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Portada de la novela Susurros  de Libertad

Susurros de Libertad

Valentina Lombardi es una influyente ejecutiva de éxito impecable, pero su frialdad interna cambia tras conocer a Leo, un hombre sin hogar que valora la libertad ante todo. Al darle asilo, la perspectiva de la CEO sobre su propio triunfo se transforma radicalmente. No obstante, el desprecio social y las exigencias de su empresa ponen en riesgo su conexión. ¿Podrá Valentina abandonar su riqueza por el único amor que ignora su estatus y fortuna?
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Capítulo 2

Valentina se quedó en el vestíbulo del hotel unos minutos más, observando cómo Leo desaparecía tras las puertas del ascensor. No entendía por qué sentía una punzada de curiosidad por él. No era la primera vez que veía a alguien en la calle, pero sí la primera vez que hacía algo al respecto.

Sacudió la cabeza y se recordó que tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. Se ajustó la chaqueta, giró sobre sus tacones y salió del hotel.

Su chofer ya la esperaba con la puerta abierta.

-A casa, por favor -dijo en un tono más bajo de lo habitual.

El viaje de regreso fue silencioso. La ciudad parecía un cuadro borroso por la lluvia que seguía golpeando las ventanas del auto. Pero, por más que intentara enfocarse en la reunión de la mañana siguiente, su mente volvía constantemente a Leo.

Había algo en su mirada, en su forma de hablar, en la calma con la que enfrentaba su realidad... Era diferente.

Al llegar a su lujoso departamento en la cima de un rascacielos, Valentina dejó caer su bolso en la mesa de la entrada y se quitó los tacones. La vista desde su sala mostraba un horizonte de luces infinitas, pero, por primera vez, le pareció fría. Impersonal.

Suspiró y se sirvió una copa de vino. Era tarde, y lo mejor que podía hacer era descansar. Al menos, eso se dijo a sí misma.

Pero, cuando cerró los ojos, la imagen de Leo bajo la lluvia volvió a su mente.

Leo cerró la puerta de su habitación en el hotel y dejó escapar un silbido bajo.

-Definitivamente no es un callejón -murmuró con una sonrisa irónica.

La suite era más grande de lo que había esperado. No era la mejor del hotel, pero tenía una cama enorme, un baño de mármol y una vista impresionante de la ciudad. Para alguien como él, acostumbrado a dormir donde pudiera, era un lujo absurdo.

Se acercó a la ventana y apoyó la frente en el vidrio frío. Desde ahí, podía ver la inmensidad de la ciudad, sus luces brillando como estrellas artificiales.

No podía negar que Valentina le intrigaba. No solo por su evidente belleza y elegancia, sino por el hecho de que había tomado la decisión de ayudarlo sin razón aparente.

Las personas como ella no miraban a las personas como él. Y, si lo hacían, era con lástima o desprecio.

Pero ella...

Se quitó la chaqueta empapada y entró al baño. El agua caliente era un regalo del cielo. Se quedó bajo el chorro por más tiempo del necesario, dejando que el vapor y la calidez despejaran su mente.

Cuando salió, se vistió con la bata blanca y mullida que encontró en el armario y se dejó caer en la cama con una sonrisa satisfecha.

-Solo por esta noche -se recordó.

Porque, por más cómoda que fuera esta vida, no era suya. Nunca lo había sido.

Valentina llegó a su oficina temprano, como siempre. Su secretaria, Clara, ya tenía su café listo sobre el escritorio.

-Buenos días, señorita Lombardi -saludó con su tono eficiente de siempre-. Su reunión con el comité directivo es en una hora. Aquí tiene los informes.

Valentina asintió mientras hojeaba los documentos. Pero, por más que intentara enfocarse, su mente la traicionaba.

Después de unos segundos, cerró la carpeta y miró a Clara.

-¿Puedes hacer algo por mí?

La secretaria asintió, siempre dispuesta.

-Investiga a un hombre llamado Leo. No tengo su apellido.

Clara parpadeó, visiblemente sorprendida. No era común que su jefa pidiera información de personas sin más datos.

-¿Alguna otra información que pueda ayudar?

-Lo encontré anoche en la calle.

Clara levantó las cejas, pero su expresión se mantuvo neutral.

-Haré lo posible.

Valentina asintió y tomó un sorbo de su café. No estaba segura de por qué quería saber más sobre él. Solo sabía que había algo en él que la inquietaba.

Y ella no era de las que dejaban preguntas sin respuesta.

Leo despertó sintiéndose más descansado de lo que había estado en años. La cama era demasiado cómoda y, por un momento, casi olvidó dónde estaba.

Pero la realidad lo golpeó en cuanto abrió los ojos y vio el techo blanco.

Suspiró y se sentó en el borde de la cama.

-Hora de volver a la vida real.

Se puso la ropa que había dejado secando y se pasó una mano por el cabello aún húmedo. Sabía que no podía quedarse. Este mundo no le pertenecía.

Bajó al vestíbulo con la intención de marcharse, pero, justo cuando cruzaba la puerta del hotel, se encontró con la última persona que esperaba ver.

Valentina.

Ella estaba de pie en la entrada, vestida impecablemente con su traje a medida, el cabello recogido en un moño pulcro. Sus ojos oscuros se clavaron en él con una mezcla de curiosidad y determinación.

-Buenos días, Leo.

Él sonrió, divertido.

-Vaya, no esperaba verte tan pronto.

Ella cruzó los brazos.

-¿A dónde vas?

-A donde me lleven mis pies.

-¿Eso significa que no tienes un plan?

Leo se encogió de hombros.

-Nunca he sido fanático de los planes.

Valentina lo miró por un instante y luego suspiró.

-Ven conmigo.

Leo arqueó una ceja.

-¿Eso es una orden?

-Es una invitación.

Él la observó, buscando algún indicio de burla o segundas intenciones, pero no encontró nada.

Finalmente, sonrió.

-Está bien, jefa. Vamos a ver qué tienes en mente.

Y así, sin saberlo, ambos estaban dando un paso más allá de la línea que separaba sus mundos.

Uno que podría cambiar sus vidas para siempre.

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