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Portada de la novela Traición en el Altar, Venganza en la Cocina

Traición en el Altar, Venganza en la Cocina

Tras ser plantada en el altar por Alejandro Castillo, la protagonista se refugia en su humilde puesto de tacos. Sin embargo, un pacto familiar la obliga a casarse con su antiguo verdugo para proteger el negocio de su padre frente a los Sandoval. Bajo la presión de Doña Elena, ella acepta el compromiso con un plan oculto: orquestar una farsa extravagante y asfixiante que fuerce la anulación. En este juego de poder, su boda será el arma perfecta para cobrar venganza.
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Capítulo 2

El olor a cebolla y cilantro frito llenaba el aire de la calle, una nube de vapor que salía del puesto de Sofía Vargas y se mezclaba con el ruido de la Ciudad de México, el humo de los coches y los gritos de los vendedores ambulantes. Sofía se movía con una rapidez que hipnotizaba, su cuchillo picaba la carne al pastor del trompo con una precisión de cirujano, sus manos armaban los tacos sin siquiera mirar, una tortilla caliente, un montón de carne, un poco de piña, cebolla, cilantro y la salsa verde que era su secreto mejor guardado.

"¡Dos con todo, jefa!", gritó un cliente.

"Van saliendo", respondió ella sin dejar de moverse, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Llevaba un delantal de mezclilla manchado de grasa y salsa, una coleta alta y una mirada que decía "no te metas conmigo". Su puesto, "Tacos La Revancha", era su orgullo, su fortaleza, el negocio que había construido con sus propias manos y el sudor de su frente después de que su vida se hiciera pedazos.

Pedro, su ayudante, un tipo flaco y bigotón con el apodo de "El Chilango", le pasaba las tortillas calientes. "Hay un güey de traje que no deja de mirarte, Sofi. Parece perdido, como si nunca hubiera visto un puesto de tacos en su vida".

Sofía ni siquiera levantó la vista. "Seguro es un inspector de sanidad. Sírvele un taco, a ver si se le quita lo amargado".

Pero cuando finalmente miró hacia el frente, el cuchillo se detuvo en el aire.

El hombre del traje no era un inspector.

Era Alejandro Castillo.

El mismo Alejandro que la había dejado plantada en la iglesia hacía cuatro años, con el vestido de novia puesto y la fiesta pagada. El mismo que se había largado al extranjero por una "oportunidad de negocio irrepetible" sin darle la cara, mandándole solo un miserable mensaje de texto.

El corazón de Sofía se detuvo un segundo y luego empezó a latir con una furia sorda. Habían pasado cuatro años, pero el recuerdo seguía ahí, fresco como una herida mal cerrada. Recordó la vergüenza, las miradas de lástima de los invitados, la cara de decepción de su padre. Recordó haber llorado hasta quedarse sin lágrimas y luego haber jurado que nunca más volvería a depender de un hombre.

Alejandro había cambiado. Se veía más hombre, más seguro. El traje carísimo le quedaba perfecto, el reloj en su muñeca brillaba bajo la luz amarillenta del foco del puesto. Pero la sonrisa, esa sonrisa arrogante y encantadora, era la misma que la había enamorado de niña.

Se acordó de cuando eran mocosos en el barrio. Él siempre la molestaba, le jalaba las trenzas, le robaba los dulces. Un día, ella se hartó y le rompió la nariz de un puñetazo. En lugar de llorar, él se había reído, con la sangre corriéndole por la cara, y le había dicho: "Un día te vas a casar conmigo, Sofía Vargas, ya verás". Y por un tiempo, casi lo cumple.

Ahora estaba ahí, parado frente a su puesto, mirándola como si fuera la única persona en la calle.

"Sofía", dijo él, su voz más grave que como la recordaba.

"¿Qué quieres?", respondió ella, su voz cortante como el cuchillo que sostenía.

"Vine a buscarte".

Sofía soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría. "¿A buscarme? ¿Después de cuatro años? Se te hizo un poco tarde, ¿no crees? La iglesia ya la cerraron".

La gente alrededor empezó a notar la tensión. Pedro se puso a un lado de Sofía, como un guardaespaldas listo para la acción.

"Sé que te debo una explicación", dijo Alejandro, ignorando al resto del mundo.

"No me debes nada", lo cortó Sofía. "Y yo no te vendo tacos a ti. Lárgate de aquí".

Justo en ese momento, un coche de lujo se detuvo detrás de Alejandro y de él bajó una mujer que parecía sacada de una revista de modas. Alta, delgada, con un vestido blanco impecable y unos tacones que costaban más que todo el puesto de Sofía. Era Camila Sandoval, una influencer famosa que salía en todos los blogs de chismes.

Camila se acercó a Alejandro y lo tomó del brazo con una familiaridad que a Sofía le revolvió el estómago.

"Ale, mi amor, ¿qué haces en este lugar tan... pintoresco? Te he estado esperando", dijo con una voz melosa, mirando el puesto de Sofía con un claro desprecio.

Alejandro se soltó del agarre de Camila con suavidad pero con firmeza. "Camila, por favor, espérame en el coche. Tengo algo que arreglar".

"Pero, Ale...", insistió ella, haciendo un puchero.

"En el coche", repitió él, con un tono que no admitía réplica.

Camila lo fulminó con la mirada, luego le lanzó una mirada asesina a Sofía y se fue de regreso al auto, dando un portazo.

Alejandro se volvió hacia Sofía, su expresión ahora era seria, casi suplicante.

"Sofía, por favor. Solo cinco minutos".

"Ya te dije que te largues. Aquí estoy trabajando, no tengo tiempo para tus estupideces".

"No me voy a ir hasta que hablemos", insistió él.

"Entonces te vas a quedar ahí parado toda la noche, porque yo no tengo nada que decirte".

Sofía se dio la vuelta y siguió picando la carne con una furia contenida, cada golpe del cuchillo era un insulto que no le decía en voz alta. Pero su pulso estaba acelerado y sus manos temblaban ligeramente.

Alejandro no se movió. Se quedó ahí, de pie, en medio del caos de la noche, con su traje caro y su aire de millonario, esperando. Y por primera vez en cuatro años, Sofía sintió que el muro que había construido alrededor de su corazón comenzaba a tener grietas.

Él no se rindió. Se quedó hasta que Sofía atendió al último cliente. Cuando ella y Pedro empezaron a recoger, él seguía ahí.

"Déjame ayudarte", ofreció.

"No necesito tu ayuda", espetó ella.

Pero Alejandro ignoró su rechazo. Empezó a recoger las sillas, a limpiar las mesas. Pedro lo miraba con desconfianza, pero no dijo nada.

Cuando terminaron, Alejandro se paró frente a ella de nuevo. La calle estaba casi vacía.

"Me equivoqué, Sofía", dijo en voz baja, su arrogancia completamente desaparecida. "Fui un cobarde y un idiota. Dejarte fue el peor error de mi vida y he vuelto para arreglarlo. He vuelto por ti".

Sofía lo miró a los ojos, buscando la mentira, la trampa. Pero solo vio un arrepentimiento que parecía dolorosamente real.

Y eso, más que cualquier otra cosa, la asustó.

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