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Portada de la novela Suya por venganza

Suya por venganza

La existencia de Leah Bennet, hija de un oficial de policía, da un giro trágico tras ser secuestrada por Max Ravello. Este implacable líder mafioso busca venganza, pero termina cautivado por la entereza de la joven. Para proteger a su padre, Leah se somete a un encierro colmado de misterios y una química innegable. Entre secretos y la intervención de Erika, el rencor se vuelve una obsesión plasmada en un diario, desatando una pasión tan peligrosa como adictiva.
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Capítulo 3

Capítulo 3 - Un padre dispuesto a todo

El reloj marcaba las 8:14 de la mañana cuando Seth Bennet salió de la comisaría como un huracán, sin mirar a nadie, sin responder saludos. Su rostro, habitualmente severo, estaba deformado por la angustia. Quienes lo conocían sabían que no era un hombre fácil de conmover. Pero esa mañana, Seth no era el teniente de la policía de Manhattan. Era un padre desesperado.

Leah no había llegado a casa.

Catorce horas.

Catorce malditas horas sin saber nada de su hija. No respondía el teléfono. No estaba en casa de Erika. No en la universidad. Nadie la había visto. Su móvil estaba apagado, algo completamente fuera de lo común en ella.

Su princesa. Su niña. Su tesoro.

-Tiene que ser él -murmuró mientras se subía al coche patrulla. Su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos de apretar el volante con furia-. Max Ravello.

El nombre le sabía a veneno.

Conocía el tipo de hombre que era Ravello. El mismo tipo de basura que él había combatido durante décadas. Letal. Intocable. Invisible. Uno de esos monstruos que vivía escondido tras lujos, abogados y secretos. Había jurado derribarlo algún día. Y ahora, estaba convencido de que ese día había llegado... pero a un precio que jamás habría imaginado.

-Dios... Leah... -susurró mientras pisaba el acelerador.

Una imagen se le coló en la cabeza: su hija con la mirada perdida, sin voz, sin vida. Le faltó el aire.

¡No! No iba a pensar así. No mientras le quedara un solo latido en el pecho.

Encendió el equipo de radio.

-Aquí teniente Bennet. Quiero alerta roja en toda Manhattan. Vehículo negro sospechoso modelo Maserati Quattroporte, cristales polarizados, sin placas visibles. Manden el helicóptero. Revisen cámaras. Quiero cada calle de este maldito distrito rastreada. ¡AHORA!

La voz del operador tembló:

-¿Teniente... se trata de...?

-¡Mi hija! -gruñó-. ¡Mi hija ha desaparecido! Y si Max Ravello está detrás de esto... juro por todo lo que amo que no va a salir vivo de esta.

Cortó la transmisión y miró el horizonte. Las luces de la ciudad aún parpadeaban como estrellas artificiales. Bajo esas luces, su Leah estaba en algún lugar. Tal vez asustada. Tal vez... peor.

Golpeó el volante con fuerza.

No. No iba a caer en la desesperación. No ahora.

Sabía que tenía que pensar como policía, pero su corazón solo gritaba como padre.

¿Cómo habría pasado la noche su princesa? ¿Estaría viva? ¿Habría llorado? ¿Habría sufrido?

Un nudo le apretó la garganta.

No sabía dónde estaba la mansión Ravello. Max era un fantasma bien protegido, con múltiples residencias legales falsas, identidades cubiertas y propiedades bajo nombres de testaferros.

Tomó una decisión.

Ya no iba a seguir las reglas.

No cuando se trataba de Leah.

-Te voy a encontrar, hija -murmuró con voz ronca, mientras el motor rugía bajo sus pies-. Te juro por tu madre que te voy a traer de vuelta. Y si tengo que matar al mismísimo diablo para hacerlo... lo haré.

Y mientras Manhattan comenzaba a despertar con su ruido habitual de sirenas, pasos, humo y tráfico...

Un padre había comenzado la caza.

Y estaba dispuesto a todo.

...

Mientras Seth Bennet movilizaba a medio Manhattan para encontrar a su hija, del otro lado de la ciudad, el silencio envolvía la mansión Ravello como una jaula de terciopelo.

Max subió las escaleras sin apuro, con una taza de café en una mano y un plato con un croissant caliente en la otra. Empujó suavemente la puerta blanca de la habitación. El suave crujido de las bisagras fue lo único que rompió el silencio.

Leah estaba despierta. Sentada en la cama, con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos, pero serena. No había dormido más de dos horas. La tensión, el miedo y el extraña sensaciones que le dejaba ese hombre en la piel no le permitían desconectarse.

Cuando Max entró, ella lo miró con una mezcla de desdén y recelo.

-No quiero nada -soltó con frialdad.

Él no respondió de inmediato. Se acercó, dejó la bandeja sobre la mesita de noche y se quedó de pie frente a ella, imponente, como una estatua hecha de pecado y acero.

-Le prometí a mi hermana que te mantendría con vida -dijo en voz baja, casi ronca-. Y para eso, tienes que comer.

Leah alzó la barbilla con dignidad.

-Comeré... si me traes un cuaderno y un bolígrafo.

Max ladeó la cabeza. Una risa grave escapó de su garganta.

-¿Un cuaderno?

-Si me vas a tener encerrada, necesito ocupar mi tiempo. Escribir me ayuda. Y si puedes traerme libros, mucho mejor.

Max la observó por un largo segundo. Sus ojos eran hielo fundido. Penetrantes. Impredecibles. Pero tras esa mirada, algo se removía. Algo oscuro... y curioso.

-Está bien -aceptó al fin-. Pero primero, come.

-¿Cómo sé que no me mientes?

Max se inclinó levemente, sus ojos prendidos en los de ella.

-Porque soy un hombre de palabra -dijo, y sonó jodidamente serio.

Leah no respondió. Tomó el café y bebió un sorbo. Luego mordió el croissant, con las manos temblorosas. Él no se movió. La miraba. La devoraba con los ojos.

Tenía algo. No solo belleza. Era más profundo. Más... tentador. Frágil, sí. Pero no débil. Leah era como un cristal fino: podía romperse, pero también cortar.

Max se sentó al borde de la cama, sin pedir permiso. La cercanía hizo que ella se tensara.

-Desde hoy -murmuró él, con la voz cargada de autoridad- habrá algunos cambios.

Ella dejó de masticar.

-Comerás conmigo. Dormirás conmigo. Te ducharás conmigo.

Leah se quedó helada.

-No puedes hacer eso.

Él esbozó una media sonrisa, peligrosa.

-Claro que puedo. Y tú no estás en posición de exigir nada.

Los ojos de Leah se humedecieron. El miedo se coló en su garganta como una garra. Empezó a temblar, sin poder evitarlo. Lo miró, y lo único que pensó fue: cómo un rostro tan hermoso podía esconder semejante monstruo.

Max notó el temblor.

-Tranquila, angelito -dijo con una suavidad engañosa-. De momento... no te voy a tocar.

Le rozó los labios con el pulgar. Su toque era cálido. Su mirada, una promesa de fuego y caos.

-Aunque si rogaras por ello... -susurró- tal vez lo haría.

Leah reaccionó de inmediato, apartando el rostro con furia.

-Eso en tus sueños -escupió-. No me vuelvas a tocar, asqueroso.

Max la observó con una mezcla de diversión y deseo reprimido.

-Ya veremos -dijo con voz baja, y se levantó.

Se marchó sin más. Pero apenas unos minutos después, regresó con un cuaderno de tapas negras y un bolígrafo.

Se lo tendió sin decir una palabra.

Leah lo miró con extrañeza. No lo entendía. Lo tomó entre las manos, apretándolo como si fuera un pequeño escudo.

-Gracias, supongo -murmuró.

-¿Quieres que te deje sola? -preguntó él, ya en la puerta.

-Sí.

Sin replicar, Max salió, cerrando la puerta tras él.

Y por primera vez desde que todo comenzó... Leah pudo respirar.

Pero muy dentro, sabía que eso era solo el principio.

Porque Max Ravello no era solo su captor.

Era el lobo que la miraba como si ya fuera suya.

Leah permanecía sentada en el borde de la cama, con las piernas recogidas y el cuaderno negro sobre sus muslos.

Con los dedos temblorosos, lo abrió.

Página uno.

Trazó la fecha en la esquina superior. Luego se quedó quieta. Respiró hondo. El bolígrafo rozó el papel.

Y escribió:

«Día 1.

Estoy atrapada.

Y no sé cuánto tiempo podré soportarlo.»

Su caligrafía era ordenada, limpia, pero las palabras dolían.

«Él se llama Max Ravello. Lo he escuchado nombrar en susurros. El monstruo. La bestia. El capo. Ahora sé que todos esos nombres le quedan pequeños. Tiene el rostro más hermoso que he visto en mi vida... y los ojos más oscuros. Me mira como si ya me hubiera desnudado mil veces en su mente. Como si supiera cada rincón de mí. Y lo peor... es que cuando me mira así, siento que mi cuerpo lo recuerda.

Siento rabia por eso. Asco. Y miedo. Mucho miedo.»

Dejó el bolígrafo un momento. Apoyó la cabeza contra sus rodillas, tragando el nudo que le subía por la garganta. Luego volvió a escribir:

«Hoy me dijo que a partir de ahora comeré con él, dormiré con él... incluso ducharme. No sé si lo hará. No sé si lo dice para asustarme o si realmente piensa hacerlo. Lo único que sé es que estoy sola. Erika...

¿Dónde estás, Erika? ¿Por qué nunca me dijiste que tenías un hermano? ¿Por qué Max me llama "angelito" con esa voz que se cuela bajo mi piel?»

Se detuvo. Cerró los ojos. Recordó el momento en que Max le tocó los labios con el pulgar.

Su respiración cambió. El recuerdo no era del todo desagradable.

Y eso la llenó de culpa.

«No quiero desearlo. No quiero pensarlo.

Pero hay algo en él que me atrae como un abismo.

Quizás porque sé que es peligroso.

Quizás porque en el fondo...

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