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Portada de la novela Un Amor Tan Intenso

Un Amor Tan Intenso

Durante el siglo XIX, los Fortunato, magnates de la industria del carbón, exigen que su único heredero contraiga un matrimonio arreglado para salvaguardar el patrimonio familiar. No obstante, el joven decide desafiar este mandato al estar perdidamente enamorado de otra mujer. Por seguir sus sentimientos, renuncia a su inmensa riqueza y a una vida de privilegios, eligiendo sumergirse en un romance apasionado que pondrá en riesgo todo su futuro.
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Capítulo 3

Víctor corría buscando a su madre, abriendo la puerta del salón en donde realizaba sus costuras.

— Madre... mira — dice el niño emocionado

Mercedes ve a su hijo muy contento, quería enseñarle algo que traía en las manos.

— ¿Qué es esto?... ¿un collar?

— Es un juguete que me enseñó a hacer mi amiga, tienes que darle vuelta al botón y luego tira de las cuerdas... así — contesta Víctor, que cuando lo hace, el botón gira con mucha velocidad y corta el aire con un pequeño silbido.

— Que lindo lo que te ha enseñado a hacer tu amiga ¿Quieres que te dé más lana y botones para que hagas más de estos? — pregunta Mercedes, contagiándose de la alegría de su pequeño.

Víctor mira a su mamá contento, ella siempre era tan buena y sabía todo lo que él quería.

— Si. Haremos muchos y el más lindo te lo regalaré a ti mamá

Mercedes saca un pequeño frasco de vidrio, lleno de distintos botones para que escoja.

— Mira, aquí hay uno muy grande, este sonará muy fuerte.

— Mamá... mi amiga me enseñó hoy uno de sus muñecos, y era muy feo, es un trapo cocido con forma de cuerpo y la cabeza era un calabacín pequeño seco que le dibujó ojos, quiero regalarle el arlequín que le gusta ¿puedo?

— Ese muñeco es tuyo, así que puedes hacer lo que quieras con él — dice sonriente Mercedes, acariciándole la cabeza a su hijo.

Al día siguiente y como siempre, estaban en el cuarto de juegos los pequeños amigos.

— Mamá dijo que puedes llevarte el arlequín

Amelia abre completamente los ojos, sonriendo a lo que más podía y abraza al muñeco.

— ¿De verdad?... gracias, ya sabía que eres un príncipe — dice Amelia radiante de felicidad y se acerca para besar su mejilla.

— ¿Por qué dices que soy un príncipe? — pregunta Víctor sin comprender.

— Porqué eres bueno, eres lindo y te vistes como los príncipes de los cuentos

Víctor mira su ropa y se dirige al espejo que estaba en aquel salón para mirarse mejor.

— Pero los príncipes tienen capa y una corona — contesta el niño, abriendo mucho sus ojos azules, mirándose en el espejo.

— Si... pero eso es cuando tienen que salir, mi padre usa una gorra cuando sale de casa, pero no la usa siempre.

Víctor le regresa la mirada a su amiga, como si hiciera un gran descubrimiento y se dirige a su baúl, donde tenía más juguetes que no ocupaba con frecuencia, saca de él una corona de metal brillante y una espada de madera.

— ¿Ves?... yo lo sabía, eres un príncipe — dice Amelia muy feliz.

— Yo no sabía que lo era, tampoco que tenía que ocupar la corona para salir

— Si, y como eres un príncipe, tienes que usar tu corona y montar a caballo, para que siempre me protejas cuando cosas malas me pasen — Amelia vuelve a darle un beso en la mejilla y abraza con más fuerza a su nuevo muñeco.

Para Víctor era lindo que su amiga lo quisiera y le demuestre afecto, ya que ahora no se sentía tan solo en esa gran mansión.

Cuando Amelia llegan a casa, le enseña rápidamente a sus hermanos el arlequín que saca de entre sus faldas. Su hermano más pequeño comienza a llorar cuando no se lo quiere entregar. Teodoro al ver el ajetreo que tienen los pequeños, levanta a su hijo menor para cargarlo en brazos.

— A ver muchacho ¿Qué pasa?

— Es que quiere mi muñeco, pero lo va a romper — dice Amelia ocultando en su espalda su nuevo muñeco.

— Préstale el muñeco, si se rompe, tu madre puede hacer otro — dice su padre para zanjar el conflicto de los hermanos.

— No... mamá no puede hacer un muñeco tan lindo como éste — Amelia enseña lo que tenía oculto tras su espalda y se lo muestra a su padre, él al verlo, su sonrisa desaparece.

Teodoro rápidamente toma el muñeco muy sorprendido y asustado.

— ¿De dónde sacaste esto?

— Me lo regaló el príncipe

— Mariana, ven aquí — Teodoro llama a su mujer que estaba calentando la cena en la cocina.

— ¿Qué pasa Teodoro? — llega apresuradamente Mariana al llamado con urgencia que le hacía su esposo, a lo que él le muestra el muñeco.

— ¿De dónde sacó esto la niña?

Mariana palidece al ver el hermoso juguete, puesto que algo como eso, costaría lo que su salario del mes.

— No lo sé. Amelia ¿Lo robaste de la casa de los patrones? — pregunta Mariana a su hija.

— ¡NO!. Ya dije que me lo dio el príncipe — responde Amelia asustada por la expresión de sus padres.

— ¿De quién estás hablando? — pregunta Teodoro a su esposa.

Amelia comienza a sollozar al ver a su padre enfadado.

— Al príncipe que me viene a buscar cuando estoy en la cocina de la casa grande — explica Amelia sollozando.

Rápidamente Teodoro busca su chaqueta y gorra para ir a la mansión de sus patrones.

— Debo devolver esto rápidamente, espero que no tengamos problemas con los patrones y piensen que somos unos ladrones — dice preocupado Teodoro.

Amelia llorar con más intensidad y se aferraba del pantalón de su padre.

— No papá, eso es mío, el príncipe me lo dio

— Basta Amelia, tomar las cosas que no son tuya y decir mentiras es algo muy feo — le regaña su madre — pensarás esta noche en lo que has hecho y no vas a cenar.

Amelia mira a su madre y se va corriendo a su cama, llorando a gritos.

Teodoro estaba asustado, cuando llega a la casa de sus patrones, pide hablar con el ama de llaves. Al explicarle lo ocurrido, le entrega el juguete y se marcha pidiendo disculpas, ya que algo como eso no volverá a ocurrir, puesto que ellos eran trabajadores honrados.

Celenia toca la puerta de la habitación de la Señora Fortunato, quien se estaba alistando para ir a dormir, ingresando en ella con el muñeco en las manos.

— Señora, disculpe que la moleste tan tarde, pero Teodoro, uno de los encargado de los campos trajo esto.

Mercedes recibe el muñeco de su hijo y lo mira sorprendida.

— Dice que su hija debió haberlo robado — continúa explicando Celenia.

— ¿Su hija? — pregunta asombrada Mercedes.

— Es una niña que se queda en las cocinas junto con su madre... probablemente, entro en la casa y robo el muñeco del joven señor.

Mercedes comprende que quizás la amiga imaginaria de su hijo, era muy real y eso le hace sonreír, mirando con ternura aquel juguete que tenía en sus manos.

— ¿Qué hago señora? — pregunta Celenia con un tono severo — a esa familia se le debe castigar por robar propiedad ajena.

— Esperemos, mañana le preguntaré a Víctor sobre el muñeco, creo que ya sé lo que pasó.

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