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Portada de la novela Ese príncipe es una chica: La compañera esclava cautiva del malvado rey

Ese príncipe es una chica: La compañera esclava cautiva del malvado rey

Disfrazada de príncipe para ocultar su feminidad, una joven termina atrapada en el bastión del reino bestia tras intentar rescatar a su hermana. A pesar de sus esfuerzos por no llamar la atención entre los esclavos, el temible y cruel soberano de los licántropos desarrolla un interés peligroso en ella. En un entorno hostil que desprecia a la humanidad, ella deberá luchar por proteger su secreto y sobrevivir a la obsesión del despiadado monarca.
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Capítulo 2

Veintiún años después Perspectiva del príncipe Emeriel

"Es tan bonito", murmuró alguien.

"Es el príncipe femenino", dijo otro.

"Ningún hombre debería tener un cabello tan hermoso", comentó un tercero, con los ojos llenos de lujuria.

El príncipe Emeriel los ignoró a todos mientras se trasladaba desde los terrenos del palacio hasta el edificio, con la cabeza en alto. Aunque estaba acostumbrado a la atención no deseada, eso no significaba que no se le pusiera la piel de gallina.

Aunque había vivido como un hombre toda su vida, eso no lo había mantenido seguro. Los hombres de Navia introducían su pene en cualquier agujero, especialmente si este pertenecía a alguien que luciera remotamente femenino.

Por esa razón, Emeriel siempre estaba en alerta máxima y probablemente esa era la razón por la que era la única persona de veintiún años virgen en Navia. Debía ser eso y que su hermana, la princesa Aekeira, hacía todo lo que estaba en su poder para protegerlo y asegurarse de que sus secretos permanecieran ocultos.

Sus padres habían perdido la vida en un accidente de carruaje hacía quince años y el rey Orestus los había adoptado. Desde entonces, el tirano les hacía la vida imposible.

Emeriel entró al pasillo y comenzó a caminar hacia los aposentos de su hermana, cuando escuchó un sonido particular: gemidos. Eran suaves y llenos de dolor. Y ese sonido venía de…

'¡Otra vez no!', pensó Emeriel, con la sangre hirviéndole.

Decidido, corrió por el pasillo, abrió la puerta de un empujón y desenvainó su espada. "¡Lord Murphy, aléjate de mi hermana ahora mismo, o juro por el cielo que te cortaré eso que tienes parado!", gruñó.

"Vete, principito. Estás arruinando la diversión", respondió el ministro de Asuntos Humanos, con el rostro contraído por la molestia, dejando de embestir.

Emeriel odiaba el calificativo de "principito", pero no tanto como odiaba que lo llamaran "príncipe menudo". A lo largo de los años, los navianos le había dado muchos apodos gracias a su aspecto pequeño y femenino.

"¡Aléjate de ella ahora mismo!", dijo Emeriel, caminando con determinación hacia la cama.

Acto seguido, agarró a Lord Murphy, lo apartó de Aekeira y le metió un golpe satisfactorio, con el que el viejo patán cayó al suelo. Por su parte, la víctima se levantó de la cama, abrazándose para cubrir su vulnerable cuerpo; su rostro estaba rojo por el llanto y tenía los ojos cansados e hinchados.

"Lo siento mucho, Keira. Perdóname", dijo Emeriel, abrazando a su hermana con fuerza.

"No fue tu culpa".

"¡¿Por qué chingados hiciste eso?!", escupió Lord Murphy, levantándose enojado. "Me gané a la princesa Aekeira de manera justa en el juego de cartas en la reunión de anoche. ¡El rey la apostó y perdió contra mí! ¡Se supone que la tendría al menos durante dos horas!".

"Lord Murphy, si vuelves a ponerle las manos encima, te juro por el cielo que te cortaré el pene", declaró Emeriel, con la ira ardiendo en sus pupilas.

"¡No te atreverías!".

"Aceptaré con gusto cualquier castigo que el rey me dé, pero te quedarás sin tu hombría", declaró el príncipe con convicción. "Elige sabiamente".

Lord Murphy abrió los ojos de par en par, mientras cubría rápidamente su entrepierna con las manos.

"¡El rey se enterará de esto!", gruñó el ministro, con el rostro rojo por la ira. Luego agarró su ropa y salió de la habitación.

"Ay, Em, ¿por qué hiciste eso?", preguntó Aekeira, con los ojos llenos de preocupación. "El rey podría castigarte otra vez con el látigo caliente".

"No me importa. Vamos a mi recámara", respondió Emeriel, enfundando su espada; no se atrevió a mirar a su hermana a los ojos, pues estaba al borde de las lágrimas. Después de que ayudó a Aekeira a vestirse, la escoltó por el pasillo.

Una vieja culpa recorrió a Emeriel. Aekeira siempre lo protegía, incluso si eso la convertía en el único objetivo. Y aunque su hermana no lo odiaba por eso, él sí lo hacía.

Aekeira siempre estaba alegre y feliz, pero en momentos como ese, cuando la violaban, se veía cansada; no era un cansancio normal... sino un cansancio del mundo. Parecía que le preocupaba cuál sería el próximo aristócrata al que el rey la entregaría.

Mucho más tarde, y ya refrescada, la joven se acostó en la cama y cerró los ojos.

"Em, ¿te digo algo? Cuando era joven, mi peor pesadilla era que me vendieran a un aristócrata en Cavar, pero ahora, casi deseo que nuestro rey sin corazón hubiera seguido adelante con ese plan", susurró Aekeira.

"Por favor, no digas eso", respondió Emeriel, agarrándola de la mano. "En ese reino suceden cosas espantosas. Cualquier lugar es mejor que Cavar, hermana. Bueno, excepto lo que hay más allá de la gran montaña, por supuesto".

El solo pensar en eso hizo que Emeriel se estremeciera, pues ese era el lugar donde vivían los Urekais.

"A veces desearía poder abandonar este reino olvidado de los Dioses", comentó Aekeria, mientras una lágrima se resbala por su mejilla.

'Yo también, Keira. Yo también', pensó su hermana.

•••••••••

Esa noche, después de bañarse, Emeriel se paró frente al espejo y contempló su reflejo. Su largo cabello, negro y sedoso, caía sobre sus hombros, como si fuera una cascada. Con el pelo suelto, parecía lo que realmente era: una chica.

Se preguntó cómo sería vivir libremente como la persona en su reflejo. ¿Viviría con miedo del próximo hombre que quisiera abusar de ella, como lo hacían con su hermana?

Emeriel fantaseaba con casarse con el hombre de sus sueños, uno protector y lo suficientemente poderoso para mantenerla salvo, protegerla de los depredadores y levantarla del suelo con inmensa fuerza y amor.

Sabía que todo eso era una fantasía, pero le proporcionaba un dulce consuelo. A fin de cuentas, la realidad era demasiado fea. Sacudiéndoselo de encima esa idea, se metió a la cama y cerró los ojos. En segundos se quedó dormida. . .

Los sueños de Emeriel comenzaron como siempre.

Había un hombre, parado en la puerta, oculto en las sombras. Era más grande y masculino que cualquier varón que hubiera visto en su vida. De hecho, era tan alto como un gigante, lo que la hacía sentir no solo diminuta, sino como una presa acorralada.

"¿Quién eres?, preguntó Emeriel, con voz temblorosa y llena de miedo. "¿Qué quieres de mí?", añadió.

"Eres mía", dijo el desconocido, con una voz tan profunda como un trueno. "Existes para estar de rodillas frente a mí, o boca arriba. Para que te coja tan fuerte que te tiemblen las rodillas. Para que te penetre tan fuerte que tus agujeros queden abiertos, abiertos para mí. Y para rogar por mi verga todo el tiempo. Eres solo mía".

Emeriel sintió que el rostro le ardía por la sorpresa. Estaba tan escandalizada que se puso de pie de un salto y respondió: "¡N-no deberías decirme cosas tan inapropiadas! ¡Está mal!".

Sin embargo, eso no detuvo al hombre misterioso, que entró en su cuarto, emergiendo desde las sombras. Mientras lo hacía, su cuerpo se transformó en el de... una bestia.

Eso era lo más aterrador que Emeriel había visto en su vida: un Urekai.

"¡Por los Dioses!", exclamó la chica, respirando entrecortadamente, mientras el pánico se apoderaba de ella. De todos los cambiaformas del mundo, ¡¿por qué tenía que enfrentarse a un Urekai?!

Este último avanzó con seguridad y clavó sus ojos amarillos, llenos de hambre, sobre ella.

"¡No, no, no! ¡Déjame en paz!", gritó Emeriel, haciéndose hacia atrás mientras sacudía la cabeza. "¡Guardias! ¡Alguien ayúdeme!", exclamó.

Sin embargo, nadie acudió a salvarla.

La bestia saltó a la cama, se colocó encima de ella y la inmovilizó con su cuerpo. Luego, le desgarró la ropa con sus garras, exponiendo el vulnerable cuerpo femenino a sus ojos amarillos. Acto seguido, separó las piernas de la mujer con sus poderosos muslos, alineó su descomunal y monstruoso pene en la vagina de la chica, aún virgen, y la penetró... .

Emeriel se despertó sobresaltada con un grito. Todavía temblando y con el cuerpo empapado en sudor, recorrió con la mirada la habitación vacía.

"Fue solo un sueño", susurró temblando. "Gracias a los Dioses. Solo fue un sueño".

Sin embargo, esa pesadilla se había vuelto un sueño recurrente desde hacía meses.

"¿Por qué sigo teniendo un sueño tan aterrador?", se preguntó la joven, pasándose la mano por el pelo, tras pasar saliva con dificultad.

A Emeriel la asustaba mucho la idea de encontrarse con un Urekai. De hecho, nadie en el mundo rezaba para encontrarse a uno en su vida, especialmente no ella.

Sin embargo, a pesar de que todavía estaba aterrorizada, sentía un calor en el cuerpo. Se dio cuenta de que su vagina se sentía diferente; estaba húmeda.

Se preguntó qué significaba eso.

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