
Un Amor que Trascendió Dos Vidas
Capítulo 2
El sonido del metal retorciéndose fue lo último que escuché con claridad, después todo se volvió un zumbido sordo y distante. Cuando abrí los ojos, el mundo giraba y un dolor agudo me atravesaba la cabeza. A través del parabrisas roto, vi el cielo gris y la lluvia que comenzaba a caer.
Mi hermano, el que juró protegerme siempre, se desabrochó el cinturón con furia. No me preguntó si estaba bien, no miró si sangraba. Su rostro estaba desfigurado por la rabia.
"¡Sofía!"
Su grito fue un trueno.
"¡Mira lo que hiciste!"
Antes de que pudiera procesar sus palabras, su mano se estrelló contra mi mejilla. El golpe fue seco, brutal, y me hizo girar la cabeza hacia la ventanilla rota. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Me quedé helada, no tanto por el dolor físico, sino por la conmoción. No sentía el resto de mi cuerpo, solo el ardor en mi cara y el frío que empezaba a calar mis huesos.
Mis padres, en el asiento trasero, ya estaban saliendo del coche. Sus voces eran un murmullo de pánico, pero ninguna de sus palabras era para mí.
"¡Clara! ¡Hija, mi vida! ¿Estás bien?"
Mi madre corrió hacia el lado del copiloto, donde Clara, mi supuesta hermana, lloraba suavemente. La vi a través del espejo retrovisor que colgaba de un hilo. Tenía un pequeño rasguño en la frente, una línea roja y delgada que apenas se notaba.
"Me duele, mamá. Me duele mucho."
Su voz era un susurro lastimero.
Mi padre se unió a mi madre, ambos rodeando a Clara, protegiéndola de la lluvia con sus propios cuerpos. La abrazaban, le limpiaban la herida con un pañuelo, la consolaban con palabras dulces.
Nadie me miró.
Nadie.
Estaba atrapada en el asiento del conductor, con la puerta abollada y una pierna clavada bajo el volante. Una mancha oscura y pegajosa se extendía por mi pantalón, pero el dolor todavía no llegaba. Era como si mi cuerpo se hubiera desconectado de mi cerebro.
Entonces, un coche negro de lujo frenó bruscamente a nuestro lado. De él bajaron dos hombres. El primero era Fernando, el hombre al que yo amaba con toda mi alma, el hombre por el que había apostado todo. Su traje caro estaba impecable, su rostro era una máscara de fría preocupación.
Sus ojos pasaron sobre mí sin registrarme, como si yo fuera parte de los escombros del coche. Fue directamente hacia Clara.
"¿Clara? ¿Qué pasó?"
El segundo hombre era Ricardo, el guardaespaldas y asistente de Fernando. Su mirada se posó en mí, y en sus ojos no había más que un desprecio absoluto, un odio helado que me atravesó más que el propio frío de la lluvia.
Fernando ni siquiera esperó una respuesta. Se volvió hacia Ricardo, su voz era un látigo.
"Sácala de aquí. No quiero que Clara la vea cuando despierte."
"Sí, señor."
Ricardo se acercó a mi puerta. La abrió de un tirón, el metal chirrió en protesta. Me agarró del brazo sin ninguna delicadeza, tirando de mí hacia afuera. Un grito ahogado se me escapó cuando mi pierna se liberó con un chasquido horrible. Ahora sí sentía el dolor, una ola de fuego que me subía desde el tobillo hasta la cadera.
"Por favor," susurré, "necesito un doctor. Creo que mi pierna está rota."
Ricardo se rio, una risa sin humor, llena de malicia.
"¿Un doctor? Deberías dar gracias de que te dejo respirar."
Me arrastró por el asfalto mojado, lejos de la escena, lejos de las luces de la ambulancia que ya llegaba para atender a Clara. Me metió en una pequeña caseta de herramientas abandonada al lado de la carretera. El lugar olía a humedad y óxido. Me arrojó al suelo de tierra como a un saco de basura y cerró la puerta con un golpe seco, dejándome en la más completa oscuridad.
El dolor era insoportable, una tortura constante. Apreté los dientes para no gritar. Sentía la sangre caliente corriendo por mi pierna. El frío se apoderaba de mí, temblaba sin control.
Pasaron los minutos, o quizá horas, no lo sé. Perdí la noción del tiempo. Escuché pasos afuera y reuní las últimas fuerzas que me quedaban.
"¡Ayuda!" grité, mi voz era un graznido ronco. "Por favor, ayúdenme."
La puerta se abrió y la silueta de Ricardo se recortó contra la luz gris del exterior.
"Cállate. Vas a despertar a la señorita Clara."
"Me estoy desangrando," le supliqué. "Voy a morir aquí."
Él me miró por un segundo, una fracción de segundo en la que creí ver una duda en su rostro. Pero entonces su teléfono sonó. Lo sacó y contestó al instante.
"Señor Fernando," su voz se suavizó, llena de respeto. "Sí, la señorita Clara está bien, los médicos dicen que solo fue el susto y un rasguño. Está durmiendo ahora… Sí, señor… Sofía está… controlada… Sí, llamaré a un médico para ella… en cuanto me desocupe. Lo principal es la señorita Clara."
Colgó y me miró. Su rostro volvía a ser una máscara de desprecio.
"Ya oíste. Espera."
Cerró la puerta otra vez. La oscuridad me envolvió de nuevo, y con ella, la certeza de que nadie vendría. La esperanza, esa pequeña y estúpida llama, se extinguió por completo.
Ricardo se quedó afuera un rato, asegurándose de que Clara estuviera cómoda en la ambulancia, seguramente en brazos de Fernando. Luego, mucho después, cuando el silencio era casi total, escuché sus pasos de regreso.
Abrió la puerta de la caseta.
Quizá venía a ver si seguía viva. Quizá venía a cumplir su tardía promesa de llamar a un médico.
Pero yo ya no podía verlo.
Mi cabeza estaba inclinada sobre mi pecho, mis ojos abiertos miraban a la nada. La gran mancha de sangre en el suelo de tierra se había vuelto negra.
Ricardo se quedó paralizado en la entrada. Su cuerpo se tensó. Vi, desde un lugar extraño y flotante sobre mi propio cuerpo, cómo sus ojos se abrían de par en par, cómo el color desaparecía de su rostro. Dejó caer el teléfono que tenía en la mano. El golpe sordo del plástico contra la tierra fue el último sonido de mi primera vida.
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