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Portada de la novela Un doble para su obsesión

Un doble para su obsesión

Bajo la fachada de un romance con el magnate Damián Ferrer, descubrí una oscura verdad: él usaba tecnología para suplantar mi rostro por el de mi hermanastra. Tras ser traicionada por Coral y abandonada por Damián a una vida de miseria y cárcel, acepto una propuesta desesperada. Me casaré con el heredero Kael Mendoza para recuperar mi herencia. Es mi única oportunidad de escapar del hombre que me destruyó y de la ciudad que fue mi tumba profesional.
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Capítulo 1

Fui una artista contratada para ser la acompañante del solitario multimillonario Kane Miller. Me enamoré del hombre destrozado al que creía estar salvando, hasta que descubrí la verdad. Él grababa en secreto nuestros encuentros íntimos, para luego usar tecnología deepfake y reemplazar mi rostro por el de mi hermanastra, Coral. Yo no era su pareja, sino una sustituta para su obsesión.

Cuando esta me incriminó por agresión, Kane no solo le creyó, sino que se quedó mirando mientras sus guardias me golpeaban. Después, envió a unos matones a destrozarme la mano derecha, lo que arruinó mi carrera como artista.

Para proteger la reputación de Coral antes de su boda, me mandó a un centro de detención y me llamó con frialdad un "juguete" del que ya se había cansado.

Destrozó mi cuerpo, mi carrera y mi corazón, todo por una mujer que le mentía descaradamente. Sin embargo, en esa gélida celda, recibí una oferta del padrastro que una vez me había corrido de casa. Quería que me casara con un heredero discapacitado del sector tecnológico, Keegan Marks, a cambio del enorme fideicomiso de mi madre. Acepté el trato. Salí de prisión, abandoné la ciudad y me fui en avión para casarme con un desconocido, eligiendo finalmente escapar del hombre que me había destruido.

Capítulo 1 La cruel verdad

Las sábanas estaban heladas donde había estado su cuerpo. Me quedé mirando cómo Kane Miller se levantaba de la cama; su espalda estaba llena de líneas definidas y músculos. Se movía con una elegante indiferencia, sin hacer movimientos innecesarios que permitieran un contacto prolongado.

Por un momento, me permití recordar el calor de su piel contra la mía, su peso, el roce áspero de su barba incipiente en mi cuello. Fue un calor fugaz en medio del frío estéril de su penthouse.

Se detuvo junto a la ventana, donde las luces de la ciudad de Nueva York reflejaban su dura silueta. No estaba admirando el paisaje. Su mirada era distante, perdida en algún lugar al que yo no podía llegar. Siempre pasaba lo mismo, había una breve desconexión, casi imperceptible, como si el hombre frente a mí fuera solo un caparazón.

Me levanté apoyándome en los codos, con la sábana de seda alrededor de mi cintura. El movimiento llamó su atención. Sus ojos, de color pizarra, se encontraron con los míos. No había calidez en ellos, solo una fría evaluación.

Volvió a la cama. Su mano se posó en mi cadera, no como una caricia, sino como un ancla. Me empujó contra el colchón; su peso era una presencia familiar y dominante. No dijo ni una palabra. No fue necesario. Cerré los ojos y dejé que me guiara, mi cuerpo respondía por instinto. Quería sentir algo, cualquier cosa, que acortara la distancia entre nosotros. Rodeé su cuello con mis brazos, acercándolo a mí, buscando un beso que fuera más allá de lo superficial. Él lo permitió, sus labios se movieron sobre los míos con habilidad, aunque sin verdadera pasión.

Cuando terminó, se apartó al instante. El espacio que dejó estaba helado de nuevo. Se levantó y comenzó a vestirse, con movimientos precisos y eficientes. Se puso el reloj, una pieza oscura y cara que combinaba con la frialdad de su mirada. No hubo ningún momento de ternura, ningún silencio compartido, solo el susurro de la tela mientras se ponía su armadura.

Me senté y comencé a recoger mi ropa del piso de forma mecánica. Mis acciones parecían robóticas, pues era una rutina que había repetido demasiadas veces. Kane se acercó a la estantería. Sus dedos rozaron una fila de clásicos encuadernados en cuero antes de detenerse en un pequeño panel casi invisible. Un suave chasquido resonó en la habitación. Estaba apagando la cámara.

Se quedó mirando la lente oculta durante un largo rato, con una expresión indescifrable. Recordé la primera vez que me lo pidió. En realidad, no fue una solicitud, sino una condición. Se me hizo un nudo en el estómago por la vergüenza y la confusión. Había dicho que era por su "tranquilidad", una forma de recordar. Yo estaba desesperada, le debía a su madre una fortuna, y esta era mi única forma de pagársela, por eso accedí.

Recordé la primera vez que nos vimos. La señora Miller lo había arreglado. Él era un fantasma, un recluso escondido en esta torre de cristal. Mi trabajo era sencillo: sacarlo de ella. Ser su compañera, su musa, lo que fuera que necesitara para volver a sentirse humano. Yo era artista, y su madre me veía como una herramienta para arreglar a su hijo roto.

Durante un tiempo, pensé que lo estaba logrando. Era un hombre herido, misterioso. Un rompecabezas que estaba desesperada por resolver. Lo pinté, lo dibujé, aprendí los contornos de su rostro y las sombras de sus ojos. Me enamoré de la persona que creía estar salvando.

La atracción era innegable. Una noche terminamos en la cama. Fue una colisión entre mi esperanza y su silenciosa, desesperada necesidad. Se sintió real. Sin embargo, la relación tenía dos reglas. Una, nunca preguntar por su pasado. Dos, él graba todo.

Terminé de vestirme y me acerqué a Kane. Saqué la pequeña tarjeta de memoria de la ranura oculta.

"Toma", le dije con voz monótona, entregándosela.

Él la miró y luego a mí. "Déjala en el escritorio".

No le importaba. En realidad, nunca lo hizo. Jamás las veíamos juntos. Las agarraba y desaparecía en su estudio durante horas. Ahora sabía por qué.

El recuerdo de ese descubrimiento se me quedó grabado en la mente. Fue hace unas semanas. Le llevé café y, por primera vez, entré en su oficina sin llamar. Él no estaba ahí, pero la laptop se encontraba abierta. En la pantalla había un video.

Era yo: mi cuerpo, mis movimientos, la curva de mi espalda mientras me arqueaba contra él. Pero la cara no era mía, sino la de Coral, mi hermanastra. Su rostro, superpuesto a la perfección sobre mi cuerpo, gimiendo su nombre. El video era uno de docenas, un catálogo de nuestro tiempo juntos, todo alterado y retorcido en una fantasía que él construyó en torno a otra mujer.

Estaba obsesionado con ella. Yo solo era su doble, una sustituta conveniente porque desde lejos nos parecíamos bastante: el mismo cabello oscuro, la misma complexión delgada. Suficiente para que su tecnología hiciera el resto. Cada palabra tierna que había dicho, cada momento que consideré un avance, era para ella. Aunque me miraba, en realidad estaba viendo a Coral.

Mi corazón, que una vez había latido locamente por él, se sentía como un peso muerto en mi pecho. El amor que había alimentado se convirtió en cenizas.

"Eva", la voz de Kane interrumpió mis pensamientos, devolviéndome al frío penthouse. Se estaba abrochando la camisa. "Tráeme un vaso de agua".

No era una petición, así que caminé hacia la cocina con movimientos rígidos. Llené un vaso del chorro y se lo llevé, con los dedos entumecidos. Lo tomó sin agradecerlo y se lo bebió de un trago.

"Tengo un viaje de negocios a Ginebra. Estaré fuera una semana", anunció, arreglándose la corbata frente al espejo.

"Ya veo", dije. Si bien mi voz era tranquila, temblaba en mi interior.

Se dio media vuelta y entrecerró un poco los ojos. "Pareces... diferente".

"Solo estoy cansada", mentí, con una sonrisa amarga en los labios. "Que tengas un buen viaje. Espero que sea 'frutífero'".

Me miró a la cara durante un momento más, con una pizca de confusión en los ojos. No podía ver el cambio en mí. Nunca me había visto realmente.

Asintió una vez, luego se giró y salió por la puerta sin mirar atrás. La cerradura se cerró con un chasquido, dejándome en silencio.

Miré la tarjeta de memoria que aún tenía en la mano. Se me escapó una pequeña risa hueca. Mi misión había terminado. La señora Miller quería que trajera a su hijo de regreso al mundo. Lo había hecho, aunque no para mí.

Mi corazón estaba, por fin, completamente destrozado. Y en esa ruptura, encontré un atisbo de libertad.

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