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Portada de la novela Um final feliz

Um final feliz

Tras enviudar, un hombre organiza su existencia en torno a su hijo y el apoyo de su hermano. Su metódico estilo de vida se cruza con el de una mujer que, pese a su eterna sonrisa, sufre en silencio por su infertilidad. Aunque sus realidades parecen distantes, un allegado mutuo provoca su encuentro. Lo que comienza como una coincidencia deriva en un romance intenso que unirá sus mundos, sanando sus heridas mediante un amor profundo y transformador.
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Capítulo 3

Guilherme Rodrigues tenía unos treinta años, unos preciosos ojos azules, el pelo negro como el carbón, la piel bronceada y, lo más importante, era el hermano mayor de Leandro y el padre del pequeño Thomas. Era un poco diferente a él en algunos aspectos, sobre todo en lo que se refería al trabajo, ya que los hermanos Rodrigues trabajaban en áreas completamente distintas.

Leandro decidió dejar el negocio familiar poco después de una fuerte discusión con su padre hace unos años, meses después de la muerte de su madre, a la que estaba más unido. Guilherme lamentó la distancia que se había creado entre ellos, pero apoyó a su hermano pequeño en todo lo que fue necesario. Después de todo el tiempo transcurrido, de todo lo que habían pasado, siempre se sintió orgulloso de los dos. No tenía ninguna duda de que iban por el buen camino, incluso con un hijo de tres años al que criar.

Acababa de llegar a casa y podía decir que había sido uno de los peores días de aquella semana, que por desgracia parecía no acabar nunca. Además de las innumerables reuniones y problemas que resolver, se quedó sin nadie que cuidara de su hijo. En momentos así, no podía imaginar qué haría sin su hermano.

Así que lo primero que hizo al llegar a casa y tirarse en el sofá fue llamar a Leandro. Ese día siempre tardaba más en salir del trabajo. Entendía por qué su hermano pequeño quería trabajar, lejos del negocio familiar, pero a veces lo único que quería era sacarlo de allí y tenerlo cerca.

- ¡Eh, Leandro! ¿vienes? - preguntó en cuanto contestó su hermano. Oyó de fondo la risa de su hijo y no pudo evitar sonreír. Hacía unos años no imaginaba la posibilidad de tener hijos, ni que algún día querría tener uno, y ahora allí estaba, sonriendo sólo por oír a su hijo reír como un tonto, y no le importaba en absoluto.

- ¡Eh, Guilherme! Sí, Alana se quedó para cerrar por mí. Ya casi estamos en casa. - replicó Leandro, impidiendo que los pensamientos de Guilherme fueran a donde no debían.

Guilherme ya no se sorprendió al oír aquello. Siempre que Leandro se quedaba con Thomas ocurría lo mismo, pero siempre le dejaba un sentimiento de culpa; al fin y al cabo, era su hijo, no el de su hermano, y mucho menos el de su mejor amigo.

- ¿Otra vez? Sabes, casi me siento culpable de que tenga que ser la última, solo porque estás con mi hijo.

Leandro se echó a reír. No era la primera vez que su hermano decía aquello, de hecho Guilherme repetía las mismas palabras cada vez que estaba con Thomas.

- Seguro que aceptaría una botella de vino. - dijo el más joven, haciendo conjeturas sobre lo que diría su hermano al respecto.

- Todavía voy a averiguar si tenéis algo más que amistad. - se burló el hermano mayor.

Guilherme rió, sabiendo que su hermano debía de estar maldiciendo mentalmente, como hacía siempre que mencionaba sus posibles relaciones románticas.

-Está bien. La próxima vez no impediré que Alana le enseñe algunas cosas al chico.

El padre de Thomas no pudo evitar hacer una mueca. La última vez que había aprendido algo, el niño le había dicho algunas cosas poco amables a Beatriz, la antigua mejor amiga de Eduarda, que había venido a visitarlos. Las dos tenían sus opiniones sobre la mujer, pero Guilherme odiaba tener que remediar la situación.

- Entendido. Una botella de vino. Mejor, ¡dos!

Leandro se rió de su hermano, recordando todas las veces que Thomas se metía en algo, y eran muchas. No siempre era a propósito, era un buen chico, pero aun así había incidentes, a veces hilarantes, de los que tenía que contenerse para no reírse y alentarlos.

- ¡Genial! Yo también quiero uno para mí.

- Igual te voy a matar, hermanito.

Colgó sin despedirse, sin contener la sonrisa. Sólo eran ellos tres, pero siempre se sentía afortunado por la familia que tenía, aunque sospechaba que pronto aumentarían los miembros de aquella pequeña familia. Estaba bastante seguro de que a Leandro le gustaba alguien, pero nunca reveló de quién se trataba. Guilherme comprendió sus reservas y lo dejó solo, a pesar de su curiosidad.

Dejando a un lado sus pensamientos y aprovechando que los dos aún no habían llegado a casa, Guilherme se dirigió a su baño caliente antes de preparar la cena para los tres. Se sentía mejor allí que en cualquier otro sitio, cerca de los que de verdad le importaban y rodeado de un ambiente que siempre le había tranquilizado. Quizá por eso había superado tan rápido la muerte de Eduarda, al menos para los que habían sido amigos de la pareja y sus familiares. Pero tenía que reconocer que era feliz como era, con lo que había llegado a ser. No quería cambiar. No tenía por qué cambiar y alejarse de sus aficiones y amistades, como la madre de Thomas se empeñó en decir e intentar hacer desde el momento en que le vio por primera vez y empezaron a salir. Estaba agradecida por el hijo que habían hecho juntos, pero casi siempre se arrepentía de haber dejado que aquella relación siguiera un camino tan tortuoso y complicado.

Le hubiera gustado tener algo tranquilo y sin tantas exigencias imposibles de cumplir, por mucho que lo intentara. Pero Eduarda ya estaba muerta y no había nada más que hacer con aquella vieja relación, que ella ya no tenía por qué soportar. Podía ser el mismo Guilherme de siempre. A veces se sentía culpable por pensar así de la difunta madre de su único hijo, que murió poco después de dar a luz al niño. Pero aquella noche en particular, arrepentirse de algunos de sus errores pasados y alegrarse de poder ser él mismo, sin pretensiones ni la culpa de no ser como ella quería que fuese, era suficiente para William. Cada vez le importaba menos lo que la gente dijera o pensara de él, incluso los que consideraba cercanos. Lo estaba superando. Era feliz.

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