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Portada de la novela Traspaso de Sangre

Traspaso de Sangre

La astuta Ariadna Thorne lo pierde todo ante la implacable ambición de Dante Moretti. Para rescatar el patrimonio de su familia, se ve obligada a firmar un pacto matrimonial de un año con el magnate que la traicionó. Convertida en su esposa de apariencia y aliada corporativa, ella oculta un plan de sabotaje contra él. Sin embargo, en medio de este duelo de voluntades y misterios, una pasión irrefrenable pone en jaque sus deseos de venganza.
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Capítulo 1

La lluvia de Manhattan golpeaba los ventanales del piso sesenta con la fuerza de un verdugo impaciente. Para Ariadna Thorne, el sonido no era relajante; era el cronómetro de su propio funeral. En la pantalla táctil de la mesa de caoba, los gráficos rojos seguían cayendo. El Grupo Thorne, la joya de la corona que su abuelo había fundado y que ella había expandido con una ferocidad casi religiosa, estaba siendo devorado vivo.

No fue un error de cálculo. Fue un asalto.

-¿Están todos fuera? -preguntó Ariadna sin girarse. Su voz era un hilo de acero, seco y cortante.

-Los abogados se han retirado, señora Thorne. Solo queda... él.

Ariadna cerró los ojos un segundo. Él. Dante Moretti. El hombre que había pasado la última década intentando encontrar una grieta en su armadura, y que finalmente había usado un mazo para abrirla.

-Déjalo pasar, Marcus. Y vete a casa. Ya no hay nada más que proteger aquí.

La puerta de doble hoja se abrió con un clic casi silencioso, pero la presencia que inundó la oficina fue ensordecedora. Dante no caminaba, colonizaba el espacio. El olor a sándalo y cuero caro precedió a su figura alta, enfundada en un traje a medida de tres piezas que parecía una armadura moderna.

Dante no dijo nada al principio. Se acercó al mueble bar, se sirvió un whisky de los Thorne y caminó hacia el ventanal, parándose justo detrás de ella. Ariadna podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una provocación física en medio de la frialdad de su derrota.

-Tienes una vista excelente del cementerio que acabas de crear, Ariadna -dijo Dante. Su voz era un barítono profundo, impregnado de una satisfacción que no intentaba ocultar.

Ariadna se giró, obligándose a sostenerle la mirada. Sus ojos grises estaban encendidos, no con lágrimas -ella no se permitía ese lujo- sino con un odio puro y concentrado.

-Viniste a regodearte, Dante. Adelante. Hazlo rápido. Tengo una empresa que liquidar y una dignidad que recoger del suelo.

Dante soltó una risa seca, dejando el vaso sobre la mesa de cristal.

-No he venido a ver cómo liquidas nada. He venido a ofrecerte una fusión. Una muy distinta a la que intentamos hace cinco años.

Él deslizó una carpeta de cuero negro sobre la superficie pulida. Ariadna la miró como si fuera una serpiente.

-He comprado el 51% de tu deuda -continuó él, acortando la distancia entre ambos hasta que ella pudo ver el reflejo de las luces de la ciudad en sus pupilas oscuras-. Mañana a las nueve de la mañana, puedo ejecutar el embargo y desmantelar Thorne Industries. Venderé los edificios, liquidaré las patentes y dejaré a tus tres mil empleados en la calle solo por el placer de borrar tu apellido de este mapa.

Ariadna apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas.

-O -añadió Dante, bajando el tono-, puedes firmar el documento que hay dentro de esa carpeta.

Ariadna abrió la carpeta con dedos temblorosos. No eran documentos financieros. No era una orden de venta. Era un contrato civil. Un acuerdo matrimonial. Sus ojos recorrieron las cláusulas con incredulidad: Duración: 12 meses. Convivencia obligatoria. Apariciones públicas conjuntas. Cláusula de fidelidad absoluta...

-¿Un matrimonio? -Ariadna soltó una carcajada amarga-. ¿Estás tan desesperado por validación que tienes que comprarte una esposa, Dante? ¿O es que el gran Moretti no puede conseguir que una mujer lo soporte sin una orden judicial?

Dante no se inmutó ante el insulto. Dio un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que Ariadna tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.

-Necesito el apellido Thorne para la fusión con el consorcio asiático. Ellos valoran la tradición, la "estabilidad familiar". Tú necesitas mi capital para que tu empresa no desaparezca. Es un intercambio de activos, Ariadna. Yo te doy el oxígeno que tu empresa necesita para sobrevivir, y tú me das la imagen de la pareja más poderosa de Nueva York.

-Es una humillación -susurró ella.

-Es una adquisición -corrigió él-. Durante un año, serás mi esposa trofeo. Cenarás conmigo, dormirás bajo mi techo y sonreirás a la prensa mientras sostienes mi brazo. A cambio, el día trescientos sesenta y seis, te devolveré las acciones de tu familia. Limpias. Sin deudas.

Ariadna miró el contrato. Era un pacto con el diablo escrito en tipografía elegante. Si aceptaba, se convertía en su posesión. Si se negaba, destruía el legado de tres generaciones.

-¿Y si me niego? -preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Dante se encogió de hombros con una indiferencia cruel.

-Entonces mañana Thorne Industries será una nota a pie de página en el Wall Street Journal. Y tú serás la mujer que dejó morir el sueño de su abuelo por una cuestión de ego. La elección es tuya, cara mia.

Ariadna caminó hacia la ventana, observando las luces de la ciudad que antes dominaba. Se sentía como un animal acorralado, pero su mente, esa mente que Dante tanto admiraba y temía, ya estaba trabajando. Él creía que la estaba comprando. Creía que al tenerla en su casa, bajo su nombre, ella se doblegaría.

"No me conoces, Dante", pensó ella. "Crees que el contrato es tu correa, pero para mí es una llave".

Si entraba en la casa de Moretti, tendría acceso a sus archivos, a sus debilidades, a su red de contactos. Si iba a ser su esposa, sería la ruina que él mismo invitaría a entrar en su cama.

Se giró lentamente. Dante estaba apoyado en el borde de su escritorio, observándola con una paciencia depredadora. Sabía que la tenía.

-Una cláusula más -dijo Ariadna, su voz recuperando esa frialdad ejecutiva que la caracterizaba-. No habrá contacto físico que no sea estrictamente necesario para la fachada pública. Dormiremos en habitaciones separadas.

Dante enarcó una ceja, una chispa de diversión -o quizás de desafío- cruzó sus rasgos.

-Aceptable. No tengo interés en forzar a una mujer que me odia a mi cama. Mi cama está llena de mujeres que me desean, Ariadna. Lo que quiero de ti es tu presencia, tu nombre y tu derrota diaria al recordar que ahora me perteneces.

Ariadna tomó la pluma estilográfica de oro sobre la mesa. El peso del metal parecía el de una cadena. Firmó con un trazo rápido y agresivo, dejando una mancha de tinta al final, como una gota de sangre sobre el papel blanco.

-Felicidades, Dante -dijo ella, lanzando la carpeta hacia él-. Acabas de comprarte el mayor problema de tu vida.

Dante recogió la carpeta, cerrándola con un golpe seco. Se acercó a ella, y por un momento, Ariadna pensó que iba a romper su propia regla de no tocarla. Él extendió la mano, pero no para estrechar la suya, sino para apartar un mechón de cabello rebelde de la cara de Ariadna. El roce de sus dedos contra su mejilla fue eléctrico, una advertencia de que este año no sería solo una batalla de documentos, sino de voluntades.

-No te confundas, Ariadna -murmuró él, inclinándose hasta que su aliento rozó su oído-. No te compré porque fueras un problema. Te compré porque eres la única mujer que vale la pena destruir.

Dante se retiró, caminando hacia la puerta con la confianza de quien acaba de ganar la guerra. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.

-El coche te recogerá mañana a las siete. No traigas mucho. Mi casa tiene todo lo que podrías desear. Excepto, quizás, una salida.

La puerta se cerró. Ariadna se quedó sola en la inmensidad de su oficina vacía. El silencio era pesado, roto solo por el latido desbocado de su corazón. Miró sus manos; estaban temblando.

Caminó hacia su escritorio y se sentó en la silla de cuero que ya no le pertenecía. Abrió un cajón oculto y sacó una pequeña unidad USB que contenía los protocolos de emergencia de la empresa. La apretó con fuerza.

Dante Moretti creía que la había capturado. Él pensaba que ella era el trofeo en su estantería. Lo que él no entendía era que el activo más peligroso en cualquier empresa es aquel que no tiene nada que perder.

-Disfruta de tu victoria, Dante -susurró Ariadna a la oscuridad-. Va a ser la más corta de tu carrera.

La lluvia seguía cayendo sobre Manhattan, pero el funeral de Ariadna Thorne se había cancelado. Ahora, empezaba la cacería.

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