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Portada de la novela TE PROMETO

TE PROMETO

Katherine Parker ha vivido una serie de tragedias personales, encontrando consuelo únicamente en Mikael Sorokov. Pese a ser el mejor amigo de su prometido, este hombre implacable apodado El Ruso es el único que arriesga todo por protegerla. En un peligroso mundo de mafias y lealtades cruzadas, Mikael se convierte en el pilar fundamental para que ella logre sanar. La conexión entre ambos desafía los vínculos establecidos en una búsqueda de redención.
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Capítulo 1

Ya se han ido todos, como cada día soy el último en salir del edificio, quedando solo el personal de limpieza y seguridad. Mis pasos resuenan fuerte en el piso impecable, las cámaras se mueven silenciosas buscándome, ya que soy lo único que esta en movimiento en el recinto. El ascensor llega rápidamente a mi encuentro y aprieto el botón que va a la zona de aparcamiento. Tengo un leve dolor de cabeza que se ha ido agudizando, necesito descargar el estrés que se ha acumulado durante el día en mi cuello y hombros.

—Tenga buenas noches, señor Sorokov —me despide el guardia de seguridad listo para cerrar el edificio por dentro en cuanto pise el exterior.

Rebusco las llaves de mi auto en el bolsillo de mi chaqueta, aprieto y retumba el sonido de la alarma y las luces parpadean indicándome que las puertas están destrabadas. Me subo deleitándome con el olor a cuero de mi auto deportivo. Me encanta, y lo disfruto al máximo así como todas las cosas que poseo, pues me costó mucho llegar adonde estoy. A mis treinta cinco años puedo decir que he tenido éxito en muchos ámbitos de mi vida. Menos en uno. Y largo un bufido al recordarlo. Duele. Nunca deja de doler, aunque haya puesto tanta tierra y tiempo entre aquello que me daña y yo. No soy cobarde, estoy acostumbrado a enfrentarme a todo. Simplemente me hice a un lado, no puedo obligar a alguien a hacer lo que no quiere...o no puede.

El acceso se abre automáticamente para dejarme pasar, bajo la mirada una milésima de segundo buscando el control remoto del estéreo para elegir algo relajante que escuchar hasta llegar a casa. Y en el preciso instante en el que devuelvo la mirada al camino, la veo. Allí, parada bajo la intensa lluvia, sus ropas chorreando y sus ojos desesperados está de pie la causal de mis noches de insomnio, la dueña de mis pensamientos durante el día y cada día...Katherine.

Katherine

Corro, corro lo más rápido que puedo pero se me dificulta el avance por el agua que se junta en las baldosas y mis zapatos. Debo decidir rápido si me los quito o los dejo puestos. "¿Cómo hizo para encontrarme?", grito en mi mente reclamando a quien quiera sea que pueda escuchar mis pensamientos. Por ahora no hay tiempo para hacerse preguntas o reclamos absurdos. Sólo debo llegar a mi destino, sé que una vez allí estaré a salvo. Es y siempre ha sido el único con el que me he sentido a salvo, ni siquiera mi padre pudo protegerme del odio y las decepciones del amor, a pesar de que siempre me lo decía, pero fui terca, me dejé llevar por mi atolondrado corazón e hice lo que quise. Y elegí, pero elegí mal y ahora llegó el tiempo de arrepentimientos. La incertidumbre me carcome el alma, agujerea mi espíritu, aquel que una vez tuve y cuando estaba creciendo se vio empequeñecido.

Miro para todos lados en busca de un taxi, pero estoy consciente que ninguno va a parar porque mis ropas hechas jirones y mojadas me hacen parecer una desquiciada que se escapó de un hospital psiquiátrico. Estoy segura de que mi maquillaje está corrido y mis cabellos enredados. La poca gente con la que me he cruzado en esta noche tormentosa me mira con curiosidad...o pena...o no sé como describir. Pero ellos no saben lo que he vivido. Nick terminó de destruirme. Intenté por todos los medios que esto funcionara. Creí que mi amor era suficiente para compensar el que a él le faltaba por mí pero me equivoqué y aquí estoy pagando las consecuencias.

Al llegar a la esquina miro el nombre de la calle: Saint Tomé. "Es por aquí", me digo mientras me encamino por ella y voy mirando la numeración de los edificios. Falta menos para encontrar el que busco, aprieto los pasos porque aunque esté cerca aun no estoy a salvo. Nick puede encontrarme, siempre lo hizo y estoy segura de que ahora también lo hará. Pero debo llegar con él, es el único que puede ayudarme ahora. Mi fe en él es ciega y sé que lo lastimé en el pasado pero jamás me dejaría abandonada. Aunque empiezo a dudar recordando las vivencias que tuvo conmigo y que lo hizo alejarse para siempre de todo lo que conocía. No tengo derecho a pedirle nada, pero de todas maneras lo haré, es la última esperanza que me queda.

Me detengo dudosa frente al edificio en el que reza un gran cartel que dice "Sorokov y asociados" que solo tiene encendidas las luces de afuera. "Ya se ha ido", pienso y el miedo vuelve a crecer cerrándome el estómago como un puño. Dudo si esperar allí o ir a buscar un lugar adonde dormir y regresar al día siguiente cuando escucho el interruptor de un portón que se abre y el motor de un vehículo de alta gama se desplaza saliendo y encarando hacia la calle. Miro sin ver el interior y mi corazón salta de emoción: "Mikael". Él parece distraído, está buscando algo pero rápidamente dirige su mirada hacia mí y queda petrificado. El chirrido de las ruedas del vehículo se escucha en varias cuadras a la redonda y ambos nos quedamos sin reaccionar. Yo solo quedo castañeando los dientes mirando en su dirección y rogando a que regrese por mí. Él no avanza...tampoco retrocede. "No va a ayudarme", se me ocurre repentinamente. Y no puedo culparlo. No soy nadie en su vida, han pasado muchos años y hemos estado alejados demasiado tiempo. Las luces de atrás se encienden y el motor ruge nuevamente mientras lo veo avanzar en retro. Solo me quedo allí, de pie sin poder moverme, sin saber que hacer, menos aún que decir. "Buenas noches, Mikael. Pasaba por aquí y quise venir a visitarte", sonaba muy ridículo por las altas horas que era y por el tiempo y por mi aspecto calamitoso.

Baja la ventanilla y aparece su apuesto rostro, sus ojos color hielo me observan...¿preocupado?, ¿asqueado? No puedo dilucidar su expresión.

—Katherine...—me nombra y cientos de recuerdo vienen a mi mente. Esa fue la primera palabra que le oí decir de su boca, hace más de quince años, cuando vivíamos en Montecristo y éramos jóvenes e inexpertos.

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