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Portada de la novela Un ángel cayó

Un ángel cayó

Un ángel custodio desafía el mandato divino por el amor prohibido hacia una mortal, recibiendo un castigo devastador. Expulsado de los cielos por el Gran Dios, es arrojado al abismo terrenal donde renace como un demonio de inmenso poder. Desde las sombras del mundo humano, el antiguo protector inicia una lucha incansable para recuperar a la mujer que ama y forjar su propio destino, enfrentándose a las consecuencias de haber perdido su divinidad.
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Capítulo 3

Jamás se había sentido tan querida, cuidada y protegida pero recordaba que estaba en un programa de televisión y pensaba que todo aquello, se debía al trabajo que el médico hacía ante las cámaras, sin embargo, era hermoso sentirse así.

Luego de que ella terminara de comer, el rodaje comenzó, primero, grababan todo sin pausa alguna, sin cortes, grababan todo, y ya luego, editaban, cortaban y acomodan el programa al antojo de la producción y demás. Al demonio no le gustaba que lo interrumpieran con cortes y repetidas escenas, porque decía que era médico, no actor. Le hizo todas las preguntas y revisó a la humana como si las cámaras no existieran, y al final de todo, le mando todos los estudios que debía hacerse en el mismo hospital.

—Bueno, pueden irse, yo me quedaré con la paciente —informó el médico al equipo de grabación.

Todos desocuparon el lugar, quedando solo el ángel caído con la humana mirada apagada. Él la miró suspirando, quería protegerla y lo haría a la costa que fuera; no sabía si lo que sentía era su instinto de ángel guardián que un día fue de ella o porque a como Dios había dicho, tenía sentimientos humanos hacía ella, fuera como fuera, él le haría caso a sus sentimientos que increíblemente, aún tenía.

—¿Qué debe decir? —pregunto, Alma, sintiéndose algo incómoda porque tenía la sensación de que el médico no dejaba de verla.

—Mira, debes mudarte, es que, con el programa, viene un piso…

—No me voy a mudar, para luego volver a mi… mini apartamento —interrumpió, suspirando lo último.

—Bueno, es necesario, porque posiblemente te haga una cirugía que posteriormente necesite un cuidado óptimo, es por tu salud, porque entonces, de qué serviría tanto esfuerzo si terminas muriendo de una infección.

—Bien, bien —acepto —. El director no me dijo nada sobre esto.

—Ah, es que de esto, me encargo yo, dependiendo lo delicado que sea el caso —respondió con mentiras.

Mentía, pero lo hacía porque no se sentiría bien, hasta saber que ella estaba siendo bien cuidada, ni siquiera sentí deseos lujuriosos, solo quería protegerla y nada más.

—Sabrina —llamó por teléfono—. Ven, por favor.

Pronto la joven y hermosa secretaria estaba ahí, sonriendo como siempre.

—Necesito a una enfermera para que acompañe a la señorita, dia y noche; también a una señora que se encargue de la casa y llama a la agencia de mudanza, ella se mudara para el piso donde se mudan los que obtienen ese beneficio del programa —mintió, la secretaría sabía que eso último era mentira pero comprendió.

—Bien, yo me encargo de todo —sonrió, Sabrina. Por algo, ella era la única que había durado tantos meses trabajando con él complicado cirujano, según el demonio, era la empleada perfecta.

—Me siento, no se —dijo, Alma —es que, es demasiado bueno y al mismo tiempo, da miedo de que todo salga mal y quede peor.

—No entiendo, antes eras tan positiva, le mirabas siempre el lado bueno a las cosas… —se quedó callado, no debía hablar de ella, porque cómo explicar que la conocía perfectamente porque fue un ángel guardián, hacía tan solo, unos pocos años atrás.

—Usted, ¿me conoce o me confunde?

—Ninguna de las dos, solo hable así, porque me gusta usar la psicología, de recordar a mis pacientes lo bonito que miraban la vida, antes de estar enfermos, estoy seguro de que usted era una señorita con mucha seguridad y positivismo.

—Si, de hecho.

—Bueno, vamos, Alma, yo me encargo de todo —interrumpió, Sabrina —. Te aseguro que recuperarás no solo tu vista, sino que tu vida será mucho mejor.

Mientras las mujeres salían de su consultorio, él suspiraba; al quedar solo, sintió ganas de golpearse la cabeza contra la pared por lo estúpido que había sido.

—Que estúpido, fui —se regaño por lo bajo.

Alma sentía deseos de salir directo a hablar con su amiga y decirle todo lo que había pasado. Estaba emocionada y no pensaba esperar a que Valeria tuviera unas horas libres, para que fuera a verla, en esa ocasión, estaba tan emocionada, que se aventuró a ir.

—¿Para dónde vas al salir de aquí? —preguntó Sabrina.

—Voy al hotel donde trabaja mi amiga —respondió con una mirada neutra pero acompañada de una pequeña sonrisa—. Es lo unció que tengo y quiero contarle todo.

—Bien, ahora le llamo al chófer de Daniel, para que te lleve.

—No, no, no, no quiero causar más molestias.

—No, tranquila, no pasa nada.

Sabrina llamó al joven que conducía y ya cuando esta, estaba afuera del edificio, la secretaria llevó de la mano a Alma, por aquellos largos pasillos. Mientras caminaban, Alma iba imaginando el lugar, lo imaginaba muy diferente a como en verdad era. Era lujoso, habían sillones en lugar de sillas; había para hacer café, servise agua fría o temperatura ambiente; era lujoso y hermoso pero ella se lo imaginaba como los hospitales que ella solía frecuentar antes de que perdiera la vista y que también siguió yendo, luego de se sus dos luces se apagaran.

—Alma, sé que esto es nuevo para ti, pero danos un voto de confianza, verá que todo saldrá demasiado bien —dijo, Sabrina.

—Gracias, Sabrina, de verdad.

—Bueno, prepárate mañana para la mudanza, cualquier cosa que necesites, llámame, no importa la hora y cuando digo, cualquier cosa, es cualquier cosa.

Alma tenía móvil, su amiga le había comprado uno de teclado, uno que era muy barato, aun así, había costado mucho conseguirlo, ya que esos móviles no se usaban en dicho país con frecuencia. Le guardaban los contactos anteponiendo un número al nombre, por lo que, para llamar a Sabrina, debía presionar la tecla que bajaba, durante cuatro veces.

Se despidieron y pronto, la hermosa niña de mis perdida, llegó al hotel, donde pidió hablar con su amiga, mientras tanto, un joven le dijo que se sentará en el lobby.

—Valeria, Alma te busca —dijo, el joven sonriente.

Valeria estaba en la lavandería, tenía mucho que lavar pero según la hora, tenía diez minutos para un descanso y qué mejor, que pasarlo con su amiga, sin embargo, se sintió algo preocupada porque jamás había ido al trabajo, a buscarla.

—No te asustes, la veo feliz, creo —sonrió sonrió joven.

—Gracias, ya voy, solo dejo esto en orden.

El joven, corrió hasta el bar y compró un refresco, emocionado y sonriendo, llegó hasta donde estaba Alma y se sentó a su lado.

—Mira, toma un refresco, soy el mismo que…

—Si, se que eres el mismo que me sentí aquí —interrumpió —. He aprendido a conocer a las personas por su voz y su olor.

—¿Huelo bien? A sudor, ¿verdad?

—No —dijo, Alma sonriendo—. Hueles bien y tu voz es hermosa.

Aquellas palabras provocaron un leve sonrojó en las mejillas del joven, sonrojó que Valeria notó al llegar a donde ambos estaban hablando.

—Alma —habló Valeria para que supiera que estaba ahí, ya que estaba hablando muy amena.

—Valeria, tengo mucho que contarme, me ha ido muy bien.

—Bueno, yo me voy, ha sido un gusto conocerte —dijo el joven—. Valeria habla mucho de ti, habla tanto, que ya sentía que te conocía.

Al joven le faltó de decir, que se la había imagino bien fea, pero que al verla, sintió algo en su pecho, algo que no lo había sentido por nadie.

—Eres muy lindo —sonrió, Alma.

No quería despedirse, pero Valeria, con la mirada lo corrió así que le dejó un beso en la mejilla de Alma y se marchó.

—Cuéntame, ¿qué ha pasado?

Alma comenzó a hablar de una forma muy emocionante, tanto que contagió de positivismo a su amiga. Valeria la miraba sonriendo; suspiraba de felicidad porque su amiga, aquella de antes, que siempre le miraba el lado bueno a lo malo, había vuelto.

Valeria despidió a su amiga, con un beso y abrazo, prometiendo ir a visitarla el sábado por tarde a su nueva dirección, dirección que aún no tenía, pero que Alma prometió, pedirle el favor a Sabrina, para que le enviara la dirección. La joven siguió con su labor: lavar aquella ropa, ordenarla y guardarla. Mientras estaba en su afán, hablando con las demás que hacían el mismo trabajo, llegó Alán, el joven que no dejaba de pensar en la hermosa joven de la que su compañera tanto hablaba.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, Valeria sonriendo, por el desconcierto, no entendía que podría hacer su amigo ahí y a esa hora.

—Tu amiga es muy linda —dijo, algo nervioso.

Valeria, llena de ternura, miró a su amigo pero luego volvió la vista a la ropa que debía arreglar. Era mucho el trabajo que tenía por hacer pero la mirada de Alán, gritaba los deseos de hablar sobre Alma.

—Mira, Alma es lo más maravilloso que alguien pueda conocer, puedes ser su amigo, pero no creo que logres ligar, ella no… no se, no le conozco novio.

Valeria jamás se había detenido a pensar en la vida amorosa de su amiga. No le conocía un romance o aventura, no había nada, quizá era porque debían estar trabajando todo el tiempo sin parar, o quizá tenía algún trauma psicológico por la vida que había llevado; no sabía con exactitud pero pensaba preguntar la razón de aquella soledad a la que su amiga estaba entregada.

—Vamos a visitarla —propuso el joven.

—Bien, vamos el sábado —respondió —. Ahora, déjame terminar esto.

El joven salió de aquel lugar, feliz y con muchas ganas de gritar por la felicidad. Alma estaba acostada; no pediría cena, a como lo acostumbra a hacer, ya que había almorzado muy bien y se ahorraría el dinero de la comida. Su corazón estaba lleno de esperanza; estaba emocionada por lo que se le venía y esperaba que cuando saliera de aquel piso que le estaba dando el programa, pudiera permitirse pagar algo mejor de lo que al quedarse ciega, tuvo. Por otro lado, el ángel caído estaba encerrado en su apartamento, acariciando a su gato negro que ronroneaba con las caricias del demonio.

Daniel había tenido un dia lleno de trabajo, había hablado con la humana; había hecho un cirugía exitosa donde con sus dones, venció a la muerte, alejándose de aquel niño; también se había enfrentado a su secretaria que se tomaba mucha confianza preguntando cosas que no eran de su incumbencia pero no podía despedirla, porque hasta la fecha, había sido la única persona que hacía su trabajo de una excelente manera.

—Es linda y parece ser muy buena —había dicho, Sabrina, cuando ya estaban por despedirse del día de trabajo.

—Si, lo sé —dijo el demonio.

—Es bueno que la ayudes y no la dejes de ayudar, lo malo, son las mentiras.

—Y sabes, también es malo hacer enojar al jefe —le dijo para después salir de aquel lugar.

En su apartamento, seguía acariciando a su gato, recordando que ese día, había salido huyendo de su secretaria, ya que ésta, tenía intenciones de hablar sobre la humana y al demonio le asustaba asimilar lo que sentía. Había sido duramente juzgado por aquellos sentimientos, que le daban miedo, pero que no podía evitar; sentir la intensa necesidad de ayudarla y protegerla. Las palabras de Dios, retumbaban en sus oídos una y otra vez, cuando le decía que era un impuro, abominable, por sentir lo que sentía por la humana. Eso dolió, recordarlo era como volver a vivirlo y eso le impedía ser feliz; él, pudiendo disfrutar de la eterna vida que tenía en la tierra, sentía como si Dios lo miraba y juzgaba todo el tiempo; hasta para ir al baño, se sentía vigilado porque Dios le había metido la idea de que él, lo miraba todo, fuera donde fuera, que habría nunca un sitio donde se pudiera ocultar de él; esas ideas, las metía con la intención de manipular mentalmente a sus ángel y así si, estos ni siquiera se atrevieron a pensar mal de él.

Esa misma noche, la ángel de luz, estaba con su padre, preparando los últimos detalles del encuentro de ella con el demonio. Su estadía, sería en un hotel, ya que vivía lejos del hospital y todos los lugares que el demonio frecuentaba.

—Tengo planeado ir a su hospital —dijo la joven—. Porque él, en cuanto me vea, sabrá quien soy, no me veo lógica esperar a que parezca una casualidad.

—Sé que sabes como hacerlo, así que no necesitas mi consentimiento, tú sabrás.—respondió, Max, orgulloso de su hija.

La pequeña ángel a su corta edad, había trabajado con muchas manadas de lobos y con todo tipo de ser mágico. En esa ocasión, no estaba muy convencida de querer trabajar con el demonio, pero gracias a la insistencia de su padre, ya había dado su palabra y lo cumpliría.

Al día siguiente, era temprano cuando en San Sebastián, la joven y ciega humana comenzaba a mudarse, era poco lo que tenía en realidad, tan solo una maleta, un sofá cama y dos cajas pequeñas con los utensilios de cocina; eso era todo y el camión de mudanza grande, pero eso, ella literalmente no lo miro. La pequeña ángel, ya estaba en su hotel, acostada en la cama sin ganas de salir a buscar al demonio y mirando su teléfono móvil, riéndose de los chismes que acontece en el mundo, se repetía una y otra vez: "la estupidez humana, no tiene límite" —suspiraba: "yo también, por mirar estas estupideces en lugar de hacer mi trabajo" —se regañaba. No lo quería aceptar pero realmente estaba indecisa por el hecho, de que ella tenía demasiado luz, como para tratar con alguien tan oscuro, no serían para nada compatible, aun así, dejó su móvil móvil un lado, se puso un ropa más adecuada ya que estaba en pijama, y salió del lugar.

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