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Portada de la novela TU MUÑECA FAVORITA PARTE II

TU MUÑECA FAVORITA PARTE II

Keyla regresa decidida a enfrentar los oscuros secretos de su pasado. Impulsada por una sed de venganza, establece un pacto crucial con un influyente magnate que busca derrotar al mismo adversario. A medida que forjan un vínculo de lealtad absoluta, ambos ponen en marcha una estrategia maestra para confiscar el patrimonio de Vladimir. Su meta es despojarlo de cada rastro de poder, ejecutando un ataque despiadado que garantice su ruina total y definitiva.
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Capítulo 2

Por fin llegué al aeropuerto, aparqué el coche en un aparcamiento lejos de la pista de aterrizaje, y mientras esperé a que llegara el avión, escuché algo de música, y fantaseé un poco con la noche de juegos que me esperaba.

Me excité tanto al pensar en ello, que me emocioné demasiado. Gracias a la raja lateral que llevaba mi vestido, pude introducir mi mano, y con el dedo corazón fui acariciando mi sexo por encima de la ropa interior. Estaba muy mojada, tan solo pensar en Yurik me producía un placer indescriptible.

Aún recuerdo aquel regalo maravilloso, había una terrible oscuridad en aquella sala, sentía las cuerdas clavadas en mi delicada piel.

No, no solo eran un adorno más, sino también eran la lencería que vestía; dividida en dos partes.

Bajando la vista al suelo, pude ver como esas cuerdas de seda, realizaban en mis pechos un buen sostén, dejando mis pezones rosados y duros al aire, a la vista de cualquiera.

Me sentía desnuda, estaba indefensa, tenía frío, y mucha hambre, no sabía cómo había llegado hasta ahí; a ese sótano frío y con poca visibilidad. Solo podía recordar que estaba en una boutique, en la que me estaba probando algo de lencería para, sorprender a Yurik el día de los enamorados.

Estaba terminando de colocar una media de red en mi pierna y ya estaría lista para verme al espejo, y saber qué conjunto realzaba mejor la simetría de mi cuerpo. Pero, antes de ponerme en pie, alguien entró en aquel probador, me tapó la nariz con un pañuelo mojado en cloroformo, y me secuestró para llevarme a ese lugar.

El miedo y una bocanada de aire frío, me hizo apretar los muslos con fuerza. Entonces lo sentí, algo se clavaba en mi delicado clítoris.

—Suéltame —dije buscando su cara, intentando averiguar de quién se trataba.

No dijo nada pero, se veía que era un hombre por la forma de su cuerpo; llevaba un antifaz de cuero negro, una camisa azul, y un pantalón chino de color azul oscuro, creo. Comencé a ponerme muy nerviosa, él solo clavaba sus ojos marrones en los míos. Mi cuerpo temblaba de nuevo, no podía deducir de quien se trataba, al verme de esta manera acercó una grabadora a mi oído.

—Tranquila, relájate y solo déjate llevar, jamás te haría daño —escuché, cuando le dio al play.

Volviendo mi vista hacia abajo la excitación se apoderó de mí, el espacio que dejaba mi pequeño canalillo, me dejó entre ver; el maravilloso tanga de cuerda rosa que llevaba puesto.

Pasaron apenas unos pocos segundos, cuando sentí recorrer en mi espalda un calor extraño, y el frío del acero entre mis piernas al mismo tiempo. Me sofoqué tanto, que mi respiración se alteró al momento; mi pecho subía y bajaba descontrolado. Yo intentaba guardar mis gemidos en la garganta pero… No hubo suerte ese día, aunque no sabía que hacía en ese lugar, ni cómo había llegado hasta allí; la fogosidad que provocaban en mí aquellas sensaciones, me llenaron de lujuria dejando que algunos gemidos salieran por sí solos.

A pesar de saber que estaba casada, un fuego incontrolable corría por las sangre de mis venas, mi corazón palpitaba extendiéndose por todo el cuerpo, —pum pum, pum—. Escuchaba sin quererlo.

Mis pezones dolían más que nunca, estaban de punta, duros como piedras. Intenté apretar de nuevo y con más fuerza los muslos al recordar a Yurik. «¡Joder! Tengo que parar» pensaba para mis adentros.

Pero, era demasiado difícil, el ruido de la bala vibradora que chocaba contra mi clítoris, y el chisporroteo de la bengala recorriendo mi espalda de lado a lado, era demasiado excitante para mí.

Estaba tan humedecida, que ya no había más remedio que dejar de resistirme ante ese placer, dejé de hacerlo al sentir que mis muslos resbalaban entre ellos.

Entonces la mano que sostenía las bengalas se abrió y las dejó caer al suelo, mis pies se quemaban con ellas, los levanté del suelo y esa maldita mano comenzó a dibujar con sutileza una estrecha línea desde mi trasero hasta a mi sexo una y otra vez.

—Umm, ¡sí! —Salió de mi boca sin querer, al notar unos labios calientes, y húmedos succionando el lóbulo de mi oreja al mismo tiempo.

De pronto, el filo de un cuchillo resbalaba por mis pechos, podía verlo, y sentirlo. Aunque tenía tanto miedo que cerré mis ojos con mucha fuerza, mientras penetraban mi vagina con la bala vibradora, era fría pero podía sentir que gracias a la humedad que emergía de mi ser, entraba y salía con mucha facilidad.

—Aprieta los muslos y que no se escape —escuché que me decían antes de dejarme sola.

—¿Qué quieres de mí? ¿Quién eres? —pregunté antes de que desapareciera de mi vista.

Cuando dejé de oír sus pasos, agudicé mis sentidos, sabía que andaba cerca de mí. Podía sentirle, podía oler su sudor; su excitación era del mismo nivel o más que la mía. Entonces escuché un ruido que para mí fue un tanto familiar, al pronto no caí en la cuenta pero, finalmente supuse que se trataba de cinta americana.

Terminando el sonido, le escuchaba acercarse a mí, quería darme la vuelta y mirar para ver que hacía, pero las cuerdas me lo impedían, hasta que se colocó ante mí, con el trozo de cinta entre sus manos.

La sostuvo entre sus labios, así desocupó sus manos para sacar la bala de mi vagina, después se colocó por detrás de mí y la metió en mi ano, dejándola sujeta con la cinta para que no se escapara.

Sin decir ni una palabra, volvió frente a mí y se arrodilló en el suelo. Podía ver como separó la cuerda de mi clítoris, pasó sus dedos embadurnados en algo aceitoso por él; y acarició mi clítoris un par de veces hasta que separó los labios mayores de mi sexo con su lengua.

Me volví loca por el placer que sentía, él movía su suave lengua de lado a lado. Intenté resistirme pero... por más presión que hacía con mis muslos, no lograba impedir las embestidas que hacia él, hundiendo sus feroces labios contra mi sexo. Llevaba tanto tiempo torturándome de esa manera que terminé sucumbida por el placer que sentía, y no dejó de hacerlo hasta que no llegué a desmayarme por el orgasmo tan fuerte que tuve.

Cuando recobré el conocimiento, me encontraba en una confortable cama. Una sábana de seda, cubría mi cuerpo desnudo... Y ahí estaba él mirándome fijamente.

Arrepentida por ese maravilloso orgasmo, me incorporé, agaché mi mirada, y mis lágrimas salieron al pensar que había sido infiel a mi marido, hasta que su mano secó las lágrimas de mis mejillas. Entonces él se acerco, retiró la máscara que cubría su cara, y me susurró al oído:

—Te amo y siempre te amaré, feliz día de san Valentín.

Cuando le reconocí pensé en matarlo pero estaba tan cansada que no podía ni moverme.

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