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Portada de la novela Tras Una Noche De Lluvia

Tras Una Noche De Lluvia

La vida de un hombre común cambia drásticamente al salvar a Jazmín de las garras de un mafioso y sus adicciones. Héctor se sumerge en un peligroso mundo criminal que termina costándole la vida. Tras su muerte, Jazmín conoce a Jackeline, una mujer con amnesia que sueña con ella y parece ser la reencarnación de Héctor. Unidas por el destino, ambas deberán decidir si siguen en el hampa o buscan redención protegiendo a jóvenes víctimas de abusos sistemáticos.
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Capítulo 3

De repente, como recordando algo importante, ella corrió hasta el baúl del auto e intentó abrirlo. Me puse de pie y le pregunté qué estaba haciendo. Fue por las llaves y volvió. Supuse que habría dejado algo guardado. Allí dentro encontramos una rueda de auxilio y una caja de metal cerrada con candado, similar a las cajas de seguridad de algunos bancos. Era pesada y debimos levantarla juntos. La llave del candado estaba junto a las del auto; y, cuando la abrimos, quedamos asombrados: estaba hasta el tope de dinero. Jazmín gritó de repente, me agarró del brazo y dio varios saltitos. Estaba eufórica y yo aún no caía en la cuenta: de la noche a la mañana se habían arruinado las posibilidades de conseguir el ascenso por el que tanto había trabajado, casi me matan, fui cómplice de asesinato, robé un auto y terminé huyendo con un montón de dinero junto a una prostituta de apariencia infantil.

Volví a soltar una carcajada, se me aflojaron las piernas y caí junto al auto. Ella me rodeó con los brazos, me abracé a sus piernas y me dio repetidos besos en la cabeza. Luego la miré, se inclinó, pasé la mano por su nuca y nos besamos.

Tenía una extraña sensación de felicidad. Mi vida se había arruinado y había mejorado al mismo tiempo. Continuamos nuestro viaje más relajados, con la tranquilidad que tienen quienes no le deben nada a nadie. Aunque ahora sé que la policía, la mafia y seguramente algún fiscal opinaban distinto.

Nos detuvimos para comer en un parador igual a tantos otros que hay por ahí. Pedimos un par de sánguches de lomito, papas fritas con bastante ketchup y un par de cervezas. Yo había pedido agua, pero ella cambió esa orden en seguida.

Mientras esperábamos, charlábamos sobre nuestro próximo destino. Podíamos ir al norte, al sur, al oeste... Prácticamente hacia donde quisiéramos. Ella sonreía cada vez que reconocía el nombre de un lugar famoso al que nunca había ido. Era maravilloso verla tan alegre. La gente nos miraba indiferente, hasta que Jazmín tomó una de las cervezas y le dio un largo trago.

_ ¡Señor! ¡Las cervezas son para usted! ¡Acá no se sirve alcohol a menores! –me recriminó la mesera.

El aspecto alegre de Jazmín desapareció por completo.

_ ¡¿Y quién te dijo que soy menor, la puta que te parió?!

_ ¡Bueno…! ¡A mí me parece una menor!

_ ¡Y a mí me parece que te voy a denunciar por discriminación! ¡Acabo de cumplir dieciocho y tomo cerveza desde los quince! ¡Así que si no me dejás chupar en paz porque soy petisa te podés meter la birra en el orto! ¡O en la concha! ¡Donde te guste más!

La mesera, roja de vergüenza, largó un tímido “Disculpen” y fue a atender otra mesa. Los murmullos se silenciaron cuando Jazmín miró a la gente que estaba en el lugar y gritó “¡¿Qué carajos hablan ustedes?! ¡Díganlo fuerte, así escuchamos todos!”

Yo estaba a la vez atónito y alegre. No por su lenguaje de camionero, sinó por oírla decir que es mayor de edad. La mesera podría haber dudado y exigirle su documento de identidad, pero no lo hizo ni yo tampoco. Con lo que ya había vivido esta chica, si era mayor o menor de edad, ¿a quién le importaba?

Dicen que los cambios son buenos, y que las crisis son también oportunidades. Gracias a Jazmín, pude perder la timidez y aprovechar cada una de las chances que se me presentaron desde entonces. Si no fuese así, seguiría teniendo la misma vida que antes.

Hoy sé que aquélla noche de lluvia fue una bendición.

Jazmín no pudo con su enorme malhumor, y tuvimos que irnos del parador sin terminar de comer. No tuvimos que pagar por la comida, pero yo me quedé con hambre.

Más adelante, nos registramos en un complejo de cabañas en la pequeña ciudad de Colón, provincia de Entre Ríos. La mujer que nos atendió, una amable anciana de cabello enrulado lleno de canas, nos registró como “Señor Pérez e hija”, y recibió alegre el pago anticipado por una semana. Por suerte, aceptó la historia de que perdimos los documentos en un robo.

Las cabañas eran de madera color marrón oscuro, y tenían en el frente un farol que despedía una débil luz amarilla. Había en el centro del complejo, en la intersección de pasillos que separan las cabañas, un gran árbol adornado con un anillo de flores cerca de su base. Por uno esos pasillos, orientado de este a oeste, la luz crepuscular entraba creando un reflejo rojizo en las cabañas y en torno al árbol. Todo esto, al atardecer, era muy romántico.

Entramos en la cabaña número tres, que contaba con una minúscula cocina, baño y una habitación con una cama de dos plazas y un catre. La ventana daba hacia una calle muy poco transitada; y, tras ésta, el río Uruguay.

Traíamos dos bolsos en los que cargábamos el contenido de la caja; aunque dejamos atrás parte de él. Y es que, debajo del dinero, que sumaba alrededor de doscientos mil pesos, había cuatro bolsas de cocaína, dos armas automáticas cargadas y cartuchos de repuesto. A Jazmín le temblaron las manos, se le tensionó el rostro y debió reprimirse muchísimo para no quedarse con una de las bolsas. Sentí lástima por ella al verla agarrarse la cabeza dentro del auto mientras yo arrojaba la droga a un arroyo cercano.

Ahora que lo pienso, es por eso que había estado de tan mal humor en el parador aquél. Por suerte, al llegar a las cabañas de alquiler, se tranquilizó; aunque era obvio que no le había gustado nada que la encargada del lugar creyera que era mi hija. De hecho, cuando pasábamos cerca de la oficina de recepción, Jazmín me abrazaba y me besaba apasionadamente en un intento de que la mujer se alterase. Sin embargo, no lo logró. Yo supuse que era alguien muy distraída o que no se metía en los asuntos de los demás, cualidad más que apreciada seguramente.

La primera noche decidimos visitar un bar. A diferencia de aquél en que nos conocimos, en éste había mesas y sillas, además de unos cuantos bancos metálicos junto a la barra, el piso era de parqué, el techo tenía una araña de cristal y, a diferencia de la mesera del parador, aquí nadie se preocupó por la apariencia de mi cómplice. Esto le permitió relajarse. Luego de tres botellas y media de cerveza, me animé a preguntarle lo que antes no había querido saber:

_ ¿De verdad tenés dieciocho años?

_ Convendría que tenga dieciocho, ¿no?

_ ¡Y…! ¡Para que no te echen de estos lugares…! ¡Bastante!

_ Si no parecés mayor, les das guita y te dejan en paz. Si no hay guita… hay que saber chamullar.

_ Entonces no tenés...

_ Entonces estás preguntando algo de lo que no quiero hablar y que no te conviene saber.

_ ¿Por qué no me conviene saber?

_ Y... Si yo soy menor... Estás con una menor. Y según la ley...

_ Según la ley deberíamos estar presos.

Ella me sonrió. Tomó la botella de cerveza y se bebió el medio litro que quedaba directamente del pico de una sola vez. Comenzaba a preocuparme por su forma de tomar.

_ ¿Dirías que una menor puede tomar así? –me preguntó.

Lo pensé unos segundos.

_ Diría que no.

_ Estarías equivocado.

¿Si era o no era mayor de dieciocho? La verdad es que no estoy seguro. En realidad, no me importa.

Me quedé pensando un rato.

_ ¿Por qué no nos mató aquél barman? –pregunté más para mí que para Jazmín.

Ella se pasó una mano por el pelo y bajó la mirada, como dudando si debía responder.

_ Es que… Él estaba muy enganchado conmigo. Me quería comprar.

_ ¿Comprar? ¿Cómo que comprar?

_ Le iba a pagar un fangote de guita a mi… al tipo que matamos. Si éste aceptaba, me dejaba ir y no tenía que laburar más. Pero me tenía que ir con aquél, y yo no quería; así que iba a ser un problema.

_ ¿No te gustaba?

Negó con la cabeza.

_ Es muy fiero. Además, es un hijo de puta. Se mete de todo y se pone violento.

_ ¿Drogadicto?

_ ¡Puf…! ¡Yo tengo problemas, pero él…! Y me daba para que nos droguemos juntos.

_ ¿Así es como te volviste adicta? ¿Cuando lo conociste a él?

Negó con la cabeza.

_ Eso fue antes.

_ ¿Y cómo…?

_ Creo que ya hablamos suficiente de mi vida. Hablemos de vós.

Me tomó desprevenido. Mi vida era tranquila comparada con la suya, al menos hasta que la conocí.

_ ¿Siempre te dejás forrear?

_ No me dejo forrear. Es que…

_ ¿Qué?

No sabía qué decir. Claro que me dejaba forrear. Lo había hecho siempre a lo largo de mi vida: en el barrio con mis vecinos, en la escuela y, finalmente, en el trabajo. Me habían faltado el respeto una y otra vez. Y, como suele suceder cuando uno se reprime por mucho tiempo, algunas veces había explotado: una suspensión en la escuela, un vecino lastimado, una computadora arrojada por las escaleras en la oficina… Esto último había hecho que me despidieran de mi primer trabajo. Supongo que, si las cosas no hubieran cambiado, tarde o temprano hubiera vuelto a explotar.

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