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Portada de la novela Su Cruel Obsesión, Su Agonía

Su Cruel Obsesión, Su Agonía

Damián Ferrer, el antiguo amor de mi vida, se ha transformado en un ser implacable. Para satisfacer a su actual interés, Isabella, me somete a un dilema atroz: decidir quién sufrirá cien latigazos, si mi hermano Ernesto, que padece fibrosis quística, o yo misma. Aunque me sacrifico para asegurar su medicina, Damián me traiciona con sadismo. Mientras me inmoviliza, me fuerza a oír el castigo de Ernesto, deleitándose con mi absoluta desesperación.
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Capítulo 1

Mi hermano menor, Ernesto, estaba atado a una silla de metal, convulsionando, con el rostro de un espantoso color azul. Yo estaba de rodillas, suplicándole a Damián Ferrer, el hombre que alguna vez amé, que se detuviera.

Él me miró desde arriba, su hermoso rostro era una máscara de fría indiferencia, y me ofreció una opción: cien latigazos para mí, o que Ernesto tomara mi lugar.

Dijo que Isabella, la mujer que se parecía a mí y con la que ahora estaba obsesionado, necesitaba ser apaciguada. La llamaba su "terapia", afirmando que mi desobediencia la alteraba. Le recordé que Ernesto tenía fibrosis quística, que su cuerpo ya era tan débil, pero Damián se burló, diciendo que su dolor era mucho mayor.

Ernesto, apenas consciente, susurró:

—No... no lo hagas por mí.

Pero acepté el látigo, solo por su medicamento. La expresión de Damián se suavizó, atrayéndome a una cruel ilusión de seguridad.

Entonces, su sonrisa se desvaneció.

—Te equivocaste —susurró, con un brillo en los ojos—. No eliges quién recibe el castigo. Solo aceptas que se aplique.

Señaló a Ernesto.

—Él recibirá los latigazos por ti.

Grité, luchando por proteger a mi hermano, pero Damián me sujetó con fuerza, hundiendo mi cara en su pecho. No podía ver, pero oí todo: el chasquido seco del látigo, el golpe nauseabundo, el gemido ahogado de Ernesto. Una y otra vez. El hombre que amaba era un monstruo que encontraba placer en mi dolor.

Capítulo 1

El aire en la estéril habitación blanca estaba cargado con el hedor metálico a sangre y desinfectante. Ernesto, el hermano menor de Sofía, estaba atado a una silla de metal, su cuerpo convulsionando. Un tubo delgado iba desde una máquina hasta su brazo, pero en lugar de un medicamento que salvara vidas, le estaba administrando un dolor insoportable. Su rostro, ya pálido por su enfermedad crónica, ahora tenía un espantoso tono azulado.

Sofía se arrojó a los pies de Damián Ferrer, sus manos aferradas a la fina tela de sus pantalones.

—Por favor, Damián. Detente. No puede soportar más.

Su voz estaba rota, desgarrada por horas de gritos y súplicas.

Damián la miró desde arriba, su hermoso rostro era una máscara de fría indiferencia. Se ajustó el saco de su traje de diseñador perfectamente entallado, sin un solo cabello fuera de lugar.

—¿Detenerme? —preguntó, con voz tranquila—. Puedo hacerlo. Pero tienes que tomar una decisión.

Señaló una pequeña mesa. Sobre ella yacía un látigo de cuero largo y delgado. A su lado, una fotografía de Isabella Montes, la mujer que se parecía a Sofía, la mujer con la que Damián ahora estaba obsesionado.

—Isabella no estaba contenta hoy —dijo Damián con simpleza—. Sintió que no mostrabas suficiente remordimiento por tu desobediencia. Necesita ser apaciguada.

Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras la aplastara.

—Así que, elige. O tomas cien latigazos con ese látigo, ahora mismo. O Ernesto toma tu lugar.

Una fría ola de pavor inundó a Sofía. Lo miró fijamente, incapaz de procesar la crueldad. No podía ser el mismo hombre que una vez la abrazó, que prometió protegerla a ella y a su familia para siempre.

—¿Qué estás diciendo? —susurró, su cuerpo temblando.

Damián suspiró, un destello de impaciencia en sus ojos oscuros. Consultó su reloj de lujo.

—Sabes cómo funciona esto, Sofía. Isabella es mi terapia. Mantenerla feliz me mantiene estable. Si tú la molestas, recibes un castigo. Es simple.

—¿Castigo? —la voz de Sofía se quebró—. Me has encerrado en el sótano durante días. Dejaste que me abofeteara hasta que mi cara quedó irreconocible. ¡Ya has hecho suficiente! Ernesto… ¡tiene fibrosis quística, Damián! Su cuerpo ya es tan débil.

Damián se burló, una sonrisa sin humor torciendo sus labios.

—Mi dolor es mucho mayor que el suyo, Sofía. El tormento que siento cuando Isabella está disgustada… no puedes imaginarlo. Este es solo un pequeño precio a pagar por mi tranquilidad.

Desde la silla, los ojos de Ernesto se abrieron con un aleteo. Vio a su hermana en el suelo, rota y desesperada.

—Sofía… —graznó, un sonido débil y gorgoteante—. No… no lo hagas por mí.

Las lágrimas corrían por el rostro de Sofía. Miró a su hermano sufriente y luego al hombre frío e insensible que tenía delante. Se arrastró más cerca de Damián, presionando su frente contra sus caros zapatos de cuero.

—Por favor, Damián —suplicó—. Dirige todo hacia mí. Lo que sea que ella quiera, lo haré. Solo déjalo ir. Por favor.

Damián se agachó y la agarró por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás. Su cuero cabelludo gritó en protesta, pero ella no emitió ningún sonido. Su agarre era como el hierro.

—Tienes sesenta segundos para decidir —dijo, su voz baja y amenazante—. Después de eso, la elección se tomará por ti.

El reloj en la pared avanzaba, cada segundo un martillazo contra la cordura de Sofía. Miró a Ernesto, cuya respiración se volvía más superficial, más errática. No podía dejarlo morir. No podía.

—Yo… acepto —logró decir, las palabras sabían a ceniza en su boca.

El sonido fue apenas un susurro, un fragmento roto de su voz.

—Acepto el látigo —repitió, un poco más fuerte, forzando las palabras a pasar por el nudo de terror en su garganta—. Solo… solo asegúrate de que Ernesto reciba su verdadera medicación. Prométemelo.

La expresión de Damián se suavizó al instante. El monstruo desapareció, reemplazado por el hombre amoroso que una vez conoció. Se arrodilló, atrayéndola a sus brazos.

—Por supuesto, mi amor —murmuró en su cabello—. Todo estará bien. Solo necesitaba saber que todavía me amabas lo suficiente como para tomar la decisión correcta.

La sostuvo por un momento, su abrazo cálido y familiar, una cruel ilusión de seguridad. Era una mentira. Sabía que era una mentira.

Se apartó, su pulgar limpiando suavemente una lágrima de su mejilla. Entonces su sonrisa desapareció, reemplazada por una mirada escalofriantemente plácida.

—Me alegra que hayas aceptado —dijo, su voz bajando a un susurro—. Hace esto mucho más fácil.

Se puso de pie, volviéndose hacia los guardias que estaban junto a la puerta.

—Pero te equivocaste —continuó, sus ojos brillando con una luz terrible y oscura—. No eliges quién recibe el castigo. Solo aceptas que se aplique.

Señaló con el dedo a Ernesto.

—Él recibirá los latigazos por ti. Es más apropiado, ¿no crees? Tú desobedeciste, y tu mayor debilidad paga el precio. Esa es la lección.

Un guardia se acercó a la mesa y recogió el látigo. El cuero siseó al desenrollarse.

La sangre de Sofía se heló.

—¡No!

Se puso de pie de un salto, tratando de correr hacia su hermano, de protegerlo con su propio cuerpo.

Pero Damián fue más rápido. La atrapó, sus brazos envolviendo su cintura como bandas de acero, inmovilizándola.

—No lo hagas —susurró en su oído, su aliento caliente contra su piel—. No quiero que veas esto. Sería demasiado perturbador.

La giró, forzando su cara contra su pecho, ahogando sus gritos contra su camisa cara. La sujetó con fuerza, una espectadora obligada a escuchar el espectáculo que él había orquestado.

No podía ver, pero podía oírlo todo.

El chasquido agudo del látigo cortando el aire.

El golpe sordo y nauseabundo al aterrizar en el frágil cuerpo de su hermano.

Un gemido ahogado de dolor de Ernesto.

Chasquido. Golpe. Gemido.

Una y otra vez.

Los sonidos se clavaban en su cerebro, cada uno una nueva ola de agonía. Luchó contra el agarre de Damián, sus uñas clavándose en su espalda, pero él era inamovible.

Su cuerpo se aflojó, su fuerza se desvaneció hasta que no fue más que un despojo tembloroso y sollozante en sus brazos. El hombre que la sostenía, el hombre que una vez había amado más que a la vida misma, era un extraño. Un monstruo que encontraba placer en su dolor.

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