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Portada de la novela Traición Familiar, Amor Roto

Traición Familiar, Amor Roto

Elena enfrenta una pesadilla cuando su hija requiere una cirugía urgente y descubre que su suegra derrochó sus ahorros en una estafa. Para salvar a la pequeña, vende sus bienes en secreto, pero la codicia familiar vuelve a dejarla sin fondos. Ante la furia de su marido y las constantes traiciones, Elena decide fingir obediencia mientras orquesta una venganza implacable. Su objetivo es acorralar y destruir a quienes jugaron con la vida de su hija.
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Capítulo 3

Los días siguientes fueron una tortura cuidadosamente orquestada. Camila comenzó a mostrarse más débil, su respiración se volvía superficial con cualquier pequeño esfuerzo. Se quejaba de dolores en el pecho, su carita contraída en una mueca de sufrimiento que me partía el alma.

El Dr. Morales nos había dado unas pastillas "para controlar los síntomas mientras conseguíamos el dinero", y Camila las tomaba sin protestar.

Una noche, mientras la arropaba en su cama, me susurró con una vocecita temblorosa.

"Mami, ¿me voy a morir?"

La abracé con fuerza, luchando por contener mis propias lágrimas.

"No, mi amor. No vas a morir. Mami no lo va a permitir. Te pondrás bien, te lo prometo."

Pero mis promesas sonaban huecas sin el dinero para respaldarlas. Ricardo se estaba desmoronando. Lo encontraba caminando de un lado a otro por la casa, llamando a amigos para pedir préstamos ridículos que nadie le concedería. Era un hombre sin trabajo estable, que vivía de mi éxito como diseñadora de moda. Su desesperación era patética.

"¡Elena, tenemos que hacer algo!", me suplicaba cada noche. "¡Mira a Camila! ¡Se está apagando! ¡No podemos quedarnos de brazos cruzados!"

Yo asentía, mi rostro una máscara de preocupación compartida.

"Lo sé, Ricardo. Estoy pensando. Estoy buscando opciones."

Pero mis acciones eran muy diferentes a mis palabras. Una tarde, mientras Ricardo había salido en otra de sus inútiles búsquedas de dinero, hice una llamada. No a mis padres, como él me había sugerido mil veces. Llamé a mi asistente personal, Laura.

"Laura, necesito que hagas algo por mí. Es urgente y completamente confidencial", le dije, mi voz baja y firme.

"Lo que necesite, señora Elena."

"El departamento que tengo en Polanco, el que mis padres me regalaron cuando me gradué. Quiero que lo vendas."

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

"Pero, señora, ese departamento vale una fortuna… y es suyo, personal."

"Lo sé. Véndelo. Rápido. No me importa si no obtienes el mejor precio, necesito el dinero líquido para el fin de semana. ¿Puedes hacerlo?"

"Sí, señora. Moveré mis contactos. Para el viernes tendrá el dinero en su cuenta personal."

"Gracias, Laura. Nadie debe saber de esto. Nadie."

Colgué el teléfono y respiré hondo. El departamento era mi refugio, mi plan de escape si las cosas con Ricardo alguna vez salían mal. Era mi independencia. Y la estaba sacrificando. Pero no por las razones que todos pensaban.

El viernes por la tarde, mi teléfono vibró con una notificación del banco. La transferencia se había completado. Más de cinco millones de pesos estaban ahora en mi cuenta.

Esa noche, cuando Ricardo llegó a casa, derrotado y con los hombros caídos, lo esperé en la sala.

"¿Alguna noticia?", preguntó, sin mirarme.

Levanté la vista de mi tableta y le ofrecí una pequeña sonrisa.

"Sí. De hecho, tengo buenas noticias."

Sus ojos se abrieron de par en par.

"¿Qué? ¿Conseguiste algo?"

"Conseguí todo", dije, y le mostré la pantalla de mi tableta con el saldo de mi cuenta.

Ricardo se quedó sin aliento. Miró la cifra, luego a mí, luego de nuevo a la cifra. No podía creerlo.

"¡Elena! ¡Dios mío! ¿Cómo? ¿De dónde sacaste tanto dinero?"

Me encogí de hombros, restándole importancia.

"Tenía algunas inversiones de las que no te había hablado. Decidí liquidarlas. Lo importante es que ya tenemos el dinero para la cirugía de Camila."

Él se arrodilló frente a mí y tomó mis manos, sus ojos llenos de lágrimas de gratitud.

"¡Eres increíble! ¡Me salvaste! ¡Salvaste a nuestra hija! ¡No sé cómo pagártelo, Elena! ¡Te amo! ¡Te amo tanto!"

Me besó las manos, el rostro, los labios. Yo acepté sus besos, mi cuerpo rígido, mi mente fría como el hielo.

"Hago lo que sea por mi familia, Ricardo", dije, mi voz suave como la seda.

Él se levantó, eufórico, y corrió a la habitación de Camila.

"¡Cami, mi amor! ¡Tenemos el dinero! ¡Te vas a poner bien! ¡Tu mamá nos salvó!"

Escuché los gritos de alegría de mi hija y el llanto de alivio de mi esposo. Doña Sofía salió de su cuarto, atraída por el alboroto, y Ricardo le dio la noticia. Incluso ella pareció aliviada, aunque murmuró algo sobre que la Torre de Energía seguramente había "atraído la buena fortuna".

Esa noche, la casa estaba llena de una falsa sensación de paz y esperanza. Ricardo me abrazaba en la cama, susurrando promesas de amor eterno.

Pero mientras él dormía, yo miraba el techo en la oscuridad. El primer anzuelo estaba en el agua. Ahora solo tenía que esperar a que los peces picaran.

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