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Portada de la novela Traición de Tacos y el Torero

Traición de Tacos y el Torero

El célebre torero Ricardo Sánchez preparó con esmero un mole para celebrar su aniversario, pero Sofía lo despreció por unos tacos que trajo Mateo, su asistente. Tras una fuerte disputa donde ella defendió al empleado y golpeó a Ricardo, el diestro abandonó el lugar sintiéndose humillado. Con el orgullo herido por la falta de respeto de su pareja, el protagonista ahora diseña un plan calculado para que Sofía se arrepienta de su amarga traición.
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Capítulo 2

El olor a mole poblano llenaba la casa, un aroma espeso y complejo que tardaba horas en construirse, capa por capa, como los cimientos de un buen matrimonio. Ricardo "El Toro" Sánchez se movía por la cocina con la misma precisión y gracia que una vez tuvo en la plaza de toros. Sus manos, que antes habían dominado a bestias de quinientos kilos, ahora picaban chiles y tostaban especias con una dedicación casi religiosa. Hoy era su aniversario, y había preparado el platillo favorito de Sofía, el que su propia abuela le enseñó a hacer, un tesoro familiar que nunca compartía con nadie más que con ella.

El teléfono vibró sobre la encimera de granito. Era un mensaje de su compadre, Chuy, el dueño de una cantina cerca de la oficina de Sofía. Ricardo secó sus manos en el delantal y abrió el mensaje. No era texto, era una captura de pantalla del Instagram de un tal "Mateo_El_Charro".

En la foto, Sofía reía a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás. A su lado, un joven con un traje de mariachi demasiado ajustado y una sonrisa demasiado brillante la miraba con una familiaridad que a Ricardo le revolvió el estómago. La mano del joven descansaba en el respaldo de la silla de Sofía, a escasos centímetros de su hombro. El pie de foto decía: "Celebrando otro éxito con la jefa más increíble. ¡Gracias por la oportunidad, Doña Sofía!".

Ricardo sintió una punzada de extrañeza. Sofía no le había mencionado ninguna celebración. Y nunca, jamás, permitía que sus empleados le llamaran "Doña". Odiaba esa palabra, decía que la hacía sentir vieja.

Dejó el teléfono y volvió a la olla del mole, pero el aroma ya no le parecía tan apetitoso. La duda era una gota de veneno en un vaso de agua limpia, expandiéndose lentamente hasta contaminarlo todo.

La puerta principal se abrió casi a medianoche. Sofía entró, dejando caer su portafolio de diseñador en el suelo con un ruido sordo. Se quitó los tacones con un suspiro de alivio.

"Qué día, por Dios, qué día", dijo, caminando hacia la cocina.

"Feliz aniversario, mi amor", dijo Ricardo, forzando una sonrisa. Señaló la mesa, elegantemente puesta para dos. "Te preparé una sorpresa".

Sofía miró la mesa, luego la olla humeante. Su expresión no fue de alegría, sino de cansancio.

"Ay, Ricardo, qué lindo. Pero estoy muerta. No tengo hambre".

Justo en ese momento, sonó el timbre. Sofía frunció el ceño.

"¿Esperas a alguien?"

"No", respondió Ricardo, confundido.

Sofía caminó hacia la puerta y la abrió. Era el joven de la foto, Mateo. Sostenía una bolsa de papel manchada de grasa.

"¡Señora Sofía! Se le olvidaron sus tacos", dijo con su sonrisa ensayada. "No podía dejar que se fuera sin cenar después de un día tan pesado. Le traje los de su puesto favorito, los de suadero con todo".

Sofía le sonrió, una sonrisa genuina y radiante que Ricardo no había visto en semanas.

"¡Mateo, eres un ángel! Me salvaste la vida. Estaba muerta de hambre".

Tomó la bolsa y se giró, viendo a Ricardo parado en la entrada de la cocina. La sonrisa se desvaneció de su rostro.

"Ah, Ricardo. Él es Mateo, mi nuevo asistente".

Mateo extendió la mano. "Mucho gusto, señor. Mateo Rodríguez, para servirle".

Ricardo lo ignoró. Su mirada estaba fija en la bolsa de tacos en la mano de Sofía, y luego en la mesa puesta, en el mole que había tardado ocho horas en preparar. El desprecio era tan claro como un golpe en la cara. Ella había rechazado su festín de aniversario por unos tacos grasientos de la calle traídos por su asistente.

"No tenías hambre", dijo Ricardo, con la voz plana, sin emoción.

Sofía se encogió de hombros. "Bueno, es que estos tacos... son mi debilidad. Y fue un detalle de Mateo".

Abrió la bolsa y el olor a cebolla cruda, cilantro y carne frita invadió el espacio, eclipsando el aroma complejo del mole. Sacó un taco y le dio una gran mordida, cerrando los ojos con placer.

"Deliciosos", murmuró.

En ese instante, algo dentro de Ricardo se rompió. El coraje y la desilusión le subieron por la garganta como bilis. Se sintió como un idiota, un payaso que había montado un circo para una reina que prefería el aserrín de la calle. Se dio la vuelta sin decir una palabra y entró a la cocina.

El teléfono de la casa sonó. Sofía contestó, con la boca todavía llena.

"¿Mamá? Sí, todo bien... No, no, Ricardo está aquí".

Hizo una pausa, escuchando. Ricardo podía oír la voz chillona de su suegra, Doña Elena, a través del auricular.

"No, mamá, no estamos peleando. Simplemente estoy cansada... Sí, Mateo me trajo unos tacos, es un encanto de muchacho... ¿Ricardo? Ah, se puso un poco intenso porque preparó la cena y yo no quise. Ya sabes cómo es de dramático. Un ex-torero, qué esperabas".

Ricardo sintió que la sangre le hervía en las venas. ¿Él era el dramático? ¿Él era el intenso?

Salió de la cocina y le arrebató el teléfono a Sofía.

"Doña Elena, buenas noches", dijo con una calma aterradora. "Su hija está perfectamente. Está disfrutando de unos tacos que le trajo su asistente. Al parecer, son mejores que el mole que le preparé por nuestro aniversario".

"¡Ricardo, qué te pasa! ¡Devuélveme el teléfono!", gritó Sofía, tratando de alcanzarlo.

"No se preocupe, suegra. Su hija está en buenas manos. El joven Mateo parece muy... servicial", continuó Ricardo, ignorando a Sofía. "¿Sabe qué? Le voy a enviar una foto para que vea lo contenta que está".

Colgó el teléfono antes de que Doña Elena pudiera responder. Abrió la galería de su celular, encontró la captura de pantalla que le mandó Chuy y se la reenvió a su suegra con un simple mensaje: "El servicial asistente de su hija. Qué cercanos se ven, ¿no cree?".

Sofía lo miraba con furia y desconcierto. "¡Estás loco! ¿Qué hiciste?"

"Yo no hice nada, Sofía. Tú lo hiciste todo", respondió él. "Tú preferiste a este... payaso y sus tacos sobre tu marido y tu casa".

Se acercó a la olla del mole, la tomó con ambas manos, caminó hacia el fregadero y, sin dudarlo un segundo, vació todo el contenido por el desagüe. El sonido del espeso y oscuro líquido desapareciendo fue el sonido de su paciencia agotándose.

Se giró hacia Mateo, que seguía parado en la puerta como un pasmarote.

"¿Te gustan los tacos, muchacho?", le preguntó Ricardo con una sonrisa torcida.

"Eh... sí, señor", balbuceó Mateo.

"Qué bueno", dijo Ricardo. "Porque creo que tu jefa y tú van a tener tacos para rato".

La furia en su interior ya no era solo furia. Era una idea. Una idea terrible, grandiosa y absolutamente necesaria. Una idea que olía a salsa picante y a venganza.

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