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Portada de la novela Un Castigo Llamado Amor

Un Castigo Llamado Amor

Sofía vive un calvario: padece cáncer terminal y su hermano agoniza tras un ataque de los Valenzuela. Desesperada, pide ayuda a Alejandro Vargas, su antiguo amor, pero el General la humilla tachándola de interesada. Tras años de desprecios y un matrimonio forzado, Alejandro halla el diario de Sofía y descubre su error. No obstante, la redención es imposible; ella ha fallecido, condenándolo a vivir con un remordimiento eterno por su crueldad.
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Capítulo 3

"Pídele perdón," ordenó el hermano mayor de los Valenzuela, Javier. Su aliento apestaba a alcohol.

Me quedé paralizada. El miedo era un nudo en mi garganta.

Javier me agarró del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás con fuerza. El dolor agudo me hizo jadear.

"Dije, ¡pide perdón, perra!" gritó, su rostro a centímetros del mío.

Miré a Alejandro, una súplica silenciosa en mis ojos. Él seguía ahí, inmóvil, un espectador impasible. No movió un solo músculo para ayudarme. Era como si estuviera viendo una película, una que no le interesaba en lo más mínimo.

El tirón en mi cabello me transportó a otro tiempo, a un lugar oscuro y sin ventanas. A los cinco años que pasé encerrada después del incendio. A las manos de otros hombres, a un dolor mucho peor. Mi cuerpo reaccionó por instinto. Dejé de luchar. Me volví dócil, sumisa. Era un mecanismo de supervivencia grabado a fuego en mi mente.

"Lo… lo siento," susurré, la voz rota.

Javier sonrió, satisfecho. "Así me gusta."

Me soltó con un empujón que me hizo tropezar y caer de rodillas. El asfalto frío y rugoso raspó la piel de mis manos. La humillación era un sabor amargo en mi boca.

Fue entonces cuando Alejandro finalmente se movió. Sacó su cartera, sacó un fajo de billetes y lo arrojó al suelo, justo frente a mí. El dinero se esparció a mis pies como hojas secas.

"Lárguense," le dijo a los Valenzuela, su voz era un látigo. No lo hizo por mí. Lo hizo porque la escena le molestaba.

Los hermanos se rieron y se fueron, dándose palmadas en la espalda.

Alejandro se agachó, su rostro a la altura del mío. Su mirada era de puro desprecio.

"Recógelo," ordenó. "Es lo que querías, ¿no? Dinero. Siempre se ha tratado de dinero para ti."

Cada palabra era un golpe. Quería gritarle, decirle la verdad. Decirle que Mateo estaba muriendo, que yo estaba muriendo. Que el dinero era para salvar a mi hermano. Pero no podía. Un juramento me ataba. Una promesa que le hice a su madre en su lecho de muerte.

"Protégelo, Sofía. No dejes que la verdad lo destruya. Deja que te odie a ti, es mejor que odiarse a sí mismo."

Así que me tragué mi orgullo, mi dolor, mi verdad. Y me convertí en la villana que él creía que era.

Comencé a recoger los billetes, mis dedos temblorosos y torpes. Alejandro me observaba, su mandíbula apretada.

"Das asco," siseó. "No puedo creer que alguna vez… pensé que eras diferente."

Un flashback me golpeó con la fuerza de un huracán. La noche del incendio en la casa de campo de los Vargas. Yo tenía dieciocho años. Estaba con la señora Vargas, su madre, preparando la cena para celebrar el ascenso de Alejandro. Hubo una fuga de gas. Una explosión.

Recuerdo el calor, el humo negro que ahogaba. La señora Vargas quedó atrapada bajo una viga en llamas. Me hizo jurar. Me hizo prometerle que le diría a Alejandro que yo había iniciado el fuego. Que había sido un accidente mientras jugaba con cerillos, una estupidez de adolescente.

"Él se culpará," me dijo, tosiendo sangre. "Dejó esa válvula abierta esta mañana. No soportará la culpa. Por favor, Sofía. Sálvalo."

La salvé de la culpa y me condené a mí misma. Cuando los bomberos me sacaron, herida y en shock, cumplí mi promesa. Le dije a la policía y a un Alejandro devastado que yo había sido la responsable. Su amor se convirtió en cenizas esa noche, reemplazado por un odio incandescente. Su padre, un hombre poderoso y vengativo, se aseguró de que pagara. No fui a la cárcel, pero me encerró en un "centro de rehabilitación" privado, un infierno en la tierra, durante cinco largos años.

Salí de allí rota, pero con el secreto intacto.

Ahora, de rodillas frente a él, recogiendo el dinero de su desprecio, volví a interpretar mi papel.

"Gracias, General," dije, con una sonrisa vacía. Le mostré los billetes. "Justo lo que necesitaba."

Su rostro se contrajo en una mueca de dolor y rabia. Se levantó bruscamente.

"No te quiero volver a ver cerca de mí," dijo, su voz temblando ligeramente. "Entendido?"

Asentí, sin mirarlo.

Se dio la vuelta y se fue, dejando que Isabel lo alcanzara y lo tomara del brazo. Me quedé sola en la calle oscura, con el dinero de la humillación en una mano y el peso de un secreto mortal en la otra.

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