y cruzó las piernas, esas magníficas piernas que me hicieron perder el control.

Alexandra suspira y se aparta el pelo, dejándome al alcance de su precioso escote y sus pechos elevados.

-Te he echado de menos, Jordano, y antes de firmar, quiero una copa y hablemos de algo... -Rico-, declaró, y su voz seductora me puso la piel de gallina. Le serví un vaso y se lo entregué. Empieza a beber, pasando la lengua por el borde, y siento que me arde la entrepierna. Mi bulto se levanta en su presencia, y ella ya sabe que todo está listo.

Me extiende la mano y, como un tonto, la tomo. Me acerco a ella, y Alexandra abre la boca y ronronea.

-Hum, está delicioso-, susurra, y su mirada es provocativa. Justo cuando está a punto de acercarse, un golpe en la puerta de mi despacho interrumpe el momento y mi erección desaparece.

-¿Quién es?- Grité, irritado.

-Señor, soy Chloe. Hay una mujer aquí que te está buscando insistentemente, pero... no tiene cita.-

Me meto el bulto en los pantalones y sonrío a mi preciosa pareja.

-Perdóname, cariño, pero hay gente que no tiene el más mínimo reparo en pedir cita para verme,- me acerco a Alexandra, tomo su barbilla y le doy un beso en los labios, luego le paso la lengua por encima. -Volveré.-

Alexandra resopla y me pellizca la entrepierna. Me calmo y salgo de mi despacho para encontrarme con la mujer impertinente que acaba de arruinarme la tarde.

Me voy y voy a la sala de espera. Mi corazón se detiene al instante. ¿Qué hace esa mujer aquí? ¿Y en esas caras? Me acerco a ella y la miro de arriba abajo.

-¿Ariadna Thompson?-

Las mejillas de la mujer se encendieron y tragó saliva con dificultad, pareciendo ver un fantasma. Yo, en cambio, me alegré de verla, pero me confundí de inmediato, y no porque me pareciera fea; Ese día estaba borracho en el bar y no la aprecié tal y como realmente era. Ahora, sobria delante de mí, había una mujer realmente hermosa.

-Es... Señor Mackenzie-, respiró hondo. -He venido a hablar contigo, pero tu secretaria me ha dicho que estás ocupado. Si quieres, puedo volver otro día.-

Se levanta de su asiento amenazando con irse y, en un intento desesperado, me acerco y la detengo.

-No, espera veinte minutos y te mantendré en pie.-

-Muchas gracias-, murmura suavemente.

Asiento con la cabeza y me dirijo directamente a mi despacho. Ahí está Alexandra, desnuda, tumbada en mi sofá de cuero, con un diminuto satín cubriéndole el cuerpo. Sigo estática.

-Alexandra, vaya, ¿qué haces?-

-Te estamos esperando, tenemos pendiente, cariño.-

Negué con la cabeza y empecé a recoger toda su ropa con disimulo. Me acerco y se lo entrego.

-Vístete, por favor. Debes marcharte inmediatamente.-

-¿Qué?- Alexandra se levanta, completamente confundida. Era la primera vez que la rechazaba de esa manera, pero tenía algo pendiente.

-Por favor.- Me giro hacia mi escritorio y respiro hondo para no dejarme consumir por la tentación.

Alexandra empieza a vestirse repitiendo varias groserías contra mí. Ignoro sus palabras y ajusto mi tiempo. Al final, sé que puedo tenerlo cuando me apetezca; Un día molesto no será un problema.

-Explícame, Jordano, ¿qué está pasando?- Me lo dice, mientras se ajusta el último botón de la camisa y me enfrenta.

-Tengo un pendiente, lo siento. ¿Puedes salir, por favor? No me llames, te llamaré yo-, alzó una ceja.

Alexandra aprieta los puños y hace una mueca, coge su maletín y sale de mi despacho como un alma llevada por el diablo. Miro a mi alrededor, asegurándome de que todo está en orden, y cojo el teléfono.

-Chloe, dile a la señorita Ariadna que puede pasar.-

-Muy bien, doctor.-

Por alguna razón tonta, empiezo a ponerme nervioso, pero carraspeo y la puerta se abre.

-Vamos, Ariadna, por favor.-

La mujer, visiblemente avergonzada, entra con pasos arrastrados y ojos bajados.

-Buenas tardes, señor Mackenzie. Gracias por atenderme.-

-Siéntate, por favor.- Ariadna es una joven hermosa y joven, de tez blanca, aspecto triste, cuerpo impresionante y una energía excepcional. Se sienta frente a mí y carraspea.

-No te quito mucho tiempo, solo he venido a pagar la deuda pendiente en el bar. Saca un sobre de su bolso y lo extiende sobre mi escritorio. Lo recibo y me doy cuenta de que contiene varios billetes de pequeña denominación. No los cuento, solo le devuelvo el sobre.-

-No hace falta, Ariadna. Sin embargo, quiero ofrecerte una disculpa por aquella noche; Simplemente estaba borracho. -Estoy mintiendo, porque soy así todo el tiempo, siempre quiero estar con la mujer que me gusta.- Pero no quiero quedar mal delante de ella.

-Acepta el pago, por favor... Es solo que no me gusta tener deudas. - Baja la mirada, y tengo la sensación de que no vino precisamente a pagarme el dinero; parece que busca otra cosa, y tengo que averiguarlo.

-No me deberás nada por esos cuatrocientos; Llévatelos, está bien. ¿Te pasa algo?-

Ariadna levanta la cabeza y, cuando me mira, sus mejillas se tiñen de un rojo intenso. Permanece estática.

-Señor,- respira hondo, -señor Mackenzie, he venido porque quiero...- Ella carraspea.

-¿Sí?- Cruzo las piernas y pongo la mano sobre el escritorio, moviendo los dedos para calmar mi ansiedad.

-Quiero que reformules tu propuesta para mí-, suelta sin más preámbulos.

La palabra -propuesta- resonó en mi mente como un sonido hermoso que me emocionó, y mi expresión cambió. La miré con deseo; En ese momento, quise aprovechar sus evidentes necesidades.

-¿Estás seguro?- Preguntó con decisión. Si ella no andara con rodeos, yo tampoco.

Asiente y levanta el dedo.

-Aunque hay una condición, señor.-

Puse los ojos en blanco. Ninguna mujer puso condiciones, y menos aún yo, Jordano Mackenzie.

-¿Qué condición?- Pregunto, insinuando mi enfado.

Se levanta de su asiento, sujetándose las manos nerviosamente.

-Disculpa, lo siento, no debería haber venido.-

Antes de que pueda huir, me levanto rápidamente y agarro su brazo. Me quedo tan cerca que siento que inhalo su propio aire, y trago entero. Me pone nervioso; Me hace sentir algo.

-No te vayas. Dime cuál es la situación.-

Los labios de Ariadna temblaron, y sus párpados parecían moverse por sí mismos. Sin embargo, respiro como si el aire le diera fuerzas para hablar y ella resopla

-La condición es que no seas tan grosera conmigo, por favor, y que me pagues mil. Y debe de estar por escrito.-

La suelto inmediatamente y doy dos pasos atrás. ¿Grosería? ¿Contrato? Dos palabras que no conocía, porque me fascina el sexo duro y los encuentros de una noche.

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