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Portada de la novela Tempesatad. Entre el amor y el odio

Tempesatad. Entre el amor y el odio

Nadir Figueiro y Lianet Limonta viven sumergidos en un conflicto constante donde la pasión y la enemistad colisionan. Rodeados de prejuicios y malentendidos externos, ambos han desarrollado una visión equivocada sobre quién es el otro en realidad. Esta distorsión los sumerge en un vínculo destructivo que confunde el cariño con la aversión. Pese a la lucha por reprimir sus sentimientos, el azar los cruza una y otra vez. ¿Podrá la atracción vencer al rencor acumulado?
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Capítulo 3

Se queda paralizada al ver la increíble visión del joven más hermoso que sus ojos han visto del otro lado del río, montado en un imponente caballo que se para en dos patas, al tiempo que un relámpago seguido de un rayo ilumina todo alrededor. Aunque quiere no puede apartar sus ojos de los azules del joven que la mira fijamente, como si ella fuera una visión. Al fin reacciona y corre a esconderse detrás de un matorral, junto a su caballo.

Cuando vuelve a asomarse, la imagen del joven vaquero la deja estupefacta. No está segura si lo que ve es real o su imaginación. Lo cierto es que la hermosa visión del apuesto joven vaquero hace que su corazón salte acelerado y le alivie un poco el dolor de lo que no hace mucho vivió.

Unos momentos antes…

Baja despacio por las escaleras de la habitación en que la ubicaran después que llegara del aeropuerto a la casa de su padre. Todo le parece extraño y atemorizante. ¿A dónde he venido a parar?Se pregunta en lo que camina por el salón.Por favor diosito lindo, protégeme, creo que no podré aguantar y sola, aquí solo conozco a mi papá y ahora a Lina la ama de llaves que parece ser una buena persona.

Tengo que resistir por mi madre, ella se esfuerza mucho por tal que yo estudie y se veía muy cansada antes de que yo viniera, y ese viaje lo necesitaba para poder terminar de reunir el dinero de la beca en Alemania. Y , no tenía con quien dejarme, porque los vecinos que eran como nuestra familia, se marcharon hace un mes para Francia.

Es por eso que no le quedó más remedio que llamar a papá, yo sé que él me quiere, pero Rosario, me va a hacer la vida imposible y qué decir de mi medio hermano Carlos. Tendré que tratar de areglármelas, pero no se como.

—¡Oye tú, niña! —escucha una voz áspera a sus espaldas. —¿Cómo fue que dijiste que te llamabas?

—Perdón, no tuve tiempo de decirlo —responde girando para enfrentarla— me llamo Lianet Limonta López , pero todos me llaman Lia , señora Rosario.

—Bien dicho, ¡señora Rosario! —Enfatiza muy fuerte. —¡Y que nunca se te olvide!

—No, señora.

—¡Y ni pienses que me creo la historia que eres hija de Manuel! —Sigue hablando en muy mal tono. —¡No sé qué se traen entre manos tu madre y tú, pero ni loca voy a dejar que quieran coger parte de mi fortuna que con mucho sacrificio hemos logrado Manuel y yo!

—No señora, mi madre y yo, no estamos interesadas en la fortuna de mi papá.— Expresa Lianet con una voz casi inaudible y bajando la cabeza , sus manos tomadas que tiemblan de puros nervios.

—¡La fortuna de tu padre! Ja, ja, ja… ¡No me hagas reir criatura del infierno, esa fortuna es mía y de mi hijo y no pienso compartirla con nadie! ¿Me escuchas? ¡Con nadie!

—Señora, yo..

—¿Qué quieres decir? Yo…, no yo… ¡Tú aquí no eres nadie! ¡Nadieeee! —sigue vociferando su madrastra Rosario. —¡Así que ya lo sabes y no te quiero ver merodeando dentro de la mansión! ¿Entendido?

—Como usted diga ,señora Rosario, haré lo que me pida. —responde Lianet, muy asustada.

—¡Desaparece de mi vista! —grita Rosario haciendo que ella salte asustada. Y dando la vuelta va a retirarse, pero se detiene ante el último grito de su madrastra.

—¡¡¡Ah…!!!! ¡Y mucho cuidado con ir a contarle a Manuel , si por casualidad me entero que le fuiste con el chisme, te las verás conmigo! ¿Entendido?

—Sí, sí señora Rosario, como usted ordene.

Ya casi está lista para retirarse cuando una nueva voz desde la escalera hace que se vuelva a detener.

—¡Pero madreeee! ¿Qué haces hablando con esa buena para nada? La embustera esta, mira que decir que es hija de mi padre. —Dice con muy mala forma el medio hermano de Lianet, avanzando hasta donde ellas se encuentran.

—Nada mi niño —dice Rosario tratando de endulzar su voz, sonando muy ridícula le parece a Lianet. — Solo le ponía las cosas en orden, para que no se esté creyendo cosas, no te preocupes, le dejé bien claro que la fortuna es tuya y que no la vamos a dividir con nadie.

—Eso mismo digo yo, mira que aguantar ese borracho de mi padre por tantos años, para ahora tener que compartir la fortuna con esta.

Sigue hablando con desdén. Lianet no dice nada solo está detenida hasta que vuelve a saltar asustada ante el grito que le da su madrastra.

—¡Pero aún estabas ahí muchacha, vete a tu cuarto o a no se donde! ¡Pero desaparece de nuestra vista!

—Está bien, ya me voy, ya me voy .

Y echa a correr, sin rumbo fijo, y , fue a dar a las caballerizas, alistó el mismo caballo negro que le había dado su padre, porque le daba confianza y salió a galopar sin rumbo. Mientras en su mente se repetía una y otra vez.

¿Que voy a hacer, que voy a hacer? Esos dos son el diablo en persona, sé que solo son dos meses, pero será muy difícil. Y continuaba galopando alejándose cada vez más de la finca. Cuando vino a darse cuenta, fue a parar a un árbol que quedaba cerca del río y ya había comenzado a lloviznar bastante fuerte.

Sin importarle el temporal que se avecinaba, se desmontó y se puso a observar tristemente el río. Vió aparecer de pronto a un hermoso cemental que relinchaba una y otra vez siendo respondido por unas yeguas del lado que se encontraba. La lluvia arreciaba y ella seguía extasiada mirando el animal,¡era realmente hermoso! Hasta que aparecieron unos pastores dirigidos por un joven que la lluvia no la dejaba ver muy bien.

Vio cómo enlazaban al animal y se lo llevaban. Ella no había dejado de observar toda la escena, y justo en ese momento cuando se había puesto de pie para marcharse, el joven se quedó mirándola fijamente a sus ojos como si no pudiera creer en lo que veía.

Ella le sostuvo la mirada y vio cómo si de una película se tratara, como su caballo se paraba en dos patas ante el sonido de un fuerte relámpago que iluminó todo, en especial sus increíbles ojos azules que no dejaban de mirarla, seguido de un rayo que hizo que saltara asustada.

—¡Jesús, María y José! —exclamó ante el aterrador sonido, pero sin poder apartar su mirada de la increíble y hermosa imagen que tenía delante de ella al otro lado del río embravecido —, hasta parece que el tiempo se ha confabulado para hacer esa presentación —susurró —, ¡son increíblemente guapos él y su caballo!

Ante otro rayo que retumbó corrió a refugiarse debajo del gran árbol cerca de su propio caballo que se movía inquieto. ¿Quién será aquel joven? ¿Será real? Se preguntaba, pues al volver a salir de detrás del matorral en que se parapetó del rayo. La lluvia era tan fuerte que no podía distinguir muy bien por lo lejos que estaba. Aunque le pareció ver que giraba en el lugar como si buscara algo o a alguien. Mejor me escondo. Se dijo asustada, no vaya a ser un maleante o un espía de la señora Rosario.

No sabía porque había pensado así, a lo mejor la mirada tan intensa y sorprendida que le dio el joven como si la grabara en su memoria o algo más la asustó. Pero su curiosidad era mayor que el miedo que le inspiraba su madrastra y todos los extraños que ponía a que la vigilaran.

¿Ya se habrá ido? Se preguntó sintiendo como la lluvia se volvía cada vez más fuerte haciendo que se percatara que debía regresar a la casa. Con temor salió de su escondite, pero al mirar, lo vio girando en el lugar como si la buscara. Su corazón comenzó a palpitar aceleradamente al encontrarse sus miradas por el medio de la lluvia un instante.

Volvió a esconderse sujetando su pecho, ¿qué es esto que siento? ¿Será miedo? ¿Por qué mi cuerpo tiembla, y mi corazón se agita? ¡Rayos! Creo que me voy a caer, mis rodillas no me sostienen, ¡que apuesto es ese joven! ¿Quién será? Se preguntaba sin dejar de observarlo.

Creo que me he confundido, no creo que sea un espía. Mira su pelo como lo mueve el viento y es bien alto, ¡ay por poco me ve! No puede ser que me haya seguido desde la casa, está del otro lado del río. Tonta Lianet, no es un espía, ¿o sí? ¿Quién será? ¡Oh! Que lástima, ya se fue. Bueno, si no fue una visión mía. ¡Uy, que susto! Salto al sonido de otro trueno. ¡Madre de Dios! ¡Qué rayos y qué lluvia!

Mejor regreso a la finca, el tiempo se ha puesto malísimo, ¡qué manera de llover! Nunca había visto una tempestad como esta. Vamos amigo, llévame sin perderte de regreso, no quiero que esa mujer me arme un escándalo. ¿Habrá regresado papá? Ojalá, de seguro que delante de él, no me maltratan, ¡arre! ¡Esta lluvia no me deja ver! ¿Quién me mandaría a montar a caballo sin averiguar el tiempo?

Avanza sin apenas ver, el aire y la lluvia la golpean fuertemente, hasta que después de media hora al fin suspira aliviada al ver aparecer a lo lejos la casa de su padre, se dirige al establo. Le quita ella sola la montura al caballo, lo seca un poco y lo mete en su lugar, para luego echarle comida. Todavía se queda un rato más allí, escuchando como llueve sin parar.

Cuando al fin hace un descanso y la lluvia es más suave. Corre hasta llegar a la casa, con tan mala suerte que cae de lleno de frente a la señora Rosario que la mira con odio.

—¿Qué crees que haces imbécil? —le grita ferozmente— ¡Echarás a perder toda la alfombra!

—Perdón señora, perdón —pide Lianet, quitándose los zapatos. —No sabía que iba a llover y salí a dar una vuelta a caballo y me cogió el tempestad.

—¿Quién te preguntó? ¡No me interesa nada de lo que hagas con tal que no entorpezcas mi vida! —grita con un vaso de tequila en la mano. —¿No te dije que no te quería ver merodeando dentro de la casa? ¡Piérdete de mi vista y que no te vuelva a ver! Chiquilla del demonio, ¡desaparece dije! ¡Y que no te vuelva a ver, me das dolor de cabeza! —sigue vociferando en lo que se aleja rumbo al bar de nuevo para servirse un trago de ron.

—¡No sé en qué estaba pensando el imbécil de Manuel al traerte! ¡¿Qué se habrá creído? Sabe muy bien el motivo por el que me casé con él, si papá no me hubiese obligado, no estaría atada a un hombre como ese imbécil.

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