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Portada de la novela Un doble para su obsesión

Un doble para su obsesión

Bajo la fachada de un romance con el magnate Damián Ferrer, descubrí una oscura verdad: él usaba tecnología para suplantar mi rostro por el de mi hermanastra. Tras ser traicionada por Coral y abandonada por Damián a una vida de miseria y cárcel, acepto una propuesta desesperada. Me casaré con el heredero Kael Mendoza para recuperar mi herencia. Es mi única oportunidad de escapar del hombre que me destruyó y de la ciudad que fue mi tumba profesional.
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Capítulo 3

"¿Y qué si lo estoy?", respondí con la voz llena de un sarcasmo que no sentía. "¿Vas a felicitarme?".

La miré a la cara, la misma que Kane había superpuesto a la mía en sus perversas fantasías. Aquella visión me revolvió el estómago.

Coral sonrió, curvando los labios lenta y deliberadamente, sin que el gesto llegara a sus ojos. "Ay, Eva. Sigues siendo tan ilusa". Si bien su voz era suave, la malicia subyacente era profunda. "¿De verdad crees que un hombre como Kane Miller se fijaría en alguien como tú? ¿Alguien con tu pasado?".

Mis dedos se cerraron en puños, y las uñas se me clavaron en las palmas. El dolor era un ancla sorda en medio de un mar de rabia.

Intenté mantener la voz firme al replicar: "Si lo quieres, puedes quedártelo. Solo tienes que decirle la verdad".

Me dolió el corazón al decirlo. Era una prueba, una última y desesperada súplica para que mi hermanastra mostrara algo de decencia.

Ella se limitó a negar con la cabeza, con una mirada llena de lástima más humillante que cualquier insulto.

"Realmente no lo entiendes, ¿verdad? Tú, quien fue expulsada de su propia casa, no tienes nada. Yo lo tengo todo: una familia que me ama, un prometido que me adora y a Kane comiendo de mi mano", ronroneó, utilizando palabras que causaran el mayor daño posible. "¿Sabes lo patética que te ves, aferrándote a él como un perrito perdido?".

Cada palabra era un golpe preciso y calculado. Mi rostro palideció. Los recuerdos que despertó eran dolorosos, heridas que nunca habían cicatrizado del todo.

Recordé las promesas vacías de mi progenitor: "Eva, siempre seré tu padre". Recordé cómo me dijo a la cara que yo era la causa de los problemas de la familia después de que Coral armara un escándalo, llorando porque yo la había maltratado. Recordé los susurros de los sirvientes, cuya lealtad se había desplazado hacia la nueva señora de la casa. Recordé salir por la puerta con una simple maleta, dejando atrás el fantasma de mi madre y la vida que una vez tuve. Creí haber enterrado ese dolor; sin embargo, estaba ahí. Fresco y sangrando.

"Te di lo que querías", dije con voz ronca. "Me fui".

"No es suficiente", siseó ella, quitándose por fin la máscara de dulzura. "Nunca será suficiente hasta que te haya quitado todo lo que podría haber sido tuyo".

No pude soportarlo más, así que di media vuelta para irme.

"¡No me des la espalda!", gritó, con voz cortante y chillona.

Entré en el ascensor. Antes de que se cerraran las puertas, ella se lanzó hacia adelante, me agarró del brazo y me tiró al piso de mármol. Después, hizo algo que nunca hubiera imaginado: se dio una fuerte cachetada. Al instante, una marca roja apareció en su mejilla.

Me miró con una sonrisa tanto triunfante como maliciosa. Se oyeron pasos en el pasillo, rápidos y pesados. Era Kane. Se me heló la sangre. Se estaba repitiendo. Diez años atrás, había utilizado ese mismo truco para que me echaran de mi propia casa. Mi padre, al ver su rostro bañado en lágrimas, le había creído sin dudar.

En esta ocasión, no iba a dar explicaciones. No suplicaría.

Vi una botella de vino abandonada en una bandeja de servicio. Mi mente se quedó en blanco. Invadida por una rabia fría y desesperada, la agarré.

"¿Qué estás haciendo?", chilló Coral, con los ojos muy abiertos, llena de auténtico miedo por primera vez.

Estrellé la botella contra el piso junto a ella, haciéndola añicos.

"¡Eva!". La voz de Kane era un rugido de furia. Corrió hacia adelante, no hacia mí, sino hacia mi hermanastra. La empujó detrás de él, protegiéndola con su cuerpo como si yo fuera el monstruo.

"¿Estás herida?", le preguntó, con voz tensa por la preocupación.

Observé cómo se desarrollaba la familiar escena, con el corazón convertido en un trozo de hielo en mi pecho. Era un reflejo perfecto y doloroso del pasado.

"Pídele perdón", ordenó él, con voz peligrosamente baja.

Lo miré directamente a los ojos. "No", espeté.

Su expresión se volvió gélida. "¡Seguridad!".

Dos hombres enormes vestidos de negro aparecieron al instante y se dirigieron hacia mí. Uno de ellos me dio una patada en la pantorrilla. Grité al caer, y mis rodillas impactaron directamente contra los cristales rotos. Un dolor agudo me recorrió las piernas. Me mordí el labio para no gritar y el sabor metálico de la sangre me inundó la boca. La tela oscura de mis pantalones ya estaba adquiriendo un tono rojo más intenso.

La voz de Kane carecía de emoción. "Ella te pegó. Devuélveselo".

Coral dudó, con los ojos muy abiertos. "Kane, tal vez no fue su intención...", comenzó a decir, haciéndose la víctima compasiva.

Este la ignoró. La agarró de la mano y, antes de que pudiera reaccionar, la obligó a cachetearme. El golpe fue torpe, pero me dolió. Mi hermanastra jadeó y retrocedió, escondiéndose en sus brazos como una niña asustada. Vi la expresión de Kane mientras la abrazaba. Tenía una mirada de profunda ternura y preocupación. Una que nunca, jamás, me había dirigido.

Mi mundo se tambaleó. Él lo sabía. Tenía que saber que Coral estaba mintiendo, aun así, no le importaba.

"Pídele perdón", repitió con voz inflexible.

Me limité a mirarlo, con la mandíbula apretada y los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas.

Él les hizo un breve gesto con la cabeza a los guardias. La primera cachetada del susodicho fue brutal, me hizo girar la cabeza hacia un lado. Luego me dio otra, y una más. Me pitaban los oídos y veía borroso. Todo se convirtió en un torbellino de dolor y humillación. Aun así, no me rendí. Me mordí la lengua con fuerza. Entonces sentí un dolor agudo y explosivo en la parte posterior de la cabeza. Alguien había estrellado lo que quedaba de la botella contra mi cráneo.

Lo último que vi antes de que la oscuridad me envolviera fue el rostro de Coral, con los labios curvados en una hermosa sonrisa victoriosa.

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