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Un matrimonio de conveniencia

Bajo la presión de su padre, Carolina Navarro se ve obligada a contraer nupcias con el magnate Máximo Castillo para salvar a su familia de la ruina económica. Él, aunque posee una inmensa fortuna, vive atormentado por las secuelas físicas y psicológicas de un accidente de aviación. Pese a su amargura, Máximo necesita una esposa que le asegure un heredero. Este frío pacto de conveniencia desafiará el destino para ver si el amor surge entre el dolor.
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Capítulo 3

Antes de que Carolina pudiera reaccionar, la arrastraron hasta el despacho y la empujaron de cara a la puerta. Aunque vio la mano de Máximo, llena de cicatrices, no pudo prestarle mayor atención porque estaba justo detrás de ella, respirándole en el cabello.

No lo entendía. Aun cuando estuvo llena de miedo por un momento, la desagradable sensación pronto fue sustituida por cierta excitación.

"¿Qué dijiste?", le preguntó Máximo en la oreja en un susurro ronco y enfadado. Tenía una mano apretándole la cintura con casi demasiada fuerza y una pierna entre las suyas, además de las caderas pegadas a su espalda.

"¡Me... me trataste como si fuera una prostituta!", se quejó, luchando por respirar y mantener la compostura. Su presencia estaba mareándola.

Sin embargo, no imaginaba que para él pudiera ser igual.

Máximo no había experimentado una satisfacción tan intensa con una mujer, a pesar de que ni siquiera se besaron y ella no lo tocó en ningún momento. Después de dejarla en su habitación en medio de la noche, volvió a la propia y repasó en su mente el tiempo que pasaron juntos. Deseaba desesperadamente algo más, pero no se atrevía a volver. Si se despertaba y lo veía... Si lo rechazaba, no podría soportarlo.

El chico se encontró en una situación difícil. Apretándola contra la puerta y con sus cuerpos a escasos centímetros de distancia, tuvo que recurrir a toda su voluntad para resistirse a darle la vuelta y besarla. O ir más allá. Sin embargo, el comentario anterior sobre su masculinidad solo consiguió enfurecerlo.

"Te casaste por dinero, ¿verdad? Después de todo, el matrimonio implica sexo. Y si tienes sexo por dinero, eso te convierte en prostituta, ¿o me equivoco?", respondió con furia. "Ahora, dime, ¿¡cómo te atreves a cuestionar mi hombría!?".

Se retorció, apretándole aún más la cintura mientras empujaba sus caderas hacia delante. La chica soltó un pequeño gemido y él no supo si lo había entendido mal.

"¡No soy una... prostituta!", afirmó enfadada, tanto por sus palabras como por lo mucho que estaba disfrutando de la proximidad de su cuerpo.

"¿Crees que no soy un hombre?", preguntó moviendo las caderas para que Carolina pudiera sentirlo en su espalda. "¿Quieres que te demuestre cuán hombre soy?".

Carolina no era consciente de los demonios que se habían apoderado de ella, obligándola a pronunciar las siguientes palabras.

"¡Sí! ¡Muéstrame!".

Máximo se quedó momentáneamente atónito, pero pronto una sonrisa astuta se dibujó en su rostro. La chica estaba ante él con un ligero vestido veraniego; no pudo resistirse a deslizar los dedos por su muslo, haciéndola soltar suaves jadeos de placer.

Tras bajarse la cremallera del pantalón, inclinó el cuerpo de ella hacia delante; pero notó que la diferencia de altura sería un inconveniente.

"Cierra los ojos".

"¿Eh?".

"¡Que cierres los ojos!", ordenó y Carolina asintió, obedeciéndolo de inmediato. Sintió que le daban la vuelta y el aliento de Máximo le acarició el rostro. La chica soltó el joyero que aún sostenía e intentó tocarlo; pero él la detuvo.

"¿Puedo agarrarme a tus brazos? Llevas puesta una camisa, ¿verdad?", preguntó entre suspiros.

"De acuerdo", dijo mientras la soltaba. Carolina levantó las manos para aferrarse a los brazos de Máximo. Él miró sus labios sonrosados, que eran ligeramente carnosos, y la besó.

La muchacha deseaba poder acariciarle el cabello; sin embargo, le fue prohibido, por lo que se contuvo. En cambio, abrió la boca y él profundizó el beso. Sintió que la conducía hacia algún lugar, hasta que la levantó del piso y la sentó en lo que reconoció como una mesa.

Incapaz de resistirse por más tiempo, subió las manos hasta su cabello. Máximo se detuvo por un instante, cuando los dedos se deslizaron sobre la calva en su sien. Como a ella no parecía importarle, dejó que lo tocara solo ahí.

"¿Todavía te duele?", murmuró en medio de los besos.

"No", mintió ella, saboreando la sensación de aquellos labios sobre los propios.

Los dos capataces esperaron fuera hasta que oyeron caer cosas al piso y consideraron si debían entrar. No obstante, se detuvieron de golpe al oír los fuertes gemidos de Carolina.

"Creo que...".

"Deberíamos irnos. Los jefes ya lo solucionaron", dijo el más bajo, y juntos abandonaron el lugar.

Dolores, que se había quedado cerca, sonrió al escuchar a la chica. En el fondo de su corazón, deseaba con honestidad que ambos pudieran ser felices juntos, ya que ella le parecía una buena persona. Por tanto, sin perder la feliz sonrisa en sus labios, se retiró.

Máximo y Carolina respiraban con dificultad. Él le puso la mano detrás de la cabeza y la atrajo hacia sí. Tenía la mejilla apoyada en el pecho. Incluso si no se quitó la camisa, Carolina podía sentir el calor que emanaba de su piel y los latidos de su corazón.

'¡No puedo creer que lo hiciéramos de nuevo!', pensó, mordiéndose el labio mientras mantenía los ojos cerrados.

Hacía mucho tiempo que Máximo no tenía intimidad con una mujer, por lo que no estaba seguro de si la necesidad de estar junto a ella se debía a la prolongada abstinencia o al hecho de que Carolina era diferente en realidad. En cualquier caso, le aliviaba sentirse menos tonto como hombre y, a juzgar por la reacción de ella, le parecía que disfrutó lo que hicieron juntos.

'Las prostitutas saben fingir de maravilla', sonó una voz amarga en su mente.

"Mantén los ojos cerrados. Te ayudaré a llegar a la puerta", le dijo. Carolina arrugó el entrecejo.

"Quiero verte".

"No", respondió él con brusquedad.

"Pero... ya somos íntimos. ¡Estamos casados!", protestó, aunque no abrió los ojos.

"Dije que no. Solo me permites tocarte porque no me has visto".

"¡Eso no es verdad!", replicó indignada.

"Entonces, ¿eres tan profesional que puedes pasar por alto mi aspecto?", inquirió manteniendo ese tono desagradable. Carolina comprendió a qué se refería. Incluso de hallar las palabras correctas, estuvo segura de que no podría describir el dolor que la atravesaba.

Lo apartó de un empujón manteniendo los ojos cerrados y se levantó de la mesa, casi tropezando.

"¡Eres un imbécil!", se quejó, conteniendo las lágrimas. "Te di mi virginidad, ¿¡cómo puedes decir eso!?".

"¡Nada que una simple cirugía no pueda resolver!", se burló.

Carolina gritó de rabia, dio unos pasos hacia delante y abrió los ojos para ver por dónde iba. Se fijó en el joyero que estaba en el piso y, con el impacto de la caída, se abrió para exponer un impresionante collar de diamantes. De una patada lo apartó y abandonó furiosa el despacho.

Máximo, quien fue testigo de todo, negó con la cabeza.

'¡Si cree que me engaña, se equivoca!', pensó, enojado.

Mientras tanto, César estaba en la capital, furioso a más no poder.

"¿Qué pasa, hijo mío?", preguntó Yolanda, apoyándose en el marco de la puerta y mirándolo.

"No fue Eloísa la que se casó con Máximo", se quejó él, levantándose.

Su madre, una mujer mayor, entró en la oficina.

"Déjame ver a la chica", pidió.

César, quien tenía una foto de la familia Navarro en su computadora, abrió el archivo. Yolanda señaló a la impresionante joven de cabellos oscuros y ojos color miel.

"¿Es ella? ¡Pero si es bellísima!".

"¡No tan hermosa como su hermana, Eloísa!", se quejó César, señalando a la muchacha rubia.

Yolanda examinó a las dos jóvenes.

"Para mí, Carolina es más bella. Tiene un aura mucho más suave", afirmó. "La otra parece arrogante. ¡Fíjate en su expresión!".

Todos estaban de acuerdo en que la menor de las Navarro era preciosa, aunque tenía un carácter difícil por estar demasiado mimada. Sin embargo, César era consciente de que muchos hombres deseaban salir con ella, lo que le sumaba valor. Quería lo mejor para su hijo, lo cual incluía a una mujer digna de concebir los futuros herederos Castillo.

"Mamá, pero...". Empezó a protestar; fue interrumpido por la voz tranquilizadora de Yolanda.

"Cálmate, César", interrumpió su madre. "Míralo desde otro punto de vista", añadió, poniendo una mano reconfortante en el hombro de su hijo. "El que esta chica no sea tan solicitada como otras hace más probable que tenga los pies en la tierra y sea humilde. Nuestro muchacho necesita a alguien así, ¿no crees? Y recuerda que Eloísa ya lo ha rechazado sin la menor consideración. ¡Ni siquiera se dignó verlo!".

César frunció el ceño, pensativo. Al cabo de un momento asintió.

"De acuerdo, no diré nada a los Navarro. Al menos, todavía no".

Yolanda sonrió volviendo a centrar su atención en la foto de Carolina que había estado admirando. Algo en la chica le hizo pensar que sería la pareja perfecta para Máximo.

Más tarde, ese mismo día, Carolina permaneció encerrada en la habitación, perdida en sus pensamientos y rehusándose a bajar para comer. La puerta no tardó en abrirse con un chirrido.

Sobresaltada, la chica dio un respingo, sujetándose la almohada que tenía en el regazo, donde había estado leyendo un libro.

"Pero... ¿¡Qué demonios está pasando aquí!?", exclamó, ahora irritada.

Sin embargo, no había nadie delante de su puerta.

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