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Portada de la novela Tras Una Noche De Lluvia

Tras Una Noche De Lluvia

La vida de un hombre común cambia drásticamente al salvar a Jazmín de las garras de un mafioso y sus adicciones. Héctor se sumerge en un peligroso mundo criminal que termina costándole la vida. Tras su muerte, Jazmín conoce a Jackeline, una mujer con amnesia que sueña con ella y parece ser la reencarnación de Héctor. Unidas por el destino, ambas deberán decidir si siguen en el hampa o buscan redención protegiendo a jóvenes víctimas de abusos sistemáticos.
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Capítulo 1

Decía tener dieciocho años. En mi mente, era una niña. Su mirada a veces inocente y a veces maliciosa, su cuerpo de aspecto infantil y su metro treinta de altura, su pelo largo color castaño con las puntas quemadas por el sol, ocultaban a la ladrona profesional que se gestaba en su interior. La primera vez que la vi estaba en el lugar menos pensado: el asqueroso baño de un bar de mala muerte. Sentada sobre la tapa del inodoro, acurrucada y temblando por dos días de no satisfacer su adicción a ciertas drogas cuyos nombres no quiso mencionar; allí estaba Jazmín. La más hermosa criatura que hubiera visto. Los ojos más dulces.

Oír música variada en el auto a lo largo de la ruta, su cabeza apoyada en mi regazo mientras duerme, pasar los dedos por su pelo ondulado mientras conduzco... Es algo que siempre me hace sentir bien. Son esos momentos que no se pueden pagar, momentos en que olvido que huimos de la policía, que nos esperan muchos años bien merecidos de cárcel si nos atrapan y que pueden matarnos en cada parada, en cada hotel, en cada esquina…

Mirando así las cosas, nunca hemos tenido mucho tiempo de descanso. El tiempo nunca estuvo de nuestro lado.

De hecho, ayer la fiscal de la provincia que investiga nuestro caso dijo a la prensa que habría una recompensa por información sobre nuestro paradero. Dormiremos en el auto por un tiempo. Por lo menos hasta que nuestros rostros dejen de aparecer en televisión todos los días.

Es temporada de cítricos, y los campos tienen un delicioso aroma a naranjas que llega hasta este descapotable que conseguimos casi regalado. Lo hubiéramos obtenido gratis si, a la hora de la negociación, hubiera sacado la nueve milímetros; pero eso sólo hubiera llamado la atención. Tuvimos suerte de que el vendedor no reconociese nuestros rostros de la tele. Cada desayuno tranquilos, cada noche juntos y, más importante aún, cada salida del sol que contemplamos con una sonrisa, es un regalo de los dioses y compensa todo lo sufrido. Libertad a cambio de lucha y sangre. No es algo exactamente bueno, pero…

Por otro lado, a veces miro con curiosidad a aquellos que viven en la monótona rutina diaria: se levantan, desayunan, cumplen con un trabajo las más de las veces miserable y mal pagado al que odian; y, cuando ya perdieron todo el día, se van a dormir. Toman somníferos para dormir y antidepresivos para no cortarse las venas, se emborrachan una vez a la semana para compensar por unas horas la carga laboral de la semana y se vuelven locos si no tienen una conexión a internet. Tienen la ilusión de ganar dinero, se compran aparatos electrónicos y sacan ropa a crédito. Y aún se preguntan qué es ese vacío que sienten por dentro. Sé que no soy nadie para juzgarlos; pero, de vez en cuando, siento lástima por ellos.

Asaltos en pequeños almacenes y autoservicios nos permiten vivir el día a día. Y los usuales cambios de apariencia nos ayudan a pasar inadvertidos. Unas veces soy su padre y otras su tutor; pero casi siempre que estamos en público mucho tiempo la gente sospecha. En verdad parece una niña, pero fuma, se emborracha y putea peor que muchos adultos que he conocido.

Cuando ella despierta en las mañanas, aunque hayamos pasado la noche bajo la lluvia o en un hotel lleno de ratas, el beso de los buenos días que me dan sus labios borra de mi mente todos los dolores y sustos.

Recuerdo cómo todo comenzó.

Eran pasadas las 12 de la noche, el calor y la humedad acosaban dondequiera que no hubiese aire acondicionado, y yo terminaba de pasar a máquina un informe contable para la jefa del área de la empresa en que trabajaba y cuyo nombre ahora ni recuerdo.

Fui el último de la oficina en irse, y no vi a nadie al salir. Ni siquiera al empleado de seguridad. Éste de seguro estaba durmiendo. Al salir, se largó a llover. Caminé apurado, ridículamente encorvado y cubriéndome pobremente con el maletín la media cuadra que hay desde la puerta del edificio hasta la avenida; y mis anteojos se cayeron a la calle. Los hubiera levantado, pero un taxi que no llegué a parar les pasó por encima. Estaba empapado, y seguramente también lo estaban los papeles que se hallaban dentro del maletín y que debía entregar a más tardar a las nueve de la mañana. Mis zapatos nuevos de cuero, mi traje, mi trabajo y hasta mi ánimo estaban arruinados. Me dije a mí mismo “adiós al ascenso”. Aún más: Me preguntaba si me suspenderían o despedirían.

Luego de mojarme otro tramo caminando hasta un árbol bajo el cual me refugié, levanté la vista y vi del otro lado del asfalto un cartel luminoso que decía “ABIERTO DE DÍA Y DE NOCHE”.

No tenía idea de qué era el lugar. Nunca lo había notado, a pesar de tener la parada del colectivo muy cerca de allí y de cruzar la calle corriendo justo por ahí todos los días. Solía estar tan preocupado que no tenía la percepción muy despierta.

Al entrar, sentí una ola de aire aún más caliente que el de afuera; y había mucho olor a humo. Pero, al menos, era un lugar seco; a excepción del alcohol derramado sobre la barra y el piso. El lugar tenía paredes rojas de madera, pisos que bajaban y subían uno o dos escalones por vez a medida que uno se adentraba, pequeñas alfombras sucias y viejas repartidas en distintos rincones, y muchos bancos de madera distribuidos en el salón. Me senté tímidamente en un banco que estaba junto a la barra y se veía bastante sucio, miré al barman y éste me dijo “¡¿No me diga que está lloviendo?!”, provocando un estrépito de risas a mi alrededor. No había notado o no había querido notar las miradas que me dirigían desde todas direcciones. Lleno de vergüenza, me levanté y giré hacia la puerta, dispuesto a salir sin mayor solución. De cualquier modo, ya nada podría mejorar mi situación. O eso pensé mientras caminaba, cuando un trapo dio contra mi nuca. Volteé enojado y miré al barman que me decía entre risas “¡Séquese tranquilo! Allá en el fondo está el baño. Vaya y retuerza esa ropa un poco que se va a resfriar. Después viene y me dice si quiere tomar algo”. No sabía si se burlaba aún o lo decía en serio. Pensé en irme ofendido, tratando de salvar un poco de dignidad, si es que quedaba algo de ella. Confuso y agradecido, tomé el repasador y me encaminé hacia el fondo.

Golpeé la puerta del toilette, único baño del lugar y sin discriminación de géneros. Nadie contestó. Al abrir la puerta carente de picaporte, todavía temblando, me hallé frente a una pequeña figura femenina que temblaba aún más que yo. Vestía una campera lila con capucha y calzaba unos pequeños zapatos negros. Recuerdo haber pensado cuán adorables se veían sus pies. Estaba sentada sobre la tapa del inodoro, acurrucada como una niña y temblando como si tuviese miedo. Su rostro estaba pálido, tenso y como compungido; y tenía la mirada perdida. Giró los ojos hacia mí y quedé atónito y sin aliento. Tenía una mirada tan profunda, casi como si fuese hipnótica, que no pude hacer más que quedarme viéndola un largo rato. Al verme allí paralizado, ella irguió lentamente su torso, corrió hacia atrás la capucha y quitó de su rostro unos mechones de pelo. Retrocedí un paso e iba a salir, cuando ella hizo señas con la mano para que me acercase. Supuse que necesitaba que la ayude a levantarse; pero, al acercarme, rápidamente me desabrochó el cinto del pantalón. Sorprendido, tomé sus manos y la detuve.

_ ¿Qué hacés? –le pregunté.

Me miró a los ojos.

_ Un bucal. Cincuenta pesos.

_ No quiero –dije, soltando sus manos.

_ Bueno, treinta –insistió.

_ Hacéme el favor y salí de acá que tengo que secarme un poco –le exigí, sin entender todavía por qué una chica tan pequeña se estaría prostituyendo.

Salió lentamente y entré.

Luego de retorcer mis ropas y secarme el rostro y el pelo con el repasador, salí del maloliente baño y vi que la chica estaba de pie frente a la barra, se tomaba de los brazos, temblaba y miraba a un hombre calvo que le tiraba besos. Él le mostró un billete de cien pesos. Inmediatamente fui hasta ella y la tomé del brazo antes de que fuese con él. A pesar de las protestas del sujeto, me la llevé a un rincón. Le hablé casi con susurros.

_ No deberías hacer esto. Sós muy chica, y ellos son unos degenerados. Si querés ayuda, decílo. Alguien te va a poder ayudar.

Hizo un gesto como de incredulidad.

_ Te merecés algo mucho mejor –continué.

Se pasó la mano por la cara y vi caer algunas lágrimas de sus ojos.

_ ¿Y cómo me podés a ayudar?

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