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Portada de la novela Tu Amor Solo Existe Cuando Ella No esté

Tu Amor Solo Existe Cuando Ella No esté

Elena planeaba festejar dos años de matrimonio, pero Ricardo prefirió estar con Sofía, su antigua pareja. Ella descubre que su unión fue solo un acuerdo financiero para rescatar la empresa familiar. Aunque espera un hijo, Elena tolera el desprecio de su marido y las burlas de su amante. Al confirmar la traición de Ricardo, comprende que su bebé no debe vivir bajo esa sombra. Destrozada, decide firmar el divorcio y huir de una relación basada en mentiras.
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Capítulo 2

Hoy era nuestro segundo aniversario de bodas.

Me quedé sentada sola en la enorme mesa del comedor, la comida que había preparado con esmero ya se había enfriado. La luz de las velas parpadeaba, proyectando sombras solitarias en las paredes.

Ricardo no estaba en casa.

Supe dónde estaba sin necesidad de preguntar. El corazón de un hombre siempre se inclina hacia donde reside su verdadero amor.

La casa estaba silenciosa, un silencio pesado que oprimía el pecho. Cada tic-tac del reloj de pie en el pasillo parecía burlarse de mi espera.

Me levanté, la silla raspó contra el suelo de mármol con un sonido estridente. Me acerqué a la ventana y miré la ciudad iluminada. En algún lugar, allá afuera, Ricardo estaba con Sofía.

No podía seguir así.

Conduje hasta su despacho. Sabía que a veces trabajaba hasta tarde, pero una pequeña parte de mí, una parte tonta y esperanzada, deseaba encontrarlo solo, enterrado en papeles, para poder decirle que lo extrañaba.

La luz de su oficina en el último piso estaba encendida. Subí en el ascensor privado, el corazón latiéndome con una mezcla de pavor y determinación. La puerta de cristal estaba entreabierta.

Y entonces los vi.

No estaban trabajando. Estaban de pie junto al gran ventanal que dominaba la ciudad, muy juntos. Ricardo reía, una risa genuina y despreocupada que no había oído en mucho tiempo. Su mano estaba en el cabello de Sofía, acariciándolo con una ternura que me era dolorosamente familiar. Sofía se inclinó hacia él, su rostro resplandeciente de felicidad.

Se veían como una pareja perfecta, una imagen que me excluía por completo.

Un dolor agudo me atravesó el pecho, tan intenso que me dejó sin aliento. Mi mano, que había estado descansando protectoramente sobre mi vientre, se apartó bruscamente, como si el contacto quemara.

En ese instante, en el silencio de ese pasillo, tomé una decisión. Se acabó. Todo había terminado.

No entré. No grité. Simplemente me di la vuelta y me marché, mis pasos resonando en el vacío.

Mientras conducía a casa, los recuerdos de los últimos dos años pasaron ante mis ojos como una película borrosa. Nuestro matrimonio había sido un acuerdo, un contrato para salvar el negocio de mi padre. Ricardo, un abogado brillante de una familia influyente, necesitaba una esposa dócil y presentable. Yo necesitaba salvar a mi familia de la ruina.

Al principio, fue un matrimonio frío y distante. Dormíamos en habitaciones separadas y apenas intercambiábamos palabras. Pero poco a poco, con mi cuidado y mi paciencia, las cosas empezaron a cambiar. Empecé a prepararle el desayuno, a asegurarme de que su ropa estuviera siempre impecable, a escucharlo cuando llegaba cansado del trabajo.

Y él empezó a notarlo. Empezó a sonreírme, a hablarme de su día, a buscar mi compañía. Una noche, entró en mi habitación y no se fue. A partir de ahí, nuestro matrimonio de conveniencia se transformó. Me enamoré de la ternura que escondía bajo su fachada pragmática, y creí, tontamente, que él también se estaba enamorando de mí.

Vivimos un año de felicidad tranquila y doméstica. Me sentía la mujer más afortunada del mundo. Había logrado convertir un arreglo de negocios en un hogar de verdad.

Hasta que Sofía regresó.

Sofía, su primer amor, la mujer que lo había dejado por un hombre más rico años atrás, había vuelto a la ciudad, divorciada y aparentemente arrepentida. Su regreso fue como una tormenta que arrasó con la frágil paz que habíamos construido. Ricardo cambió de la noche a la mañana. Volvió a ser distante, irritable, y su teléfono se llenó de mensajes y llamadas de ella.

El clímax de mi humillación llegó hace una semana, en una cena de gala. Sofía se acercó a nuestra mesa, fingiendo sorpresa. Llevaba un vestido deslumbrante y una sonrisa calculadora. Ricardo se tensó a mi lado.

"Elena, qué gusto verte. Ricardo me ha hablado tanto de ti," dijo Sofía, su voz melosa pero sus ojos llenos de veneno.

Yo sonreí, apretando mi bolso con fuerza debajo de la mesa. Dentro había un pequeño sonajero de plata que le había comprado a nuestro futuro bebé, un secreto que planeaba revelarle a Ricardo esa noche.

"Sofía. He oído mucho de ti también," respondí, mi voz más firme de lo que me sentía.

La conversación fue tensa. Sofía monopolizó a Ricardo, recordando viejos tiempos, chistes internos que yo no entendía. Me sentí como una extraña en mi propio matrimonio. Ricardo, en lugar de poner límites, se dejó llevar, sus ojos fijos en ella, como si yo no existiera.

Esa noche, cuando llegamos a casa, no le dije nada sobre el bebé. El momento se había arruinado. El sonajero de plata se sentía pesado y frío en mi bolso, un símbolo de mis esperanzas rotas.

Y ahora, después de verlos juntos en su oficina, entendí que no había esperanza que salvar.

Había sido una tonta al creer que podía competir con un primer amor.

Para Ricardo, yo solo había sido un consuelo conveniente. Sofía siempre fue su verdadero norte.

Y yo, con nuestro hijo creciendo dentro de mí, no iba a permitir que nos trataran como una opción secundaria.

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