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Portada de la novela Un Año Para Destruirte

Un Año Para Destruirte

Tras la huida de sus padres por fraude, Mía Cartel queda en la ruina. Desesperada por costear la cirugía de su hermano Leo, acepta un matrimonio humillante impuesto por el gélido Liam Black, quien busca venganza contra su estirpe. Entre engaños y celos, Liam provoca que Mía acabe en prisión injustamente. Tras revelarse la verdad, él intentará redimirse mientras ambos enfrentan a peligrosos enemigos que buscan destruir su última oportunidad de ser felices.
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Capítulo 3

El edificio de Black Industries se erguía en el centro de Manhattan como un monolito de cristal y acero, un monumento a la ambición y al éxito implacable. Para Mia, cada paso hacia la entrada principal se sentía como caminar hacia el cadalso. Llevaba puesta su mejor ropa: un vestido sencillo que había logrado conservar de su vida anterior y un abrigo que no lograba ocultar el temblor de sus manos.

Al cruzar las puertas giratorias, el aire acondicionado la golpeó con una frialdad que parecía emanar del propio dueño del lugar. Se acercó al mostrador de mármol de la recepción, donde una mujer de aspecto impecable la miró con una mezcla de curiosidad y desdén.

-Tengo una cita con el señor Black -mintió Mia, manteniendo la barbilla en alto-. Soy Mia Carte.

El nombre surtió un efecto inmediato. La recepcionista palideció ligeramente y, tras una breve llamada interna, le indicó que subiera al piso cuarenta y dos. El ascensor subió con una velocidad silenciosa que le revolvió el estómago. Al abrirse las puertas, se encontró con una oficina de concepto abierto que gritaba opulencia, pero sus ojos se clavaron en la gran puerta de roble negro al final del pasillo.

No tuvo que llamar. La puerta se abrió automáticamente.

Dentro, la oficina era vasta, bañada por la luz grisácea de un Nueva York lluvioso. Sentado tras un escritorio de obsidiana, se encontraba él. Liam Black no levantó la vista de inmediato. Estaba revisando unos documentos con una pluma estilográfica que se movía con precisión quirúrgica. Sus rasgos eran más afilados de lo que Mia recordaba de las noticias; su mandíbula estaba perpetuamente tensa y sus ojos, cuando finalmente se posaron en ella, eran dos pozos de hielo que parecían ver a través de su piel.

-Mia Carte -su voz era un barítono profundo, carente de cualquier calidez-. No esperaba que tuvieras la audacia de pisar mi edificio después de lo que tu padre hizo.

Mia tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta. No entendía por qué Liam hablaba con tanto veneno personal. Sabía que su padre había cometido delitos financieros, pero el odio en la mirada de Liam iba más allá de un simple desfalco empresarial. Parecía algo visceral, algo antiguo.

-No vengo a hablar de mi padre, Liam. Él se ha ido, y yo no tengo nada que ver con sus negocios -dijo ella, tratando de que su voz no flaqueara-. Vengo porque necesito... necesito un préstamo.

Liam soltó una carcajada seca, un sonido que no llegó a sus ojos. Se reclinó en su silla de cuero, entrelazando sus dedos largos sobre el escritorio.

-¿Un préstamo? Los bancos están para eso, aunque dudo que le den un centavo a la hija de los mayores estafadores de la década. ¿Por qué vendrías a mí, al hombre que se encargó de desmantelar el imperio de tu familia?

-Porque no tengo tiempo para los bancos -confesó Mia, dando un paso al frente, la desesperación ganándole al orgullo-. Mi hermano, Leo... tiene seis años. Su corazón está fallando. Necesita una cirugía de urgencia en las próximas cuarenta y ocho horas o morirá. Necesito doscientos cincuenta mil dólares.

El silencio que siguió fue sepulcral. Liam la observó con una intensidad aterradora. Por un segundo, Mia creyó ver un destello de algo en su mirada cuando mencionó a Leo, pero desapareció tan rápido que pensó que lo había imaginado.

-¿Y qué me ofreces a cambio, Mia? -preguntó él, levantándose lentamente. Era mucho más alto de lo que parecía sentado, una presencia física que llenaba la habitación-. No eres más que una camarera arruinada. No tienes propiedades, no tienes acciones. No tienes nada.

-Me tengo a mí misma -respondió ella en un susurro-. Haré lo que sea. Trabajaré para ti, seré tu asistente, limpiaré tus suelos... lo que quieras. Solo salva a mi hermano.

Liam caminó alrededor del escritorio hasta quedar a pocos centímetros de ella. El aroma de su perfume, una mezcla de madera de sándalo y lluvia, la envolvió. Él bajó la voz, volviéndola peligrosa.

-¿Lo que sea? Sabes, Mia, durante años soñé con este momento. Soñé con ver a un Carte suplicando. Pero no quiero una empleada. Quiero algo que me permita destruirte lentamente, día tras día, así como tu familia destruyó la mía.

-No entiendo de qué hablas... -balbuceó ella, confundida por la alusión a su familia-. Solo somos niños, Leo no tiene la culpa de nada.

-¡Nadie es inocente en esa estirpe! -rugió él, perdiendo la compostura por un breve instante antes de recuperar su máscara de frialdad-. Quieres el dinero. Muy bien. Lo tendrás. Pero no será un préstamo. Será un pago.

Liam sacó un sobre de su escritorio y lo lanzó sobre la superficie de obsidiana. Dentro había un contrato de varias páginas. Mia lo tomó con manos temblorosas y leyó el encabezado: CONTRATO MATRIMONIAL.

-Un año, Mia -sentenció él-. Serás mi esposa ante el mundo. Vivirás bajo mis reglas, asistirás a cada evento social a mi lado y soportarás cada uno de mis desprecios. Serás el trofeo que le arrebaté a Arturo Carte para recordarle su derrota. Y al final del año, te daré el divorcio y no volverás a ver un solo centavo mío.

Mia leyó las cláusulas. Era una prisión legal. Pero entonces recordó el rostro de Leo en la cama del hospital, sus labios azules, su cuaderno de dinosaurios olvidado. No tenía elección.

-Acepto -dijo ella, buscando una pluma.

-No tan rápido -la detuvo Liam, una sonrisa cruel curvando sus labios-. Para que yo firme ese cheque ahora mismo, quiero que me demuestres cuánto vale la vida de tu hermano para ti. Quiero que reconozcas que no eres nada ante mí.

Mia lo miró, confundida. Liam señaló el suelo frente a sus pies.

-Arrodíllate, Mia. Pídeme el dinero de rodillas, como la mendiga que eres.

El mundo pareció detenerse. El orgullo de Mia, lo último que le quedaba de su dignidad, gritó en señal de protesta. Pero la imagen de Leo se impuso sobre todo lo demás. Sus piernas temblaron, pero con una lentitud tortuosa, Mia se dejó caer. Sus rodillas golpearon la alfombra costosa con un sonido sordo. Bajó la cabeza, dejando que su cabello rojo ocultara las lágrimas de humillación que empezaban a brotar.

-Por favor, Liam... -sollozó-. Por favor, salva a mi hermano. Te lo ruego.

Liam la observó desde arriba, sintiendo una mezcla de triunfo y una extraña, molesta punzada en el pecho que se apresuró a sofocar con el recuerdo de la lluvia y el accidente. Verla allí, tan vulnerable, debería haber sido el clímax de su venganza, pero el vacío en su interior no se llenó.

-Firma -dijo él, arrojándole la pluma-. El equipo médico de Leo será trasladado al mejor hospital privado en una hora. La cirugía está pagada.

Mia tomó la pluma y firmó con mano temblorosa, entregándole su libertad al hombre que, sin que ella lo supiera, la culpaba de haberlo dejado solo en el mundo hace dieciséis años. Liam tomó el documento y llamó a su abogado, Marcos Cooper.

-Marcos, tengo el contrato firmado. Prepara todo para una boda inmediata. La señora Black acaba de unirse a la familia.

Liam salió de la oficina sin mirar atrás, dejando a Mia arrodillada en el suelo, llorando de alivio por Leo y de terror por el futuro que acababa de comprar. No sabía que acababa de entrar en una guerra donde el amor y el odio eran las únicas armas permitidas.

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