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Portada de la novela Tú La Ladrona de Mentes

Tú La Ladrona de Mentes

Elena Rojas, una leyenda traicionada, ve cómo su hermana Sofía le arrebata su prestigio robándole sus pensamientos. Tras fallecer en una emboscada, Elena regresa al pasado buscando justicia. Aunque su mentor la vendió, ella decide vaciar su mente para neutralizar a la falsa detective psíquica. Durante una ola de crímenes, Elena prepara una trampa con pistas erróneas. Al exponer el engaño ante el FBI, logra desmantelar el fraude y retomar su propio destino.
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Capítulo 3

Al día siguiente, la atmósfera en la comisaría era gélida.

Nadie me hablaba directamente. Mis compañeros de equipo, los mismos que habían arriesgado sus vidas a mi lado durante años, ahora evitaban mi mirada. Escuchaba susurros en los pasillos, veía las miradas de lástima y desdén.

"¿Oíste? Se quedó sentada en el coche".

"Méndez dice que ni siquiera tenía una orden de registro".

"Pobre diabla, se le acabó la suerte. Sofía es el futuro".

La soledad era un muro a mi alrededor. Me senté en mi escritorio, ignorando los informes apilados, y me concentré en una sola cosa: entender cómo lo hacía Sofía.

No era un don. No era psíquica. Era una tramposa, y yo iba a descubrir su secreto.

Empecé a investigar. Solicité los archivos de todos los casos en los que Sofía había tenido una "corazonada" exitosa. Pasé horas en la sala de archivos, un lugar polvoriento y olvidado, comparando sus informes con los míos.

Al principio, no encontré nada. Sus informes eran perfectos, llenos de detalles precisos y conclusiones lógicas que siempre resultaban ser correctas.

Pero entonces, noté algo extraño.

En un caso de secuestro de hacía seis meses, encontré mi borrador original, el que había escrito en mi libreta personal antes de teclear el informe oficial. En él, había anotado una dirección incorrecta por un error de transcripción, una que corregí antes de presentar el informe final.

Revisé el informe de Sofía para ese mismo caso. Allí estaba. En una nota a pie de página, ella mencionaba haber "descartado una pista falsa" que la llevaba exactamente a esa misma dirección incorrecta que yo había anotado y nunca había compartido con nadie.

Mi sangre se heló. ¿Cómo podía saberlo?

Revisé otro caso, uno sobre una red de falsificadores. Recordaba haber pasado una noche entera siguiendo una teoría loca sobre un tipo de tinta especial. La descarté a la mañana siguiente porque era un callejón sin salida. Nunca se lo mencioné a nadie, era demasiado vergonzoso.

En el archivo de Sofía, encontré una referencia casual a "investigaciones preliminares sobre tintas exóticas que resultaron infructuosas".

Era imposible. Era como si ella hubiera estado dentro de mi cabeza, leyendo mis pensamientos, mis errores, mis callejones sin salida.

La idea era tan absurda que casi la descarto. Pero cuanto más comparaba mis notas privadas, mis borradores, mis ideas descartadas, con sus informes "brillantes", más patrones encontraba. Ella no solo conocía mis conclusiones correctas; también conocía mis errores, mis dudas, mis procesos de pensamiento.

Estaba a punto de profundizar en esta extraña conexión cuando la alarma de la comisaría sonó con estridencia.

"¡Todos los detectives a la sala de reuniones, ahora!", gritó la voz del Jefe por el intercomunicador. "Tenemos un código rojo. Múltiples homicidios en el Hotel Metropolitano".

La urgencia en su voz cortó mi investigación. El deber llamaba.

Me levanté, mi mente todavía dando vueltas a la imposible verdad que creía haber descubierto. Mientras corría hacia la sala de reuniones, sentí las miradas de mi equipo sobre mí. No eran de apoyo. Eran de aprensión.

"Jefa, ¿estás segura?", me preguntó en voz baja Martínez, el más joven de mi equipo. "Sofía ya está en camino. Dice que tuvo una visión".

Apreté los dientes. "Nosotros también vamos, Martínez. Es nuestro caso".

En el camino al Hotel Metropolitano, el ambiente en la camioneta era tenso. Mis hombres estaban nerviosos, mirando por las ventanas como si esperaran que Sofía apareciera de la nada y les robara la escena.

"Capitana, con todo respeto", dijo Garza, mi segundo al mando, "quizás deberíamos coordinarnos con Sofía. Si ella ya sabe algo...".

"No", lo corté. "Vamos a hacer nuestro trabajo. A mi manera".

Pero esta vez, "mi manera" sería diferente.

Si Sofía podía leer mis pensamientos, entonces yo tenía que dejar de pensar. O al menos, tenía que controlar lo que pensaba.

Llegamos al hotel. La escena era un caos de policías uniformados, paramédicos y cinta amarilla. Nos abrimos paso hasta la suite presidencial en el último piso.

Dentro, la escena era macabra. Tres cuerpos, todos ejecutivos de una corporación multinacional, yacían en el suelo. Habían sido asesinados de forma profesional.

Mi equipo empezó el procedimiento estándar: asegurar la escena, buscar testigos, llamar a forenses.

Yo, en cambio, hice algo diferente. Saqué una pequeña grabadora de voz de mi bolsillo.

"Elena Rojas, notas del caso", dije en voz alta, para que todos escucharan. "Hipótesis inicial: robo que salió mal. El sospechoso probablemente es un adicto desesperado. Buscar en los registros de delincuentes menores de la zona".

Mi equipo me miró como si estuviera loca. Era una teoría estúpida y simplista, y todos lo sabíamos.

Pero en mi mente, estaba construyendo una imagen completamente diferente. El profesionalismo de los asesinatos, la falta de entrada forzada, la identidad de las víctimas... todo apuntaba a un asesino a sueldo, probablemente contratado por un rival corporativo. Pensé en la seguridad del hotel, en los registros de acceso de las tarjetas llave, en las cámaras de seguridad del ascensor.

Pero no dije nada de esto en voz alta. Ni siquiera lo escribí. Mantuve mi mente enfocada en la pista falsa del "adicto desesperado".

Pasamos el resto del día y toda la noche trabajando en el caso. Mientras mi equipo seguía mis órdenes públicas, persiguiendo la pista falsa, yo trabajaba en secreto.

En un pequeño cuarto de servicio del hotel, lejos de todos, extendí los planos del edificio y los registros de las tarjetas llave que había conseguido discretamente. Mi mente trabajaba a toda velocidad, conectando puntos que solo yo podía ver.

A las 5 de la mañana, agotada pero segura, lo encontré.

Una sola tarjeta llave había sido utilizada para acceder al piso justo antes de la hora de los asesinatos, pero no pertenecía a ningún huésped registrado. La tarjeta había sido clonada. Rastreé el origen de la clonación hasta una pequeña tienda de cerrajería en las afueras de la ciudad, conocida por hacer trabajos sucios.

Tenía a mi sospechoso.

Estaba a punto de llamar a mi equipo, de darles la dirección y decirles que se prepararan para el arresto, cuando mi teléfono vibró.

Era una alerta de noticias.

"ÚLTIMA HORA: La detective prodigio Sofía Vidal resuelve el triple homicidio del Hotel Metropolitano. En una conferencia de prensa improvisada, Vidal acaba de anunciar el arresto de un sospechoso".

Mi corazón se detuvo. Encendí la pequeña televisión del cuarto.

Allí estaba ella, de pie frente a un enjambre de micrófonos, con el rostro pálido pero triunfante.

"Fue una visión terrible", decía, con la voz entrecortada. "Vi la codicia, la traición corporativa. Supe que no era un simple robo. Tuve que seguir mi instinto, que me llevó a un asesino a sueldo profesional...".

Detrás de ella, en la pantalla, mostraban una foto del sospechoso que acababan de arrestar.

Era el mismo hombre. El cerrajero de las afueras de la ciudad.

Y luego, para rematar, Sofía mostró la prueba clave que lo conectaba con el crimen: una tarjeta llave clonada, idéntica a la que yo tenía en mis manos.

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo una mezcla de rabia y un terror profundo.

Esta vez, no había notas que robar. No había informes que copiar. La pista era mía, existía solo en mi mente hasta hace unos minutos.

Y ella la conocía.

La desesperación me invadió. ¿Cómo se puede luchar contra un enemigo que vive dentro de tu cabeza?

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