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Portada de la novela Tu Traición, Mi Nueva Vida

Tu Traición, Mi Nueva Vida

Tras cuatro años de humillaciones con los Vázquez, Marco aceptó el divorcio sin sospechar que yo esperaba un hijo suyo. En mi peor momento, mientras luchaba por no perder mi embarazo, él me dejó sola en el hospital para atender un falso engaño de Berenice. Ese desprecio fue el impulso definitivo para marcharme a España y ocultarle la verdad sobre su heredero. He decidido que mi pequeño será solo mío, eliminando a Marco para siempre de nuestro futuro.
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Capítulo 3

Magalí Arteaga POV:

Miré la pantalla de mi ordenador. El correo electrónico parpadeaba. "Aceptación de beca: Programa de Restauración del Patrimonio, Universidad de Barcelona." Una ola de alivio, dulce y amarga, me invadió. La puerta a mi nueva vida. Estaba abierta.

Recordé la noche anterior. La humillación. Las náuseas. Marco corriendo hacia Berenice, dejándome sola con mi incipiente sospecha. Había elegido. Una vez más, había elegido. Y yo, por fin, había aceptado su elección.

Empecé a empacar. No había mucho que llevar. Mi ropa, mis libros sobre restauración, mis herramientas de dibujo. Mientras recogía mis cosas, mi mano tropezó con una caja polvorienta debajo de la cama. Un viejo álbum de fotos. Lo abrí.

Había fotos de nuestra boda. Yo, sonriendo tímidamente con un vestido blanco impecable, los ojos de Marco vacíos, protocolarios. Fotos de los primeros meses, de mis intentos desesperados por conectar, sus sonrisas forzadas. La historia de nuestro matrimonio, encapsulada en papel brillante. La historia de un amor no correspondido, de una gratitud tóxica, de una dignidad pisoteada.

Lo cerré de golpe. Este álbum no venía conmigo. Lo dejé caer en un cubo de basura, su contenido ahora tan vacío como mi corazón lo había estado en esa unión.

"Ya no más," susurré, mi voz resonando en la habitación vacía. "Ya no soy un espectador en mi propia vida."

Las semanas siguientes pasaron en un torbellino de trámites y estudios intensos. Me sumergí en la investigación, en los planos, en el olor a papel y tinta. Cada hora que pasaba inmersa en mi trabajo era una hora robada al dolor.

Un día, el timbre de mi teléfono me sacó abruptamente de una pila de informes sobre técnicas de consolidación de estructuras antiguas. Era Marco. Mi corazón dio un brinco involuntario, una traicionera respuesta a una voz que creí haber olvidado.

"Magalí, ¿por qué no has venido a casa?" Su voz era imperativa, con un matiz de extraña preocupación.

Estaba en la universidad, en el laboratorio de restauración, un lugar que él rara vez había pisado. "Estoy ocupada con el trabajo, Marco. Lo sabes."

"Berenice está preocupada por ti," dijo. El solo nombre me revolvió el estómago. "Dice que estás trabajando demasiado. No es bueno para ti."

Una risa amarga me subió por la garganta. ¿Berenice preocupada? "Puedes decirle a Berenice que estoy perfectamente bien, Marco."

Hubo un silencio. "Te noto... diferente," comentó.

"La gente cambia, Marco," respondí, mi voz monótona.

"Voy a pasar por ti," anunció. "Necesitas un descanso. Cenaremos en el restaurante de siempre."

Ese restaurante. El lugar de nuestras cenas de "aniversario", de nuestros encuentros forzados, donde siempre había un contrato de por medio que celebrar, nunca nuestro amor. Me revolvió el estómago.

"No es necesario, Marco."

"Insisto. Estaré allí en treinta minutos."

Antes de que pudiera protestar, colgó. Sentí un agotamiento que iba más allá del estudio. Mis mareos se habían vuelto más frecuentes, y los antojos extraños, como pomelos con salsa picante, se habían convertido en una constante. Mi período, ya hacía dos meses que no aparecía.

La negación se había vuelto mi compañera. No podía ser. Había usado protección. Pero la certeza martilleaba en mi cabeza.

En el supermercado, mientras compraba más pomelos, mi visión se nubló. Tuve que agarrarme al carrito. La fecha del último período flotó en mi mente. La última vez que Marco y yo... fue esa noche solitaria en la que él se quedó a dormir en mi habitación, la noche en que Berenice no estaba. Una de las pocas veces que había habido alguna cercanía física en años. Recordaba la sensación de vacío, de obligación.

Compré una prueba de embarazo. En el baño de mi pequeño apartamento temporal, la vi. Dos líneas rosadas. Claramente visibles.

Mi respiración se cortó. No. No podía ser.

Al día siguiente, el médico confirmó mi embarazo. Ocho semanas. La fecha coincidía perfectamente con esa única noche. Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla. Mi vida, mi escape, todo se estaba desmoronando.

Tenía que decírselo a Marco. Tenía que.

Lo llamé. No contestó. Su asistente me dijo que estaba en una reunión importante en el hospital. ¿En el hospital? ¿Qué le había pasado?

Fui al hospital, mi corazón latiendo con fuerza. Al acercarme a la sala de espera, los vi. Marco y Berenice. Estaban abrazados. Berenice, sollozando en su pecho. Marco, consolándola, con una expresión de profunda angustia. El mundo se vino abajo.

Me acerqué, mi pecho ardiendo. ¿Qué estaba haciendo ella aquí con él? ¿Qué le había pasado?

"Señorita Arteaga," la voz de un médico me detuvo. "¿Vino a ver a su esposo?" Él no sabía que estábamos divorciados, o en proceso. "Su amiga, la señorita Puertas, acaba de recibir la noticia. Es... es prematuro, pero está embarazada."

El mundo se detuvo. Mi propia respiración. ¿Embarazada?

Mis piernas fallaron. Tropecé. Una enfermera me atrapó antes de que cayera al suelo. "Señorita, ¿está bien?"

En ese momento, Marco levantó la cabeza. Sus ojos se fijaron en mí. Una expresión de sorpresa, luego... ¿qué? ¿Culpa? ¿Confusión?

Berenice, con los ojos rojos, me vio. Su mirada se endureció.

"Magalí, ¿qué haces aquí?" Marco preguntó, su voz dura.

Mi mano se agarró a la ecografía que la doctora me había dado. La apreté contra mi pecho. "Yo... yo solo vine a ver... a pedir... No importa."

"Marco, ¿quién es esta mujer?" Berenice preguntó, su voz ahora aguda y llena de pánico, como si mi presencia pudiera arruinar su plan.

Marco frunció el ceño. "Es mi... mi exesposa, Berenice. Ya te lo había dicho."

"¿Exesposa?" Berenice se rió. "Ah, sí, la que firmó los papeles del 'proyecto benéfico'. ¿Sigues persiguiéndolo? ¿No entiendes que ya no hay lugar para ti?"

Mi visión se nubló. Me sentí mareada otra vez.

"Cariño," Berenice dijo, su voz de repente suave, "el doctor dice que necesito descansar. El bebé... nuestro bebé... es muy delicado." Se aferró al brazo de Marco, poniendo su mano sobre su vientre plano.

Marco me miró una última vez, una mezcla de exasperación y algo que no pude descifrar. Luego, se volvió hacia Berenice, sus ojos llenos de renovada preocupación. "Vamos, te llevaré a casa. El doctor tiene razón."

Mientras se alejaban, Berenice le susurró algo al oído a Marco, y él asintió, su mirada fija en ella. Los vi desaparecer por el pasillo.

No podía respirar. Mi propio bebé. El nuestro. Estaba en mi vientre. Y él... él creía que Berenice estaba embarazada. La escena se repetía. La misma historia, solo que esta vez, el premio era un hijo.

Me desmayé.

Cuando desperté, estaba en una camilla. La enfermera me miró con lástima. "Señorita Arteaga, tiene que cuidarse. Está embarazada. Y el estrés no es bueno para el bebé."

Recordé el correo de aceptación de la beca en España. Recordé mi plan de escape. Ahora, todo era diferente. Tenía un bebé. Su bebé.

Pero no sería el bebé de Marco y Berenice. Nunca.

Me levanté de la camilla, mi cabeza aún daba vueltas. No había lugar para mí aquí. Mi huida a España. Ya no era solo mía. Era nuestra. Tenía que irme. Tenía que proteger a mi hijo.

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