
Su Amor, Mi Condena Eterna
Capítulo 2
Mi conciencia regresó de golpe.
El olor a pino y tierra húmeda llenó mis pulmones, un olor que había llegado a odiar con toda mi alma. El aire frío se aferraba a mi piel, haciéndome temblar. Abrí los ojos lentamente, y la familiar escena del claro del bosque bajo la luna me recibió. Era real. Estaba sucediendo de nuevo.
Un nudo de pánico se formó en mi garganta. No, no otra vez. Por favor, no.
Frente a mí estaban las dos figuras que definieron mi miseria. A la derecha, Alejandro, el líder de la manada de lobos, con su sonrisa carismática y su aire de poder salvaje. A la izquierda, Vladimir, el señor de los vampiros, tan pálido y hermoso como una estatua de mármol, con una frialdad que parecía congelar el aire a su alrededor.
Y a mi lado, Carla, mi mejor amiga, mi hermana del alma, la que me traicionó.
"¡Sofía, mira!" su voz sonaba exactamente como la recordaba, llena de una emoción superficial. "¡Son increíbles! ¿A quién elegimos?"
Sus ojos brillaban, fijos en Vladimir. En mi vida anterior, su fascinación por la belleza etérea del vampiro fue instantánea.
"Ese", susurró ella, señalando a Vladimir con un movimiento de cabeza. "Es tan guapo, parece un príncipe de un cuento de hadas oscuro".
Pero entonces, Alejandro dio un paso al frente, y su presencia dominante la hizo dudar. Él le sonrió, una sonrisa que prometía poder y adoración. En mi primera vida, esa sonrisa la había asustado, y ella había corrido a esconderse detrás de mí, empujándome a elegir primero.
Esta vez, la historia se desviaba ligeramente. Carla, al parecer, también recordaba algo, o quizás su naturaleza superficial simplemente la hacía más audaz. Miró de Alejandro a Vladimir, sopesando sus opciones como si estuviera en un centro comercial.
Un recuerdo fugaz, tan afilado como un trozo de vidrio, atravesó mi mente. Yo, corriendo por los pasillos oscuros de la fortaleza de los lobos, con el corazón martillándome en el pecho. Carla, suplicando ayuda desde su celda. Y luego, en el puente de piedra, con los guardias de Vladimir persiguiéndonos, su mano en mi espalda.
"Lo siento, Sofía", su voz, un susurro helado.
Y luego el empujón.
Caí hacia el vampiro que nos perseguía, su rostro una máscara de sorpresa antes de que sus colmillos se hundieran en mi cuello. El último sonido que escuché fue el grito de furia y dolor de Vladimir, no dirigido a mí, sino a Carla.
Sacudí la cabeza, alejando el recuerdo. El dolor fantasma en mi cuello era tan real que me llevé una mano a él.
"Yo..." Carla comenzó, mirando a Alejandro. "Creo que elijo..."
No esperé a que terminara. Sabía lo que iba a elegir. Su envidia por mi posición como Reina de la manada, una posición que odié cada segundo, la había consumido. Ahora, ella quería ese poder para sí misma desde el principio.
Con cada fibra de mi ser gritando en protesta, me di la vuelta. Ignoré la sonrisa triunfante de Alejandro y la mirada confundida de Carla. Caminé directamente hacia la figura silenciosa y fría que se mantenía apartada.
Me detuve frente a Vladimir.
Sus ojos rojos me examinaron, sin emoción aparente, pero con una intensidad que me hizo sentir desnuda. No dije nada. No había nada que decir. Mi acción lo había dicho todo.
Detrás de mí, escuché a Carla correr hacia Alejandro, su risa emocionada resonando en el silencioso bosque.
"¡Seré tu reina!" exclamó ella.
Una pequeña sonrisa, amarga y cansada, se dibujó en mis labios. Pobre e ingenua Carla. No tenía idea del infierno que acababa de elegir. No sabía nada de las otras "compañeras" del Alfa, de la crueldad casual, de la lucha constante por la atención de un líder que se aburría tan fácilmente como un niño con un juguete nuevo. No sabía el precio que yo había pagado por ese trono vacío.
Yo, en cambio, había elegido lo desconocido. O más bien, lo que creía desconocido. En mi primera vida, mi interacción con Vladimir fue casi nula, hasta el final. Pero en ese último momento, en su grito, había escuchado algo más que la furia de un cazador al que le roban su presa.
Vladimir extendió una mano pálida y elegante. No tocó mi piel. Simplemente flotó en el aire, una invitación silenciosa.
"Ven conmigo", su voz era un murmululo profundo, sin la calidez fingida de Alejandro. Era una simple declaración de hechos.
Asentí, y lo seguí hacia la oscuridad de su territorio.
El aire cambió al instante. El olor a pino fue reemplazado por el de piedra fría y polvo antiguo. El castillo de Vladimir se alzaba frente a nosotros, una estructura gótica que parecía arañar el cielo nocturno. Era intimidante, silencioso, muerto. Pero por alguna razón, me sentía más segura aquí que en el bullicioso y "vivo" campamento de los lobos.
Mientras cruzábamos el umbral, una extraña debilidad me invadió. La luz de la luna, que se filtraba por un alto ventanal, de repente se sintió abrasadora en mi piel. Un grito ahogado escapó de mis labios mientras sentía un ardor agudo en mi brazo expuesto.
Antes de que pudiera reaccionar, el brazo de Vladimir me rodeó la cintura y me jaló bruscamente hacia la sombra más profunda del pasillo. El movimiento fue tan rápido que me quedé sin aliento.
"Los humanos son frágiles", dijo, su voz todavía monótona, pero su agarre era firme, protector. "La luz de la luna en este mundo quema la piel no acostumbrada".
Me apoyé contra la pared fría, con el corazón latiendo con fuerza, no por miedo, sino por la sorpresa. Él me había salvado. Un simple acto, una reacción instintiva. Y en ese pequeño gesto, encontré una pizca de esperanza. Quizás esta vida, esta elección, sería diferente.
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