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Portada de la novela Tres hermanos, una reina

Tres hermanos, una reina

Stephanie es expulsada de su hogar tras el regreso de la hija biológica de sus padres, a pesar de sus logros comerciales. Su suerte cambia al ser acogida por una influyente familia; tres hermanos poderosos, expertos en negocios y milicia, se convierten en sus protectores ante cualquier difamación. Mientras su familia original implora perdón públicamente, ella triunfa al comprometerse con el mayor magnate del planeta, despertando una envidia global.
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Capítulo 3

Los dos guardias de seguridad se acercaron y, sujetando la bicicleta de Stephanie, se dispusieron a quitarla de en medio.

Ella no se molestó en oponer resistencia; ya había perdido la cuenta de cuántas veces la habían subestimado por su edad.

Con calma, sacó el celular, preparó el pulgar sobre la pantalla y declaró: "Esperen. Muéstrenle esto a los Elliott. Soy la doctora Clayton, me invitaron para una consulta médica".

La doctora Clayton era el nombre profesional que usaba en el Instituto Nacional de Biotecnología e Investigación.

Los guardias se encogieron de hombros, indiferentes. "¿Doctora Clayton? Nunca hemos oído hablar de nadie así. Anda, muévete y no sigas bloqueando la entrada".

Con un suspiro de resignación, Stephanie negó con la cabeza. No importaba lo lejos que hubiera llegado; siempre habría gente dispuesta a juzgarla por su apariencia.

Antes de que pudiera hacer un nuevo intento, una voz familiar interrumpió el alboroto: "¿Stephanie? ¿Qué haces aquí? ¿No se suponía que tenías que volver corriendo al campo?".

Al girarse, la joven se encontró cara a cara con Aimee.

Esta mostró una mueca de desprecio. "Lugares como este no son para alguien como tú".

Aimee, que recién comenzaba a estudiar pintura al óleo en la Universidad Veridia, había llegado al hotel con la esperanza de conocer al pintor Carlos Russell. Toparse con Stephanie allí era lo último que se esperaba.

El vestíbulo estaba lleno de gente famosa y Aimee sintió cómo sus mejillas se encendían al pensar que alguien pudiera relacionarla con Stephanie, cuya ropa sencilla y apariencia modesta contrastaban por completo con la elegancia de la multitud.

Desesperada por guardar las apariencias, Aimee intentó apartarla a toda prisa.

Stephanie apenas le prestó atención y se dio la vuelta sin dudar.

En realidad, la consulta de Waylon Elliott nunca le había importado, así que no tenía ningún problema en irse.

De pronto, unos gritos estallaron cerca de la entrada principal del hotel.

"¡Ayuda! ¿Hay algún médico? ¡Alguien acaba de desmayarse!".

La multitud rápidamente se amontonó alrededor del alboroto.

"¡Miren sus labios, se le están poniendo morados! Y tiene la cara pálidísima. No para de temblar. ¿Se va a morir?".

"Está empapada en sudor, lleva la camisa chorreando...".

Sin dudarlo un instante, Stephanie se montó en su bicicleta y aceleró hacia el centro del alboroto.

"¡Stephanie, ¿a dónde vas?!", gritó Aimee, apresurándose a seguirla.

Cuando Stephanie llegó al lugar, lo que vio la hizo detenerse.

En el suelo, una joven yacía con un lado del cuerpo visiblemente más grande que el otro, y sus rasgos faciales extrañamente desproporcionados. Su cuerpo temblaba intensamente, y sus extremidades se retorcían en ángulos extraños. Su boca y sus ojos se desviaban bruscamente hacia un lado y su expresión estaba completamente distorsionada.

La condición era inconfundible: un caso extremadamente raro de hemihipoplasia.

"¿Nació así?".

"Qué aspecto tan extraño tiene...".

"Por favor, todos hacia atrás. Soy médica".

Stephanie sacó su estetoscopio e inició un examen rápido pero minucioso: le revisó las pupilas a la joven y le auscultó el corazón y los pulmones.

Aimee observaba desde el borde del círculo, asombrada por la habilidad con la que Stephanie trabajaba. Finalmente, incapaz de contenerse, espetó: "¡Stephanie! ¿Qué demonios crees que haces? ¡¿Cómo te atreves a hacerte pasar por doctora?!".

La aludida le lanzó una mirada firme y respondió: "Cállate".

Sin dejarse afectar por la apariencia deformada de la joven, la apartó suavemente del sol y la colocó a la sombra.

Decidida a impedir que Stephanie se luciera, Aimee alzó la voz para que todos la oyeran: "¡Escuchen todos! ¡La conozco! ¡No es médica de verdad! Solo está fingiendo. Si la dejan seguir, ¡va a matar a esta pobre chica! ¡Hay que detenerla ya!".

"Pues parece que sabe lo que hace", comentó una mujer entre la multitud.

"Lleva un estetoscopio. Quién sabe, a lo mejor es doctora de verdad. No deberías juzgarla tan a la ligera". Un hombre asintió, dándole la razón a la mujer.

"¡Están equivocados! ¡Es imposible que sepa nada de medicina! ¡Va a matar a esta pobre chica!", gritó Aimee, con más fuerza si cabe, sin dar su brazo a torcer.

Se abalanzó hacia delante, intentando apartar a Stephanie. "¡Basta ya! ¿Acaso has estudiado medicina? ¡Apártate y no molestes!".

Sin perder la calma, Stephanie la miró directamente a los ojos. "Si no puedes ayudar, al menos no estorbes. No compliques más las cosas".

Ignorando el caos a su alrededor, abrió su mochila y sacó un botiquín metálico compacto, lleno de frascos, jeringas y herramientas estériles perfectamente organizadas.

Sacó un frasco blanco, extrajo una pastilla azul y, con mucho cuidado, ayudó a la joven a tomarla.

Los segundos pasaron lentamente. Las convulsiones amainaron hasta desaparecer por completo. Finalmente, la joven se quedó quieta, con la respiración ya regular y sosegada.

El silencio fue absoluto, hasta que Aimee gritó: "¡Stephanie, ¿qué has hecho?! ¡La mataste!".

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